jueves, 7 de septiembre de 2006

GANADORES QUE NO VEN

Después de obtener el tercer lugar en el Sudamericano de Sao Paulo, la selección nacional de fútbol de ciegos retó a Colo Colo a un partido y le aseguró que le ganaría. Los campeones aceptaron y perdieron. Ésta es la historia de los no videntes que doblegaron al cacique en su propia cancha.

El equipo retador llega a pie al lugar del encuentro y la prensa los espera. Todos visten el buzo oficial y llevan un bolso colgando bajo el brazo. Se habían citado en la estación Pedrero del Metro una hora antes de que el partido comenzara. Desde ahí, cuando ya estaban casi todos y apoyándose en los hombros del otro, comenzaron a caminar hacia el estadio Monumental en fila. En el camino, los postes de luz que se ubicaban a lo largo de todo el trayecto interrumpían su andar, pero no lo detenían. Estaban alegres, entusiasmados y seguros. Se enfrentarían a Colo Colo, el campeón de la liga nacional de fútbol y el club de los amores de casi todo el equipo, y sabían que la balanza estaba a su favor. Ni siquiera el grifo que estuvo a punto de toparse con los testículos de Claudio, el novato del plantel, logró borrar alguna de las sonrisas. No había dudas, no había miedos. La selección nacional de fútbol para ciegos dejaría sus bastones en el camarín y entraría a la cancha sólo para ganar.
El ánimo está en alto. A finales de julio de 2006 el equipo del Programa Chile Visión Deportes consiguió el tercer lugar en la primera competencia internacional en la que ha participado, una copa Sudamericana en Sao Paulo. Pero fue toda una sorpresa, incluso para ellos. Iban, más que nada, por el paseo.
Chile es uno de los países de Sudamérica que menos ha desarrollado el fútbol para los ciegos. Brasil, Argentina, Paraguay y Bolivia, en cambio, tienen ligas competitivas y han jugado campeonatos mundiales desde hace años, pero Chile no. Sólo hay un club deportivo que juega con las reglas internacionales de la IBSA (International Blind Sport Association) desde abril, cuando viajaron a Mendoza a jugar con la selección argentina. En ese entonces, el capitán sólo llevaba dos días en el equipo y antes de eso nunca había jugado a la pelota. Perdieron 6-0. Pero en el Sudamericano la cosa fue distinta. “Cuando nos dijeron que podíamos ir a Brasil lo vimos como un desafío. Lo primero fue entrenar para llegar allá. Tuvimos que aprender a parar la pelota y evitar que se nos pase entremedio de las piernas, aprender técnica. Entrenamos igual harto, se hizo harto esfuerzo. Después igual jugamos con equipos acá en Santiago, ya con las reglas IBSA, e igual se veía complicado porque, por ejemplo, acá no hay canchas adaptadas. Cuando recién nos dimos cuenta de que podíamos jugar fue allá. Ni una fe en Brasil”, cuenta Eric Díaz (24), el defensa estrella del equipo, un ejecutivo de cuentas primas del BCI que mide poco más de un metro y medio.
Colo Colo es el primero de los planteles en salir al terreno de juego. Es una cancha de futsal enjaulada que se ajusta muy bien a las necesidades de los visitantes: tiene rejas que evitan que salgan corriendo de los límites. Ya una vez le pasó a Teddy Araya, uno de los delanteros. Chocó con uno de los dos postes de luz que había en una cancha que le habían prestado al equipo antes de viajar al Sudamericano. Terminó con un tajo en la frente.
Alrededor de la jaula la gente se apelotona y las cámaras comienzan a grabar y a disparar al plantel albo. Mientras, ingresa el equipo de los no videntes en fila, tomados del hombro y vestidos con el uniforme blanco que en Brasil fue catalogado como uno de los más destacados. Comienzan el calentamiento y es muy parecido a los entrenamientos que tienen tres veces por semana en las canchas del Insuco y del INP. En grupo y aferrados uno del otro, se ponen a trotar alrededor del campo. Luego se dispersan en la cancha y elongan, prueban tiros al arco con la pelota con cascabeles en su interior, practican pases y se pasean controlando el balón que suena con cada vuelta que da. A más de uno se le escapa por entre las piernas o se le pasa de largo. Al otro lado de la cancha, los campeones se alistan para empezar el partido. Se ponen parches en los ojos y unas antiparras. Ninguno de los jugadores, exceptuando los arqueros, puede ver. Incluso los ciegos, ansiosos porque suene el pitazo inicial, se deben poner los antifaces. Poco después comienza el partido.

LOS GOLPES DEL BÚFALO
Mientras los 4 jugadores colocolinos de campo intentan orientarse en el terreno de juego bajo las órdenes del portero Alex Varas, Elías “el Búfalo” Panichine (30) pelea el balón junto al área contraria. Él es uno de los delanteros de la selección nacional de fútbol de no videntes y empezó a quedar ciego a los 6 años. Primero fue el ojo izquierdo. Un gato lo rasguñó y después un perro lo mordió cuando cayó de un cerezo. “Con el derecho puedo ver algunas luces y sombras. Ese ojo lo perdí después, por los golpes. Es que he tenido muchos. Varias veces me pegué en la cabeza. Una vez corriendo en atletismo en el estadio del Colegio La Salle, y como había poca luz, choqué con un poste. Soy más quemado que la chucha”, cuenta en su casa del centro, donde vive con su pareja y su hijo de 9 meses que se parece demasiado a él: gordito, moreno y risueño.
Cuando Elías entró al equipo en abril llevaba 12 años sin jugar a la pelota. Había aprendido cuando estaba internado en el colegio de ciegos Hellen Keller, en Ñuñoa, del que lo echaron cuando tenía 16 años por fumar marihuana. Después de eso empezó a tocar música en las micros para vivir, ya que era de Coyhaique y no tenía familia en Santiago. Desde entonces que se dedica a eso y al modelado a escala en madera. “Hago trabajos de escala y las formas se las doy a puro tacto. Trabajo a puro cuchillo, a pura navaja y la madera la voy doblando con agua. Es un hueveo todo esto. Hago barcos chilotes, entre otras cosas. Yo poco alcancé a ver la forma de un barco, pero lo que vi me quedó siempre marcado en la retina y lo que me pasen para hacer en madera yo lo hago. Todo. Si me piden que haga un caballo, lo hago”, dice Elías.
A los pocos minutos de empezado el partido, Luis Valenzuela, el curicano que estudia derecho en la Universidad La República, convierte el primer tanto para la selección nacional de fútbol de ciegos. Al otro lado del arco está Elías acompañándolo. El Búfalo, cuando lo toma, tiene un control del balón que impresiona, sobre todo en los entrenamientos, y un físico que le ha servido tanto como le ha perjudicado. Todos los que chocan con él se caen mientras Elías sigue avanzando con el balón en sus pies, pero también se cansa muy rápido. Además, tiene una de las patadas más fuertes del equipo. Él fue quien convirtió el penal que significó el tercer lugar frente a Bolivia en Sao Paulo. Cuando estaba frente a la pelota, Emiliano Ríos le gritó “¡imagínate que hay un plato de comida adelante!”. Y Elías hizo el gol. Pero esta vez, ante Colo Colo, su equipo favorito, no logra hacer ninguno, aunque hace unos pases de taquito que sacan aplausos del público.


El CHICO ERIC
En algunos minutos el partido se vuelve errático. Miembros del mismo equipo se intentan quitar mutuamente la pelota, otros van a disputar el balón cuando éste está quieto a un metro de distancia de ellos, se les pasa por entre las piernas o simplemente no logran dar con él. Pero Eric Díaz (24) corre cada vez que escucha el cascabeleo de la pelota acercarse hacia el área de los ciegos. Como todos los miembros del equipo es hincha de Colo Colo, pero no le importa si es Alexis Sánchez o Matías Fernández o Kalule Meléndez quien la trae. Él pequeño defensa de la selección siempre va a ir con todo a hacer lo que tiene que hacer: evitar que un remate al arco se lleve a cabo.
A los cuatro años, y a pesar de que sabía que era ciego total, logró darle un real significado a esa palabra. “Lo que pasa es que si quería jugar con mis amigos los juegos del sur, que son con hondas, con cartuchos y esas cosas, no entendía que si ellos le querían pegar a un tarro yo no podía. Eso fue lo que me llevó a cachar que no veía. Sabía de chico que era ciego pero no entendía lo que significaba la palabra”, cuenta Eric.
Cuando él entró al equipo, no sabía mucho de jugar fútbol. Había jugado alguna vez, pero no era muy fanático. Prefería el atletismo. Así ganó sus primeras medallas: corriendo los 100 y los 200 metros planos. Eso mismo lo llevó a competir en un mundial en España, donde le fue “bien nomás”. Pero ahora se dedica al fútbol, a su trabajo como ejecutivo de cuentas primas del BCI (donde está medio día) y los masajes a domicilio que intenta realizar por las tardes, ya que vive solo y tiene un hijo que mantener. No vive con él, ya que con su anterior pareja la cosa no funcionó. Pero le gusta carretear, salir, viajar y además pololea. “Demanda gastos la cosa”, dice.
Eric es el más pequeño del equipo, uno de los baluartes en la defensa y el más arriesgado y rápido a la hora de correr. Ni Ricardinho, el brasileño goleador del Sudamericano en Sao Paulo pudo contra su marca personal. Le hizo goles a todos, menos a Chile. Alexis Sánchez, catalogado como el chico maravilla del fútbol chileno, tiene que hacer trampa y mirar por debajo de las antiparras para poder pasar por sobre él. Antes de eso, ya iban dos goles arriba en el marcador y Eric lo había bajado dos veces.

EL CAPITÁN Y SUS CLASES
El público y la prensa siguen apelotonados en la reja. El balón muy pocas veces cruza la mitad de la cancha. Ha estado casi todo el partido en el área colocolina, peleándose al lado de la portería de Alex Varas. Pero cuando logra pasar, es el capitán, Emiliano Ríos (29), quien lo toma y lo lleva hacia adelante, pasando por cuanto albo se le cruza en el camino. Él juega en el equipo desde abril, cuando dos días antes de viajar a Mendoza para jugar contra Los Murciélagos (nombre de la selección argentina de fútbol de ciegos) se inscribió. Victoria, su señora, fue quien lo llevó a jugar. Ella era miembro en la época en que las mujeres también jugaban al fútbol de ciegos, pero se tuvo que retirar porque estaba embarazada. Tiene 7 meses de embarazo.
Emiliano nunca había jugado, así que tuvo que aprender a tomar la pelota, controlarla y evitar que se le colara entremedio de las piernas. Lo logró. La mayoría de las pelotas que entran al lado de Colo Colo parten en sus pies.
Ríos, al igual que Elías Panichine, no nació ciego. Cuando tenía 13 años, en una salida a cazar, una escopeta se le descargó dañándole los nervios ópticos. Desde entonces todo fue más duro para él. “Se sufre harto. Entras a una nueva vida y tienes que acostumbrarte a caminar, a andar a oscuras, cruzar una calle. Yo sufrí harto en esa. Cuando me sacaban a clases de Orientación y Movilidad, el cruzar las calles era lo que más me costaba”, cuenta el capitán. Después del accidente, Emiliano debió dejar Mulchén, su pueblo natal, e irse a Valdivia a una escuela de ciegos, donde le enseñaron el sistema Braille y a moverse por sí solo. Pero no pudo evitar caer en depresión y debió abandonar los estudios por varios años. Para terminar la media, se metió en un colegio donde se hacen dos años en uno. Ahí compartió sala con algunos minusválidos y siete sordos y las clases debían ser muy lento y con especial énfasis en la modulación del profesor, para que sus compañeros pudieran tomar apuntes al leerle los labios.
Cuando terminó el colegio, Emiliano estudió masoterapia, donde sacó las mejores notas de su promoción. Actualmente trabaja dos días a la semana en el consultorio Ossandón de La Reina y el resto a domicilio. Pero ahora está metido en el partido y nada lo saca de ahí. El tatuaje de su antebrazo izquierdo, que se hizo por un viejo amor, se le ve claramente. Pesca la pelota y la manda hacia delante en un pase a Mauricio Muñoz, quien se pasa a la defensa alba y define hacia la derecha de Varas. Nada que hacer. Colo Colo pierde 3-0 y no se movió durante todo el encuentro. Suena el silbato. Fin del partido.

jueves, 4 de mayo de 2006

EL PAMPA, EL MÁS TEMIDO PISTOLERO DE LA LEGUA

“PAGABAN 10 MILLONES PARA QUE ME MATARAN, PERO NADIE SE ATREVIÓ”
Por Juan Pablo Figueroa L. y Jorge Rojas G.

Marcelo Magallanes Barahona (33), sindicado como uno de los más peligrosos narcopistoleros de La Legua, lleva seis años encerrado en la Cárcel de Alta Seguridad de Valparaíso. Llegó ahí después de haberse peleado a cuchillazos en Colina 2, donde pagaban $10 millones por su cabeza. Aunque le han llegado a atribuir 13 muertes, está condenado a catorce años por dos homicidios que asegura no haber cometido: el de Julio Díaz Lara y el de Oscar Hugo Espinoza, un joven enano de La Legua. En el primero, su abogado tiene la esperanza de lograr la absolución; en el segundo, ya está rematado. Aunque fue absuelto de un tercer asesinato que se le imputaba, hoy se le investiga por otro: el del narcotraficante del barrio alto, Jorge Lund, de quien sólo se encontró su cabeza en 1998. Magallanes también lo niega.

El “Pampa” –por pampalón–, como le dicen desde que era un chiquillo legüino, no conoce otra vida. Tiene nueves balas en el cuerpo y es un experto en cárceles nacionales y extranjeras. Su familia jura que de “puro bueno” lo involucraron en los asesinatos. Pero cuando estaba en las calles de La Legua y lo nombraban como el pistolero de Manuel Fuentes Cancino, “El Perilla”, el Pampa era el más temido. Hoy, alojado en Valparaíso –donde nos recibió durante su domingo de visitas–, niega haber trabajado con Fuentes y cuenta que en la cárcel terminó su cuarto medio y dio la PSU, y sacó 450 puntos. Y aunque algunos familiares digan que los niños legüinos quieren ser como él, el propio Pampa prefiere que se dediquen a los estudios. Acá, la historia de un pistolero que dice tener el cielo ganado.

-¿Cómo empezaste a delinquir?Fue por la plata, como todos nomás po. Yo tenía 15 años cuando empecé a asaltar y a cogotear a la gente. Pero lo hacía por acá y mi papá, cuando se enteró, se enojó caleta. Me dijo que si quería hacerla que no se lo hiciera a la gente como uno y que mejor me fuera para arriba, a los barrios altos. Si igual me estaba cagando a la gente pobre, así que mejor me fui a meter a una casa de Las Condes. Me metí, llené el auto que tenían guardado adentro con todas las cosas que pude tomar y me fui. Con eso junté plata y me fui a Europa.

-Cuando robabas, ¿sentías remordimiento?
No, para nada. Me sentía la raja. Salía con todas las cuestiones y era súper choro. Así me sentía. Choro.

-Ahora tú eres como un mito, eres lo que muchos niños de La Legua quieren ser…Se cuentan muchas cosas de mí que no son verdaderas. Fueron los diarios los que me metieron preso. Cuando aparecía en la prensa, que fueron como ocho meses, prefería no verme, porque inventaban cosas sobre mí. Yo les digo a los niños que no sean como el “Pampa” y que se dediquen a estudiar.

-También se dice que para una Navidad ibas a salir de viejo pascuero a matar a tus rivales…
Mentira, para Navidad yo prefería estar con mis hijos.

-¿Por qué se crean esa serie de historias en torno a ti?
Porque yo me enfrentaba a los narcos y porque fui el único que lo hizo. Yo no me pegaba balazos de esquina a esquina como lo hacen ahora, matando gente inocente que queda al medio. Yo iba directamente donde los locos con los que tenía problemas y de frente me agarraba con ellos. Querían poder y se creían los que “la llevaban” en La Legua y ahí nadie la puede llevar, entonces yo siempre era un problema para ellos.

-¿El ambiente en La Legua fue siempre igual?
No. Cuando llegó la droga cagó. Si antes éramos puros ladrones; nos dedicábamos a robar y nada más que eso, así que no había problemas entre los que estábamos allá. Pero cuando llegó la droga empezaron los conflictos porque los narcos querían llevarla, querían tener el control de la zona, y eso es algo que antes no pasaba.

-¿Y tú no querías poder, no querías “llevarla”?
No, yo quería vivir tranquilo. Eran ellos quienes me buscaban.

-Pero acá en la cárcel sí la “llevai”…
Uno siempre tiene conocidos en las cárceles. Cuando yo estuve en Colina todos me conocían. Tuve algunos problemas, pero nadie se atrevía a hacerme nada. Sabían que yo iba de frente y si querían hacerme algo, lo iban a hacer por la espalda.

-En Colina tu cabeza tenía precio…
Sí, pero no fue nada. Un preso tuvo problemas conmigo y nos pusimos a pelear. Yo le pegué y en la noche me hicieron un atentado. No sé cómo salí de esa, pero terminé vivo. Esa noche peleamos…

-¿Trabajaste para “El Perilla”?
No. Yo al “Perilla” sólo lo conocía de La Legua, pero nunca anduve con él.

-¿Eres bueno para los combos?
No, para los combos no, pero sí con el cuchillo. Ahí fui yo el que repartí po. Después me mandaron castigado como diez días y cuando salí supe que el hueón le había puesto precio a mi cabeza. Pagaba diez millones para que me mataran, pero nadie se atrevió a matarme. Todos me conocían y sabían como era. Cuando se supo esto, Gendarmería me trasladó acá a Valparaíso, que fue lo más malo para mí porque le queda muy lejos a mi familia para venir a verme y además sale caro. Son ellos los que sufren, uno lo aguanta.

-Eres peligroso…
No, po. Creen que soy peligroso, pero para nada. Yo soy así, como me ven. Todo un caballero. Si perfectamente podría haberles dicho que se vayan a la chucha o haberles pegado un combo y chao, pero los recibí y los estoy escuchando.

-¿Estás enojado porque estamos acá?
No, para nada. Si te digo, yo soy un caballero.

NUEVE BALAZOS

-¿Cuántos homicidios cometiste?
A mi se me cargan más de 13 muertes y yo no he hecho ninguna.

-Hay un proceso donde estás condenado ¿Cómo fue eso?
No cacho. Yo estoy acá metido y no sé nada de lo que pasa afuera. Mi mamá y mi prima Nancy son las que se han movido con eso. Además, el abogado no me ha venido a ver hace seis años. Sólo vino cuando llegué para acá. De repente me manda algunos escritos, algunos documentos, pero no sé nada en verdad de lo que pasa afuera.

-No tienes confianza en tu abogado…
No po, confianza tengo, si igual es mi abogado, pero no ha venido a verme desde que llegué a Valparaíso hace seis años. Me gustaría pedirle que me traslade a Rancagua si es que no sale la libertad, porque así es más fácil para mi familia ir a verme. Les queda mucho más cerca y es mucho más barato. Además, que no me mande más periodistas ni más gente que no conozco, porque como te dije, la prensa te deja preso. Que mejor se dedique a hacer su pega y no a mandar a tanta gente para acá.

-¿Tienes confianza en que vas a salir pronto de acá?
Sí, estoy tranquilo. Si igual entré con tres casos, pero en uno ya me sobreseyeron. Si al Miguel Ángel Garay se lo echaron los hermanos Cano, los sobrinos del “Perilla”, cuando me estaban persiguiendo a balazos como con quince hueones más. Me trataron de meter ahí pero no salió. Me estaba tomando unas chelas y de repente de una esquina aparecieron los locos, y más allá estaba el Miguel Ángel. Yo pensé que me estaban buscando a mí, así que me puse a correr y ellos empezaron a disparar. Pero no me buscaban a mí, sino que a él, y como la gente me vio corriendo pensó que yo le había pegado el balazo.

-¿Y los otros casos?
Ya me cagaron con el caso del “Enano” Espinoza, y filo, ya me cagaron. La mamá de él me la tenía mala y me echó la culpa, pero con el del Julio Díaz no está tan claro que haya sido un balazo mío. Entonces, por ese lado, y si el abogado logra sacarme esa acusación, podría salir libre.

-¿Y qué pasó con el caso de Jorge Lund, el narco del barrio alto que encontraron sólo su cabeza en un canal de regadío en el ’98? A ese caso también te vincularon…
Sí, po. Ahí también me metieron y no tengo nada que ver. Sí yo sólo lo conocía, pero no lo maté. No tengo nada que ver con el asesinato de él.

-Pero ya fuiste condenado por los asesinatos de Oscar Hugo Espinoza y Julio Díaz Lara.
Sí, pero a mí los jueces me inculparon. Ellos conspiraron contra mí y otra gente también lo hizo.

-¿Gente de La Legua?
Si, po, todos ésos con los que me agarré. Puros narcos. Esos locos me tenían mala y nos agarrábamos. No planeábamos las peleas, sólo nos encontrábamos. Dónde fuera que estuviésemos nos agarrábamos a balazos.

-Te pegaron muchos balazos…
Sí po, tengo como nueve en el cuerpo, pero todos por la espalda.

-¡¿Y cómo no te moriste?!
Es que el “Pampa” es duro. Al “Pampa” no lo van a matar por la espalda y si alguien lo quiere hacer no se las va a llevar fácil.

-¿Lloras?
No, nunca. El “Pampa” no llora. Ni cuando mi hermana se murió de un ataque al corazón ni cuando a mi hermano lo mataron unos narcos. Nunca lloré.

“IL PAMPA”

-¿Cuántas pistolas tenías?
Una, con la que me pillaron, la Sig Sauer de nueve milímetros. Con esa pistola yo disparaba siempre, pero lo hacía apartado de la calle. Me iba al campo y tiraba al aire. Después la limpiaba con W-40 y la guardaba. Además iba a un polígono a disparar. Tenía buena “chuntería”. Una vez le molí las patas a balazos a un loco. Yo siempre me enfrentaba a los narcos.

-Entonces también disparaste dentro de La Legua.
Sí po. Hartas veces. Es que tenía que defenderme, si igual había harta gente que me la tenía mala. A cada rato me salían disparando y casi siempre era por la espalda. Si yo iba caminando y los hueones me esperaban en las esquinas, en los autos, en las casas.

-¿Cómo era tu relación con los pacos?No los pescaba. Además, en esa época ni siquiera iban los pacos y cuando iban les pasábamos unas 20 luquitas y no hueveaban más, quedaba todo bien. Ahora es distinto. Está sitiada, llena de pacos y todo por eso de la droga po.

-¿Tú no eres narco?
No, yo no soy narco. Yo consumía “falopa” y me fumaba unos pitos, pero no la vendía.

-Entonces, eras sólo un comprador.
No, tampoco. En La Legua casi todos me conocían y me la regalaban.

-Pero igual tenías enemigos.Sí, mis enemigos son los que me metieron en la cárcel. Son todos los que atestiguaron en mi contra y me cargaron con crímenes que yo no cometí.

-¿Y por qué tantos?
Porque yo era el único que se enfrentaba a los narcos. Yo los hueveaba y a los hueones no les gustaba nada po.

-¿Qué piensas hacer con ellos cuando salgas de la cárcel?
Nada, no les tengo ni odio ni rencor. Yo no vuelvo más a La Legua y si lo hago va a ser de noche, pero sólo a ver a mi mamá. Yo quiero que mi abogado me saque de acá e irme al extranjero de donde nunca debí volver. Además, cuando salga no quiero volver, así que no me conviene irme a meter de nuevo a La Legua.

-¿Qué piensas hacer si logras irte al extranjero?
Robar, yo cacho. Si la pulenta, ¿qué más voy a hacer?

-¿Qué países conoces?
Puta, yo conozco toda Europa. Yo estuve desde Italia hacia arriba. Ahí robábamos con un grupo de chilenos de La Legua y de otras poblaciones, incluso un día fuimos todos juntos a ver a Zamorano, cuando jugaba en el Inter de Milán. Éramos todos de “pobla”.

-¿Y por qué te fuiste de Chile?Por plata. La plata lo hace todo. Acá yo empecé a robar desde los 15 años. Así junté la plata y partí a Italia. Allá era más fácil, además las canas extranjeras son mejores que las chilenas. Yo conocí varias y los locos allá te regalan caleta de cosas. Si hasta el papel confort nunca faltaba.

-¿Hablas inglés o italiano?
Sí po. Italiano. De inglés no cacho nada.

-Dinos algo en italiano…
No. No les voy decir nada. Pero “io parlo il italiano molto bene”. Jajaja.

-Si estabas tan bien, ¿por qué volviste?
Porque la sangre tira y quería volver a mi tierra. Cuando llegué lo hice con plata. Tenía mi auto, mi casa y podía ayudar también a la gente. Una vez un centro de madres quería hacer un viaje y les faltaba plata, así que yo les pasé. Si yo ayudaba a todos allá porque llegué en mejor situación. Volví porque extrañaba La Legua y Chile.

-¿Y tu familia?También. Mi familia es lo único que tengo. Además ellos son los que me vienen a ver. Mi mamá, mi prima y mis hijos vienen una vez al mes.

-¿Tu esposa no viene?
Ya era. Vino los primeros dos años y después no volvió más, pero es mejor que no vuelva.

-¿Y los amigos?Nada. Ninguno vino nunca. Si cuando uno cae acá se alejan todos y se olvidan de uno.

-¿Qué haces para no sentirte tan solo?
Acá tenemos talleres de artesanía y cosas así. Jugamos a la pelota entre nosotros, porque no nos dejan juntarnos con los demás, sólo los del módulo. Acá aprendí a tomar mate y a jugar a la pelota. Antes era súper malo. Además, terminé cuarto medio. Salí con un 5,9 de enseñanza media y di la PSU junto a otros internos. Saqué como 450 puntos, pero igual fue bueno para lo que es acá. Antes leíamos harto, pero ahora no. En ese tiempo me leí el Caballo de Troya y El Padrino. Además como tenemos celdas individuales tengo un televisor y una radio. Me gusta ver las noticias en Chilevisión, los dibujos animados y escuchar a Bob Marley. Tengo un póster de él en la pieza y un tatuaje en el brazo.

-Así que te gusta El Padrino. ¿Te sientes identificado con él?
Jajaja. Cuando estaba en las calles.

-¿Aparte de Bob Marley, qué escuchas?
Harta salsa y merengue. Si me gusta caleta bailar.

-¿Piensas estudiar cuando salgas de la cárcel?
No, quiero puro irme de Chile, para que no me sigan vinculando a otros delitos, porque como ya todos me conocen van a pensar que cada muerto que cae es mío.

-¿Tienes miedo de que cuando salgas alguien te mate por plata?
Yo no le tengo miedo a nadie. El “Pampa” le teme sólo a la muerte y al de “arriba”.

-¿Eres católico?
Sí. Soy bautizado, hice la primera comunión y me casé, pero católico, soy hasta ahí nomás.

-Si eres católico hasta ahí nomás, ¿el “Pampa” se va al cielo o al infierno?
Al cielo y ahí van a salir a recibirme los angelitos.

Publicado originalmente en The Clinic Nº176 (04 de mayo de 2006)

jueves, 16 de marzo de 2006

A MÍ ME PUTEÓ LAGOS

Ricardo Lagos nunca fue un tipo fácil. Su estilo autoritario y directo lo han caracterizado como un hombre duro y su dedo, desde que apuntó a través de una cámara al mismísimo Pinochet, se ha convertido en un arma de temer. Ha quitado el saludo, ha vetado el ingreso a La Moneda, ha dicho que nadie lo va a callar y ha sido comparado con Luis XIV. Acá, algunos testimonios de aquellos que se atrevieron a criticar o cuestionar al Presidente y que sobrevivieron para contarlo.

Por Juan Pablo Figueroa L. y Jorge Rojas G.



Felipe Letelier, diputado PPD
“Lagos no es leal con los que pelan el ajo por él”

Siempre íbamos a los famosos happy hour de La Moneda y ese día yo había pensado ir por un ratito nomás, unos 20 minutos y retirarme, porque tenía una reunión con algunos profesores de la UTEM, que me asesoran en distintas materias.
Como todos los huasos, fui amable y sonriente a saludar al Presidente. Él estaba en medio de senadores, diputados y ministros y cuando me acerqué dijo “así como este señor –refiriéndose a mí- que me anda gritando por el diario”.
Yo me di cuenta enseguida de lo que se trataba, pero como soy acampado y bruto, le dije “mire, Presidente, fuimos juntos a ver la obra de regadío Laja-Diguillín y sabemos los dos de lo que estoy hablando. Lo que yo dije en esos medios y periódicos lo ratifico, porque claro que creo que está mal concebida esa obra”. Pero acá nadie estaba haciendo tabla raja con la crítica, entonces me dice “no, mi amigo. Acá se van a regar no sé cuantas hectáreas. Con diputados así no se puede trabajar”. Yo ahí cometí el error del huaso abrutado de contestarle al presidente. Estábamos todos y alguien, no recuerdo quien, me empezó a dar pequeños golpes en el talón, como diciendo “¡oye, hueón, quédate callado!”. Ese diálogo fue bastante áspero porque le decía que estaba mal concebido el proyecto, que estaban mal invertidas las platas y que era un arrogante. Yo respetaba que dijeran lo contrario, pero también quería que respetaran mi opinión. Porque uno puede decir que la obra es bonita, rentable, factible, lo mejor de lo mejor, pero tú puedes pensar lo contrario, que no es tan así. Lo que dije lo hice entendiendo que estábamos en un país de tolerantes, de gente que respeta mutuamente sus opiniones.
Me seguían pegando en la pierna y me topaban para que cortáramos el cuento. Ahí le dije a Lagos, “mire señor Presidente, la diferencia de los otros parlamentarios conmigo, es que yo tengo el defecto de hablar las cosas de frente, y no como otros que le sacan la cresta a usted en el Parlamento y cuando llegan aquí son verdaderos corderos”. Luego le di la mano, le pedí disculpas y me fui.
Yo no sabía que el caballero se iba a molestar tanto. Cómo es posible que en este país alguien no pueda criticar, incluso siendo de la misma fila. Además, con Lagos nos conocemos hace muchos años. Fui presidente de la comisión de OOPP cuando Lagos era ministro, y no era fácil. Con Lagos, pese a que tenemos las tremendas afinidades de luchar por la democracia, la libertad, siempre tuvimos una hueá de carácter encontrado, y como mi abuelo decía, “entre bueyes no hay cornadas”. Uno no reclama, se queda calladito nomás. Sólo chista.
Si hubiera sabido que Luis XIV se iba a molestar tanto, mejor me hubiera ido conejeando, como decimos en el campo. Pero yo no sabía que iba a ser tanto. Tuve que dar explicaciones públicas, porque si el Presidente se sintió ofendido por esto, acá van las disculpas por la radio, la televisión o cualquier medio. 10 días después, las obras que criticaba quedaron paradas. Yo me podría haber enriquecido políticamente ahí, decirle a Lagos todo en una conferencia de prensa en terreno, pero no lo hice.
Quedé bien sentido con Lagos. Nosotros nos sacamos la cresta en su campaña y nos la jugamos por sus proyectos, y sé que Lagos no es leal con los que pelan el ajo por él y los cercanos a sus proyectos e ideas. Por eso me gustó la frase de Michelle Bachelet, que ella va a gobernar con mucha energía pero con afectos, no con esa arrogancia, esa soberbia que caracterizan a Lagos.
No tendría ningún problema en pararme de nuevo ante Lagos. Los hombres deben ser capaces de plantearse frente quien sea. Si pudimos hacerlo ante Pinochet y medio mundo, cómo no vamos a poder hacerlo con Lagos. Cuando uno lucha por principios, uno tiene que luchar por principios para todos. Así tiene que ser.


María Paz Villalobos, bióloga marina
“Fue como ver a Pinochet en sus tiempos”

Nosotros extendimos un cartel que hacía referencia a la contaminación con arsénico que estaba ocurriendo en Valdivia sólo para que Lagos lo viera. Ni siquiera habíamos pensado en protestar, sino que sólo pretendíamos que viera el cartel, pero la cosa cambió frente a cómo empezó carabineros a tratar a la gente, porque abajo a los de Acción por los Cisnes los habían diluido completa y espantosamente mientras pasaba el Presidente, para que nadie dijera nada. Un nivel de represión heavy por parte de una comisión tremenda de pacos, y que siempre está presente en los actos de Lagos. “Lagos, Celco, Arsénico” decía el cartel, que medía 16 metros.
Mientras el Presidente estaba dando su discurso, nosotros preparábamos una pregunta para hacerle cuando lo terminara. De repente, entremedio de su charla, Lagos dijo una mentira. “Vamos a empezar una nueva región (de Los Ríos), libre de contaminación y libre de arsénico”. Eso no era cierto. En el río ahora hay mucho arsénico y muchos contaminantes, por lo que interrumpimos el discurso con un megáfono y le hicimos una pregunta. Él había apoyado el funcionamiento de las instituciones jurídicas y ambientales dentro de la problemática del caso Celco-Santuario y, posterior a ese apoyo, el santuario del Río Cruces se murió, con toda su fauna y flora, el agua se contaminó, el aire está polucionado y los ríos tienen arsénico. “Señor Lagos –le preguntamos-, ¿el funcionamiento de las instituciones jurídicas y ambientales de nuestro país es a costa de nuestra salud?”. La gente se enardecía y gritaba, pero él se quedó en silencio unos minutos, no respondió. Nosotros le repetimos la pregunta. De repente, empezó a decir que nosotros no le íbamos a enseñar lo que es la democracia, que él había pasado por la dictadura hablando y diciendo las cosas, que nosotros no lo íbamos a hacer callar, que no entendíamos nada de democracia. Fue una sarta de frases históricas que mostraban que se había desesperado mucho. Había perdido el control del cuento, como que lo pilló muy desprevenido. Ahí empezó a invitar a la gente para que nos pifiaran, nos echaran, hasta que llegaron los pacos y nos sacaron violentamente. Sin armas, drogas, alcohol ni resistencia, agredidos y descalificados por hacer sólo una pregunta. El mandatario del pueblo incitaba a la división del mismo.
Lagos nunca respondió la pregunta, pero me dijeron que una vez, en televisión, le hicieron la pregunta sobre lo que ocurrió en Valdivia y él reconoció que había cometido un error, que lo que debería haber hecho era responder la pregunta. Su reacción fue completamente autoritaria. Fue como ver a Pinochet respondiéndole a alguien en la calle en sus tiempos.
Nos abrieron dos procesos judiciales por eso. Uno fue por desórdenes en la vía pública, que al final fue derogado porque estábamos en propiedad privada. Posteriormente, la defensa pública nos levanto cargos por injurias al Presidente, pero eso también fue derogado porque el artículo que señalaba la sanción por injurias al presidente había sido quitado de la Constitución unos meses antes. Lagos ha callado el problema y ha respaldado terriblemente a la empresa y lo peor, nuestros derechos constitucionales: vivir en un medio ambiente libre de contaminación y expresarnos libremente han sido violados por nuestras autoridades.


Pablo Lorenzini, diputado DC
“Yo creo que el Presidente se equivocó”

Para las elecciones de 1999 con el presidente nos fuimos a tomar un cafesito ahí en la plaza de Armas de Talca cuando él era candidato. De ahí en adelante tuvimos una relación muy franca y bastante abierta. Posteriormente asumí la presidencia de la Cámara de Diputados y por razones protocolares nos encontrábamos a cada rato, estuvimos en el APEC, en cenas con distintos presidentes incluso en esa famosa cena con George Bush, y siempre tuvo un buen trato conmigo y con mi señora. Sin embargo, cuando yo tuve esa intervención en la cámara (acusó al ex Ministro de Obras Públicas Javier Etcheberry, de tener “arreglines” con las concesionarias) el Presidente, por razones que yo aún no comprendo, se espantó públicamente conmigo, que en ese tiempo era Presidente de la Cámara de Diputados. Él no me saludó en algunos actos públicos, cosa que muchos consideraron como no procedente y yo también lo consideré inadecuado, porque mis dichos en ningún momentos se refirieron a él. Así que nunca entendí porque saltó de esa manera y en forma tan sostenida contra el Presidente de la Cámara de Diputados.
Sin embargo, yo lo intuía. La primera vez que no me saludó fue en la Escuela Militar. Capté que venía un poco enojado y no le estiré la mano. Me quedé parado y le hice un gesto con mi cabeza, pero él tampoco estiró la mano. Al otro día en Valparaíso venía saludando a todos, pero a mi puesto no llegó.
Desde ese momento, nunca más me he vuelto a encontrar con él. Ha estado acá en mi zona pero no hemos tenido la ocasión de juntarnos, sin embargo, yo no tengo ningún resquemor.
Yo creo que el Presidente se equivocó y la gran parte de la ciudadanía, como lo reflejaron las encuestas de la época, sabe lo que pasó, porque una cosa es un reclamo y otra cosa es que los poderes del estado tienen que respetarse más allá de las diferencias personales. Ahora él se va a ir y yo voy a seguir en la cámara con la incógnita de porque se sintió tan afectado como papá defendiendo a sus pollos.


Sergio Aguiló, diputado PS
“Lagos es muy arrogante y muy soberbio”

Yo escribí en abril de 2001 un artículo que se publicó en muchas partes y que se llamó “Chile entre dos derechas”, y que, sin acusar de derecha al gobierno de Ricardo Lagos en particular, lo que pretendía decir es que la Concertación, durante todo su período, había hecho una política económica de derecha administrando un sistema neoliberal. Entonces, estaba la derecha clásica chilena, que había apoyado a la dictadura, y esta otra derecha que era democrática. Lagos se molestó muchísimo.
El documento, que era bien largo, escrito con mucho respeto, y que no menciona en ningún lado a Ricardo Lagos, creó mucha polémica. Hubo gente a favor, otra en contra, salió en El Mercurio, me entrevistaron para Qué Pasa. Yo había dicho, efectivamente, que la Concertación era de derecha y que de cierta forma yo me sentía de derecha, porque lo dijo alguien que lleva más de no sé cuantos años en el parlamento. Fue, por lo tanto, una autocrítica, porque yo he votado por leyes de derecha que implicaban seguir manteniendo el régimen neoliberal. Además, es una crítica al sistema del cual formo parte.
En una reunión donde estaba Lorenzini, que fue quien me contó, y adonde yo tenía que asistir, pero no fui por varias razones, Lagos dijo “Yo no me reúno con el diputado Aguiló, así que no entre a reunirse conmigo”. Yo no podía entrar a La Moneda, por lo menos no simbólicamente, porque puede entrar todo el público. No tenía entrada para conversar con el Presidente, no tenía agenda con él. Entonces, yo tomé la decisión de no ir más.
Nunca más me volvieron a llamar y nunca más hablé con él. Nos hemos topado formalmente, nos hemos saludado con cortesía, pero nunca más hablamos. El hecho de que Lagos haya reaccionado así es parte de un cierto estilo autoritario y poco tolerante, creo yo. Puede que haya estado desde siempre en la personalidad de él, pero se ha permitido desarrollarlo gracias a esta costumbre que dejó la dictadura de no atreverse a discutirle a la autoridad. Además, Lagos no se caracteriza por ser una persona de estilo o espíritu tolerante y excesivamente dialogante. Él, más bien, siendo o no Presidente, tiende a pensar que él tiene la verdad y que sólo ésa es la verdad. Es muy arrogante y muy soberbio.
Sigo pensando lo mismo que escribí en 2001 y me sigo sintiendo parte de esa nueva derecha democrática. Es que en Chile se confunde a la derecha con el fascismo, porque siempre estuvieron apoyando a Pinochet y a la dictadura, pero en otros países hay derechas que no son necesariamente fascistas. Creo que en la práctica, la Concertación se ha ido convirtiendo en una derecha democrática republicana, que defiende a los derechos humanos y cosas así, pero derecha.
Lagos nunca me manifestó directamente su molestia por el artículo. Entiendo que se lo manifestó a la dirección del partido, porque en esos días salió mucho en la prensa que la dirección del partido fue citada por el Presidente y que uno de los temas principales que se había hablado era de esta “rebeldía” de algunos diputados, y se refería directamente a mí.
Nunca más me junté con Lagos, pero voy a ir al cambio de mando. Yo fui presidente del comando de Michelle Bachelet, y ella es quien asume. Voy a ir por ese lado, no como invitado del Presidente.



Publicado originalmente en The Clinic, Edición Especial Lagos (marzo de 2006)

jueves, 9 de marzo de 2006

MARÍA PINTO: LA COMUNA QUE NO CRECIÓ CON IGUALDAD

Según la encuesta Casen, María Pinto lidera el ranking como el municipio más pobre de la Región Metropolitana con un ingreso promedio de 266 mil pesos mensuales por grupo familiar. No sólo hay apenas dos médicos y una ambulancia para atender a más de ocho mil personas, sino que aún existen caminos de tierra, casas sin alcantarillado y chilenos que no terminaron el liceo. Acá cinco historias de familias a las que el progreso, el crecimiento y el éxito económico nunca les llegó.

Por Juan Pablo Figueroa y Jorge Rojas G.


EL MENU DE LOS NEGRETE
Fideos solos. Ese es el menú que prácticamente a diario come Juana Malhue y su marido Servando Negrete, un matrimonio que se empina en la tercera edad -ambos tienen 62 años- y que viven con 50 mil pesos mensuales.
Juana y Servando viven en el sector Lo Ovalle, de María Pinto. Su casa es de madera. Y está podrida por la humedad. La ‘decoración’: una par de camas y dos sillones.
Este mes el matrimonio vivirá con $ 50 mil pesos. Y eso que están en buena temporada: primavera y verano son las mejores épocas para ellos. El resto del año, cuentan, ni siquiera les alcanza para pasar el día.
Servando es dueño de ocho hectáreas de tierra que recibió de la CORA, pero en esta cosecha el precio de los choclos no le alcanzó para pagar la semilla. Si eso le ocurrió en los mejores meses del año, cree que en el invierno todo estará perdido: no sabe cómo pagará los $ 250 mil anuales de las contribuciones.
En Lo Ovalle la crecida del estero Puangue deja aislada a toda la comunidad. Se sale el cauce, se lleva el puente e inunda las casas y los caminos. Durante esa época la humedad, el hambre y la falta de dinero se conjugan en la pesadilla de los Negrete-Malhue y de otros varios vecinos de María Pinto, que además de soportar la escasez trabajo, no pueden salir de su casa.
Por eso a Servando se le aprieta la garganta cuando le nombran la palabra invierno. “La zona no ha progresado nada y hay que ponerse un poco duro para pasar la estación”, dice mirando fijo a su esposa. Ambos saben que cuando el agua baje, como todos los años, ellos y sus vecinos tendrán que cortar palos y rearmar el puente. Siempre es lo mismo, acotan.
En el sector todas las casas tienen luz y agua potable, pero el alcantarillado funciona a medias, pues su baño -una caseta que Servando construyó a metros de su la casa-, huele como la peor miseria. Juana se resigna y ya parece acostumbrada a los problemas. Dice que no tiene envidia de las cosas que se hacen en Santiago. Aunque le llama la atención que aunque María Pinto quede a menos de una hora está la capital, donde están las súper autopistas, ella aún vive en un camino de tierra. Le gustaría que el progreso también llegase hasta su a su barrio. O por último tener un buen alcantarillado.


BAÑO PARA 20
La señora Alejandra, del sector de Baracaldo, está horneando pan amasado en una cocina improvisada en el terreno que comparte con otras 20 personas. El olor de la leña consumiéndose se mezcla con el de la ropa tendida y con el que expele de las gallinas, patos, conejos, gatos y perros y el de las casetas de madera que el grupo utiliza como baño.
Hoy le dio asco usar el horno de su cocina. La laucha que encontró en su interior la obligó a salir al patio. Alejandra vive de allegada junto a su pareja y otras cinco familias. Tan insostenible en su situación que hace tres años tuvo que mandar a su hija a vivir con su abuela a Melipilla porque en su casa ya no cabía nadie más. “No tengo dónde tenerla”, dice con la voz temblorosa.
Su pareja gana el sueldo mínimo ($127 mil), del que debe sacar $40 mil mensuales para la pensión de una hija de su primer matrimonio. Entre sumas y restas, Alejandra tendrá $ 33 mil para enfrentar marzo. Pese a todo, con lo que plantan y sus animales, asegura que nunca les ha faltado para comer, pero que no se pueden dar “el lujo” de enfermarse. El problema es que debe hacerse con urgencia una endoscopía que cuesta $34 mil. El examen tendrá que esperar.
En el suelo polvoriento hay granos y corontas de maíz para que las aves coman. También neumáticos viejos, bicicletas antiguas, juguetes rotos, además de conejeras y gallineros armados con maderas y alambres desprolijos. En el patio, una cañería expuesta lleva agua hasta una llave y a una improvisada ducha instalada bajo un árbol. Más allá, dos casetas de madera hacen las veces de baños, donde la cañería no alcanzó. Alejandra asegura que lleva cuatro años pidiendo en la Municipalidad un cañería. Pero “la muni da puros calmantes”, dice.

EL TEMPORERO
Lizette Bustos (22) toma en brazos a su hijo Edison (2) y limpia la mesa para almorzar. Está esperando a Luciano Sagredo (24), su pareja, que todos los días vuelve a la casa para comer algo y continuar con sus faenas como temporero. Gana $120 mil al mes.
El Ajial, donde viven, es uno de los sectores menos rurales de María Pinto: se destaca por tener un camino pavimentado, el único símbolo de la llegada progreso. Allí instalaron hace un año la mediagua que por $ 30 mil le construyó “Un techo para Chile”. Son una de las tres familias del lugar que salieron beneficiadas con el programa.
La pareja no tiene luz ni agua. Se las arreglan con una manguera y un cable que recorre casi 20 metros, desde la casa de una vecina, hasta llegar al enchufe de su mediagua. La cuentas las pagan a medias. Acá no hay baño: deben pedirlo prestado a unos familiares que viven en el área.
Mientras Lizette se queja de las dificultades para vivir, Luciano, que acaba de llegar para almorzar, se saca la mochila y deja la hoz en el suelo. Su trabajo es esporádico y hay meses en los que no hace nada. Generalmente es en invierno cuando peor lo pasa. Dice que varias veces ha llorado cuando no ha tenido dinero para comprarle leche y pañales a su hijo. Y la cosa se complica: Lizzete está embarazada.
Luciano se queja que las zonas urbanas son las únicas que tienen trabajo. “En Santiago igual es más fácil progresar, pero el campo siempre es el que se queda atrás. Acá somos nosotros los que vivimos bajo el agua cuando en invierno se salen los canales y no hay plata para vivir”.

EL PENSIONADO DC
Hace un año y medio al papá de Marta, el jubilado Clorindo Maldonado Mateluna (85), le dio una trombosis que lo dejó postrado. Desde ese momento su hija, de 57 años, no tiene otro trabajo más que cuidarlo a él. En la pequeña casa de la comuna de María Pinto apenas viven con la pensión de $68 mil mensuales que recibe el anciano, dinero que reparten también con la hermana de Marta y su sobrina escolar.
La casa es pequeña y de piso y color ladrillo requebrajado. En una pared hay un cuadro de “La última cena”. En otra, cerca del televisor Panasonic de 21 pulgadas que aun no terminan de pagar, un calendario con el rostro de Michelle Bachelet.
Los $68 mil mensuales se hacen cada vez más precarios desde que Maldonado, un jubilado DC, está enfermo: sus pañales cuestan $ 3 mil el paquete y el remedio que necesita, $ 26 mil. El anciano, además de postrado, está ciego a causa de un glaucoma.
Marta dice que varias veces el dinero no les ha alcanzado para comer. Pero la salud es otro problema: deben esperar a que una vez al mes vaya a verlo uno de los dos médicos del consultorio de María Pinto y en la única ambulancia disponible para los más de 8.600 inscritos en su servicio.
Marta también tiene un glaucoma, pero no puede cambiar sus anteojos por falta de dinero. Tiene dos hijos: una que estudia con crédito enfermería en Santiago y otro que egresó de administración de empresas y que está cesante.
Marta sabe cocinar y hacer pasteles. Y ahora quiere hacer un curso de chocolatería, pero tiene el mismo problema de siempre: la plata no le alcanza.

LA JEFA DE HOGAR
María Rojas tiene 11 hijos y está separada hace más de una década. Vive, junto a los cuatro que le quedan solteros, en una pequeña casa en el cerro Santa Luisa. Fue una de las primeras en instalarse ahí, poco después de que se casara a los 15 años y mucho antes de desligarse de un marido “mujeriego y bueno para el trago”. Está orgullosa de haber sido “padre y madre”, aunque sus ojos se llenan de lágrimas cuando lo dice.
María tiene una de las mejores vistas del lugar, pero también una de las peores ubicaciones: en el invierno el agua que corre cerro abajo humedece las paredes de su casa y hace imposible salir de ella sin hundirse en el barro.
Si el verano es la mejor temporada para el campo, para María y sus hijos ésta ha sido una de las peores épocas del año. Acaban de llegar de los fundos del sector, donde pretendían laborar como temporeros, pero el viaje sólo significó gasto de plata y pérdida tiempo. Una muy mala noticia, tomando en cuenta que lo que más les falta es dinero: a veces se dan vueltas con $ 3 mil pesos diarios.
María no sabe leer ni escribir. Por eso soñaba que sus hijos fueran universitarios, pero sólo uno de los once egresó de cuarto medio. Pero ahora debe concentrarse en cosas más concretas que sus sueños, en algo que la tiene enferma de los nervios: pagar una deuda de $190 mil en alcantarillado, de los que sólo ha abonado $15 mil.

Publicado originalmente en The Clinic Edición Especial Lagos (marzo de 2006)

domingo, 5 de febrero de 2006

ANTONIA URANGA: FLORES AZULES PARA NO OLVIDAR

Antonia Uranga murió en el accidente aéreo del Faucett 251 el 29 de febrero de 1996. Además de ella, en el avión iban su pololo y otros 40 chilenos. No hubo sobrevivientes. Con la caída de la nave a las 20.25 hrs. en las sierras de Arequipa -en un sitio que, ironía del destino, se llama Ciudad de Dios- comenzó también el calvario para sus familias y amigos. Ésta historia forma parte de la serie de perfiles que publicó la revista Qué Pasa para conmemorar los 10 años de la tragedia. Así la recuerdan los que la conocieron.

Por Juan Pablo Figueroa y Noelia Zunino

Fue el último regalo de Antonia el que con el tiempo se llenó de significados. Para la Navidad del 95, había elegido entregarles a amigos y familiares una foto de ella en blanco y negro, enmarcada en un cartón pintado con figuras azules. El regalo causó risas, sobre todo porque ella decía que algún día, cuando fuera famosa, valdría millones.

Era una de las tantas cosas que se le ocurrían a Antonia. Pero nadie imaginó que fuera una despedida.

Antonia Uranga (21), su pololo, Ralph Meier, y sus amigas Alejandra Villegas y Carola Adasme habían decidido que ese verano de 1996 partirían a Ecuador, en secreto, porque cada uno en sus casas había contado que el destino era Arica, quizás para que ninguno tuviese problemas con los permisos. Antonia había vendido sus pertenencias para juntar peso a peso el dinero para cumplir con lo planeado. Estaba emocionada y no lo ocultaba. Soñaba al viaje ideal.

Estaba a punto de cumplirse un mes desde que Antonia había partido cuando su madre, Virginia Marín, se despertó ese 1 de marzo de 1996 con las noticias matinales de fondo. Algo oyó sobre un accidente aéreo en Perú, pero no le dio importancia hasta que escuchó al locutor diciendo que una de las víctimas se llamaba Ralph Meier. Virginia recuerda que se desesperó. "Grité como loca. Fue terrible". Nunca se había imaginado que la despedida que habían tenido un mes atrás, cuando Antonia partía al tan esperado viaje, sería la definitiva.

Los siguientes meses para el matrimonio de Francisco Uranga y Virginia Marín fueron muy duros. Quedaron solos en la casa, porque después del accidente, Mauricio, el segundo de sus hijos, se casó. Los planes para ampliar la pieza de Antonia -y que así su regalona tuviera más espacio- ya no tenían sentido. Desde entonces, los Uranga Marín no programan nada a largo plazo.

Al comienzo, para mitigar el dolor, Virginia tomaba tranquilizantes, pero a su marido no le gustaba que estuviera en tratamiento y terminó por abandonar las sesiones con el siquiatra. Había que encontrar una salida. Juntos. Se les ocurrió conocer a los papás de Ralph y compartir con otros familiares de víctimas del accidente. Fue una relación estrecha, pero pasajera. El dolor no se iba y la herida seguía abierta.

Quizás por lo mismo, las esporádicas visitas que recibían de Alejandra y Carola -las compañeras de viaje de Antonia, que habían vuelto antes porque no les alcanzaba la plata- también se cortaron. Con ellas, Virginia se sentaba a conversar sobre Antonia, a revivirla con recuerdos. Pero esas sesiones le hacían daño a su marido. Cuando las veía, se preguntaba por qué ellas y no su hija estaban sentadas ahí.

Algo denso flotaba en ese ambiente. Sin siquiera conversarlo, las amigas dejaron de ir y con ello siguieron las dudas sobre qué ocurrió realmente con los pasajes del avión. Virginia afirma que Antonia y Ralph les dieron los boletos de regreso a Alejandra y Carola, porque ellas ya no tenían plata para seguir viajando. Carola, en cambio, dice que los habían comprado antes de que el dinero se les acabara. Pero eso ya daba lo mismo. Como fuera, ellas habían tenido la suerte que no tuvieron Antonia y Ralph, y eso las afectó enormemente. Alejandra nunca volvió a tener una amiga como lo fue Antonia, y Carola se cambió el nombre a Estrella, por la estrella que dice tener y que la salvó de viajar en el vuelo 251 de Faucett.

Estrella nunca ha hablado de su viaje con nadie. Tampoco los Uranga. Ni siquiera entre ellos. Cuando Mauricio, el hermano de Antonia, regresó de Arequipa tras reconocer el cuerpo, juntó a la familia y les dijo: "No me pregunten nada. Me voy a morir con lo que yo vi".

Cerca de un año después del accidente, Francisco Uranga dejó de trabajar en el Banco de Chile. Después de 35 años, ya no quería seguir. Cuando tomó la decisión de retirarse, sus cercanos se asustaron. Pensaron que se iba a morir de pena. Sin embargo, tal como dice Mariana, su nuera, él "necesitaba encontrarle un sentido a seguir viviendo sin Antonia". Desde ese momento, hace distintas cosas en su casa y en el departamento de Viña, pero hay días en que se deprime. Quienes lo conocen se dan cuenta enseguida. Francisco se retrae y se coloca anteojos oscuros, incluso dentro de la casa.

En esos instantes de angustia, Virginia está a su lado. El que había sido el patriarca de la casa, el hombre fuerte que tomaba las decisiones, se ha ido apoyando cada vez más en su mujer. Desde el accidente, ella se ha transformado en el puntal de la familia. Aun así, nadie ha logrado superarlo del todo. Virginia guardó gran parte de los recuerdos de su hija en una maleta que lleva cerrada diez años y que todavía no se atreve a abrir.

Tal vez nunca hubieran podido sobrellevar el dolor, de no ser porque les llegó una ayuda inesperada. En el momento del accidente, su nuera Mariana estaba embarazada. Ella y Francisco hijo ya sabían el nombre del niño, pero lo guardaron como un secreto. Fue en un control cuando pidieron que grabaran el nombre en la ecografía. Después de la consulta, se fueron a la casa de los padres de Francisco para mostrarles las imágenes de su primer nieto. Virginia se sorprendió al ver el nombre que aparecía en la imagen. Y se puso a llorar. Su nieto se llamaría Antonio.

El niño va a cumplir diez años. Nunca conoció a su tía, pero, dicen, es la viva imagen de ella. Cada vez que ve algo azul -el color favorito que Antonia lucía incluso en su pelo- él lo recoge y lo lleva hasta una repisa que está en la casa de sus abuelos y que contiene recortes de diarios, fotos y adornos de ese color.

Dentro de lo que fue la tragedia un hecho los alegró. En el lugar del accidente, muy pocas cosas quedaron intactas. Entre ellas se encontraba la mochila de Antonia con su ropa, regalos, adornos que había comprado en una feria y los rollos fotográficos que traía para revelar. Aunque Antonia no volvió, su mochila llena con sus últimos momentos sí lo había hecho.

Han pasado ya diez años. Aún no han conseguido respuestas y sin embargo Virginia y Francisco intentan salir adelante. Francisco hijo dice que lo han logrado por su hermana. Cada vez que van a Viña -al menos una vez a la semana- pasan al cementerio y a Antonia le llevan flores. Azules, que son las que mejor ayudan a revivir sus recuerdos.

Publicado originalmente en Qué Pasa (04/02/2006)

jueves, 2 de febrero de 2006

OJOS QUE NO VEN… CUIDADO CON EL POSTE

Los ciegos se quedan hablando con los postes, doblan cuando hay paredes, caen a alcantarillas y se pasan en las micros. Acá una selección de historias del Sindicato de Comerciantes Ciegos que se atreven a reírse de sí mismos. ¿Qué más negro que el humor que no se ve?

Por Juan Pablo Figueroa L. y Jorge Rojas G.

El hueso con carne
Una vez estábamos en una comida, en un aniversario. Entonces, resulta que andaba por ahí una placa dental. Al lado mío estaba el Jano, que le gusta harto el leseo. Bueno, llegué y en unos tazones estaban sirviendo consomé. Ahí me acordé de la placa y la saqué. Justo este cabro me dijo “voy al baño y vuelvo, que todavía no me sirven”. Ya po, anda nomás. Cuando le sirvieron le eché la placa adentro. Chucha, y resulta que cuando él llegó, empezó a comer.
-Está rico el caldo -le decía al Jano-, puta que está rico el consomé. A mí me tocó un huesito con carne, hueón.
-Sí po, a mí también me tocó un huesito.
-No hueí, hueón.
-Sí po.
-¡Chuta, que suerte!
De ahí el Jano empezó a tocarlo y dijo, “esto no es un hueso, hueón. Es una placa, concha tu madre, a alguien se le cayó”.
-¿Cómo va a ser una placa? –dije yo. Después la saqué, la lavé y la puse donde estaba. El hueón jamás supo quién le había hecho la talla.

Como cuando uno toma cerveza
Estábamos una vez en una fiesta en la Asociación de Ciegos de Chile, ahí en Nataniel, y resulta que había una tina grande y un inodoro. Entonces me dio por ir al baño. Eran como las cuatro de la mañana y habíamos estado tomando cervezas y en la taza había sentado un cabro ciego. ¿Dónde meo, hueón?, pensé. Toqué la tina y me puse a mear po. ¡Aaahhh! Como cuando uno toma cerveza po. Ya po, meé y me fui a seguir chupando con los cabros.
-Chucha, no sabí na’ lo que me pasó, hueón –dijo Francisco Fuentealba, un chiquillo ciego que llegó a la media hora después.
-¿Qué te pasó, hueón?-le contesté.
-Un hueón fue a mear a la tina y me meó enteró, hueón. Yo estaba durmiendo en la tina, po.


El que pestañea pierde
Ésta es la historia de un cabro amigo, el Mendoza. Había otro chiquillo, de apellido López, que se paseaba con una cabra ciega en el internado, en la escuela del Estado. De acá para allá, de acá para allá. Y el Mendoza escuchó una conversación de cuando el López le decía a la cabra: “nos juntamos en el subterráneo, en la leñera. Tú te vai primero y me esperas abajo, donde están las calderas. Yo voy a bajar unos 10 ó 15 minutos después”. El Mendoza, poco avispao’, se fue altiro al subterráneo.
Cuando ella bajó, él ya estaba allá. Esperó un poquito, y mientras ella se quedaba parada, el Mendoza la tocó. Le dice “quédate calladita”, como sacando la voz del otro hueón po, del López. Había unas cuestiones en el suelo, así que la acostó y ahí mismo se la pisó. Y se echó al pollo. Al rato después llegó el pololo de ella.
-Ya, tenemos que irnos, que me pueden echar de menos –le dijo ella al López.
-¿Cómo nos vamos a ir, si no hemos hecho nada?
-¿Cómo que no hemos hecho nada? Si recién hicimos el amor.
-¡¿Qué?! No puede ser, si yo vengo recién llegando.
-Chucha, no sé entonces quién fue, pero me acabo de acostar con otro cabro acá, en el suelo.


El Guille y la Carola
Estábamos con los cabros acá, en un baile y le hicimos la talla al Guillermo con un hueón que es medio ciego y que le gusta hacer el papel de cola, po. Ya estaban todos bailando y de repente le dicen al Guillermo, con una voz suave y femenina, “bailemos, mi amor”. Y salieron a bailar, po. No sabía nada que estaba bailando con un hombre.
-Hay que bailas rico –le decía al Guille al oído.
-¿Cómo te llamas tú? –le preguntaba mientras se le tiraba.
-Carola.
-Podríamos salir otro día.
Yo andaba bailando al otro lado y de repente se me acercó el Guillermo y me dijo “hay una mina que se llama Carola y está súper rica. Tiene el pelito largo y es re tiradora. ¿Te llevó para allá, para bailar?”. Le dije que no, po, que estaba ocupado. De ahí llegó la “Carola” a buscarlo para seguir bailando. Estuvieron ahí toda la noche, como hasta las seis de la mañana, y de ahí el Guillermo se la quería llevó de aquí. Se iban a un motel.
-Yo no me llamo Carola, sino que soy el Richard.
-¡Concha tu madre! ¿O sea que baile toda la noche contigo?
-Claro, po.
-Chucha, y yo pensaba que eras mujer. No le cuentes a nadie.
Pero ya lo sabían todos.



Se te apagó la tele
Uno de los cabros estaba frente a la tele una vez, en su casa, con un primo de él.
-¿Hace cuánto que tienes esta tele? –le pregunto el primo.
-Es vieja.
-¿Pero hace cuánto que la ves?
-Hace muchos años. ¿Por qué?
-Porque esta tele no tiene imagen, po hueón.

¡Un combo caballo!
Antes trabajábamos en una feria, y uno de los cabros había llegado súper temprano para vender escobas. Así que ahí estaba, con sus escobas al hombro. De repente empieza a sentir unos tirones por atrás. “Ya po, concha tu madre, para el hueveo”, decía, pero los tirones no paraban. “Ya po, no hueí más”, y los tirones seguían.
“Ya, a la próxima le voy a mandar un combo en el hocico a este hueón”, pensó. Al siguiente tirón se dio vuelta y mandó un mangazo. Le pegó con todo a un caballo que se estaba comiendo las escobas. Llegó a relinchar el pobre caballo.




Publicado originalmente en The Clinic (26/01/2006 - Especial de Humor Negro)

jueves, 26 de enero de 2006

LAS DESVENTURAS DE GLORIA SIMONETTI

A la cantante le ha pasado de todo. No sólo tuvo que entregar un hijo al sacerdocio jesuita y perdió un marido por culpa de un pedazo de carne, sino que también ha tenido otros encuentros con la vergüenza, la mala cueva y los animales peligrosos. Acá, su mala suerte en primera persona.

Gloria y su sacá de chucha en el Casino
“TENÍA MÁS HERIDO EL ORGULLO QUE LA PIERNA”

En una actuación en el Casino de Viña del Mar, hace como 15 años, mientras cantaba me eché hacia atrás para buscar el pedestal del micrófono. Estaba el maestro Horacio Saavedra con su orquesta, que agarró el pedestal y lo colocó. Resulta que yo estaba con traje largo -muy elegantemente vestida- y no me fijé y me enrollé. Y me caí, realmente, de espalda al loro. No fue una caída muy fina, y lo más insólito es que en ese momento el animador, que era el Pollo Fuentes, estaba enyesado de una pierna. El público no se rió, sino que sólo se escuchó en toda la sala un "¡ooooh!" prolongado. De ahí, el Pollo trataba de ponerme de pie, con la pata enyesada y todo, mientras los demás intentaban ponerme la sandalia que había salido disparada. Era una situación muy poco feliz y no muy decorativa; una cosa bastante cómica dentro de la tragedia, porque se me enterró el pedestal en el muslo. Terminé en la posta. Si fue algo bastante dramático, pero en ese minuto tenía más herido el orgullo que la pierna.
Recuerdo que cuando me levantaron, seguí cantando en una forma muy estoica el “Ojalá”, y al terminar, todo el público se puso de pie a aplaudir. Entonces, dentro de mi orgullo herido, les dije, cara de raja, “¡por Dios, lo que tiene que hacer una artista chilena para que la aplaudan de pie!”. De alguna manera, tratando de mantenerme orgullosa hasta el final, aguantando el dolor. Además, estaba súper picada por el papelón. Más que nada conmigo misma porque me cargaba estar en esa situación, de tanta debilidad. Fue como un golpe hacia ellos, que no se lo merecían, pero con alguien me tenía que desquitar. De ahí me llevaron a la clínica y tenía un hematoma bastante grande en el muslo.

Una joda para Gloria
“PENSÉ QUE ERA UN REALITY, PERO ERA UN ASALTO”

Estaba en un banco y pensaba que era un reality, pero la verdad era que me estaban asaltando. Yo creí que era una cámara indiscreta.
Fue en el banco de la plaza de Pedro de Valdivia, el ex banco Santiago, ahora Santander. Llegué a depositar un cuarto para las nueve de la mañana; tuve que esperar que abrieran detrás de las puertas. Seguramente que al lado mío estaban los ladrones, pero yo suponía que eran señores que venían a hacer su gestión. De repente, en la cola, veo a un gallo que salta por arriba mío; que vuela por encima de mi cabeza y se sube a la caja, apuntando a todos con una pistola. Yo no entendía nada: estaba parada esperando mi plata y de repente veo un gallo que se para arriba y grita "¡al suelo todo el mundo y manos arriba!". Ahí me corrí para el lado, pero pensé que era un reality.
Me eche a reír, lancé unas carcajadas, pero cuando sacaron las pistolas y apuntaban a las cabezas de las cajeras, que estaban muertas de miedo, me di cuenta de que la cosa podía ser en serio. Así que tranquilamente -como había que hacerlo- me tuve que tirar al suelo y reptar hasta debajo de un escritorio. Esperé a que robaran todo lo que tenían que robar y no hice de Robin Hood, ni mucho menos. Igual alcancé a tirar mi cartera a un basurero, para salvar los documentos, por si acaso. Después me di cuenta de que era una realidad, que realmente había sido un robo a mano armada.


El avión en llamas de Gloria
“SALTÉ CON UN CHAL Y UN QUESO TRIÁNGULO”

Me caí en Buenos Aires, en el año ’73. Venía de un festival en Europa. Nos incrustamos en el suelo y se incendió el avión. Nos tuvimos que tirar por el ala y nos salvamos, afortunadamente, aunque todavía no me explico porqué salté con un chal y un queso triángulo. Fue algo bastante raro. Es que hace muy poco había pasado lo de los rugbistas uruguayos en la cordillera, entonces queda en el subconsciente una cosa de supervivencia y ni siquiera pesqué la cartera. Sólo agarré un chal y un queso, y con mi amiga, que veníamos juntas, saltamos desde el ala y sin mayores consecuencias, porque el accidente igual fue bastante trágico.
En el aeropuerto de Ezeiza, del avión no quedó mucho. Nos incrustamos en el suelo y la turbina externa del ala derecha se empezó a incendiar. Por supuesto, nos tuvimos que escapar por nuestra cuenta porque nadie salió a abrirnos las puertas. Un señor se tuvo que parar a abrirlas. Tampoco estaba la cosita que se infla y se ve tan mágica. Es que en esa época no existía, y si existía nunca apareció, así que nos tuvimos que tirar directamente del ala para abajo, que son, más o menos, dos metros o dos metros y algo.


Gloria y su amor por los animales
“FUE SÓLO UN PROBLEMA DE CELOS”

Había ido a la casa de unos amigos en Calera de Tango. Un rico curanto a la olla prometía ser el plus de la tarde, pero no. Eran los primeros días de abril de hace cinco años atrás, y me puse a jugar con sus cuatro perros. Ya había estado en esa casa en varias oportunidades y, por lo mismo, los rottweiler me conocían bien. Siempre me han encantado los perros y siempre me ha gustado jugar con ellos. Esa vez no fue distinto y nos pusimos a jugar, pero uno de ellos quería un poco más de atención. Creo que se sentía celoso de los otros tres. Fue sólo un problema de celos, nada más.
Estaban jugando conmigo e iban y volvían, iban y volvían, y este rottweiler celoso llegó y ¡plum! Logró, de todas maneras, llamar la atención: me enterró los dientes en la cara. En ese momento ni dolor sentí. Yo pensaba que era una baba la que me estaba corriendo por los cachetes, y como era de noche, no se notaba mucho el color de lo que me estaba mojando la cara. Así que ni me preocupé; ¡si ni siquiera me había dado cuenta! Cuando fui a verme al espejo, noté que estaba chorreando sangre. Ahí me dio el ataque y me trajeron de inmediato para Santiago; me pusieron 14 puntos. A pesar de que se armó después todo un asunto de los perros, especialmente con los rottweiler, los sigo amando igual.