domingo, 28 de octubre de 2007

LOS PECADOS DE ST. PAULI


Es la zona de fiesta y libertinaje por excelencia de Alemania. Si los días de Hamburgo parecen ser una mezcla perfecta de orden, limpieza y buen comportamiento, las noches de St. Pauli son todo lo contrario. Luces de neón, música, alcohol y sexo; cada paso por sus calles significa una tentación. Y ceder no es algo raro en un barrio tradicionalmente de pecadores.
Cae la noche en Hamburgo. Mientras el silencio se apodera de la ciudad, la Reeperbahn, la avenida principal del barrio portuario de St. Pauli, se ilumina, se impregna de música y se convierte en el lugar en que todos quieren estar. Los taxis con pasajeros empiezan a llegar uno tras otro, como en un desfile muy bien ensayado, y las veredas, iluminadas con luces de todos los colores, se transforman en un verdadero patio de juegos. Es que acá, al finalizar el día, la tranquilidad y comodidad típicas de cualquier vecindario hamburgués se vuelven desenfreno, fiesta y libertinaje sin hora de cierre establecida. Y sobre todo, sin reglas. La reputación del alemán, de ser una persona controlada, seria y estructurada, se convierte en una mera fantasía. Dependiendo desde dónde se mire, sólo hay dos formas de clasificarlo: St. Pauli es el peor o el mejor de los lugares de Alemania. O en el peor de los casos, ambos a la vez.

La celebración y el jolgorio son la marca registrada de St. Pauli desde el siglo XVII, cuando el sector era conocido como Hamburger Berg y estaba relegado a las afueras de la ciudad. La tradición de liberación y disipación comenzó con los marinos que llegaban al puerto de Hamburgo y pasaban su tiempo libre entre bares y rameras, continuó con los primeros pasos de Los Beatles en su carrera mundial por ser “más grandes que Jesús”, y sigue hasta el día de hoy con las hordas de personas que llegan cada noche a perderse en sus calles.

Es como un ritual. La gente peregrina sin orden con una botella de cerveza o licor en sus manos, como seducidos por las luces y el aroma a sudor, alcohol, fritura y humedad. Gritan, ríen a carcajadas, comen a destajo, botan la basura en el suelo; caen en la tentación. Mientras, cada uno de los locales se transforma en una suerte de capilla para satisfacer algún placer culpable: las tabernas atraen todo tipo de público con su música, los casinos resultan irresistibles con el sonido de las monedas al caer, los olores de la comida cautivan los sentidos, los sex shop son algo tan cotidiano como un kiosco de revistas –aunque algunos se parezcan más a las grandes tiendas–, y los cabaret, con sus cortinas oscuras, parecen iglesias de la perdición. En tanto, los punks se agrupan en las esquinas mientras beben y piden monedas y uno que otro policía pasea por entre la gente como si nada. Y es que no son ellos quienes reinan aquí. En St. Pauli, la segunda zona roja más importante de Europa, las prostitutas son las soberanas y su negocio, la principal actividad económica del reino.

Las tentaciones de la “Milla Pecaminosa”

Una noche en St. Pauli puede ser un verdadero suplicio para quien vive de las dietas, pero un paraíso para el que no siente remordimientos al dejarse llevar por la gula. La enorme cantidad de restaurantes y pequeños puestos de comida, dispersos por todas sus calles, ofrecen una oferta gastronómica variada, pero nunca baja en calorías. Se pueden encontrar pizzas, hamburguesas, longanizas y los famosos Döner, una especialidad introducida por los inmigrantes turcos que se ha convertido en la comida rápida más vendida en Alemania. La receta es tan simple como grasosa (aunque sabrosa): láminas de carne de cordero o pollo asadas en un torno vertical servidas en pan de pita con un acompañamiento de ensalada.

Al igual que los lugares para comer, las cantinas y los bares se han diseminado de manera casi compulsiva por la llamada “Milla Pecaminosa” (como es conocida la Reeperbahn). En este ambiente hay de todo y para todos: de los locales se cuelan sonidos que pasean entre el tecno, el rock, los ritmos sudamericanos, la música bávara de cuernos de viento y los “shanties” o música marinera. Y mientras en las tabernas la música en vivo y el alcohol empiezan a atrapar a los condenados, en la calle las filas de jóvenes eufóricos, que se forman en las entradas de las discotheques, crean verdaderos tapones de muchachos bien vestidos que beben y ríen junto a chicas con poleras escotadas y faldas cortas.

Pero todo eso es sólo un aperitivo. Es claramente otra la especialidad de St. Pauli. Después de una breve caminata por la Reeperbahn y la calle Große Freiheit, se hace evidente: en el lugar donde los alemanes se permiten ser decadentes y comer en exceso, el sexo es el padre de todos los vicios. 


Las tiendas del placer

Avanzar por las calles de St. Pauli es, claramente, una incitación. Entremedio de bares, discotheques y locales de comida rápida, los sex shop se encuentran en posiciones privilegiadas. A diferencia de lo que ocurre en otros lados del mundo, las jugueterías eróticas cuentan con locales enormes muy bien publicitados. Las más importantes están en la calle Große Freiheit y algunas son tan grandes que, con sus letreros estilizados y vitrinas elegantemente arregladas, parecen más bien tiendas de importantes marcas de ropa.

En su interior, en estantes muy bien ordenados y distribuidos, se encuentra todo tipo de artilugios para el placer sexual: revistas, películas y literatura eróticas; lencería de encajes, látex y cuero; consoladores de todas las formas, colores y tamaños; muñecas inflables; látigos, cadenas, esposas y máscaras; y una bebida cremosa que viene en un envase con forma de pene. Además, entra todo tipo de público y lo hacen con la misma naturalidad con la que van al supermercado.

Afuera, gente de todas las edades sigue paseándose en ánimo de juerga. Y las tentaciones continúan. Frente a cada uno de los innumerables establecimientos que ofrecen table dance, gogo dancing y striptease, hay un hombre que intercepta a los varones que deambulan solos y los invita a ingresar. Su retórica, en el idioma que sea necesario, es tan persistente y efectiva como la de una gitana: es casi imposible decir “no”.

Atrás de las cortinas oscuras y las puertas pesadas que impiden que el interior se vea desde la acera, los brillos de colores se envuelven en una nube de humo y una silueta femenina se mueve sin mucha gracia alrededor de un poste. Sobre la pista de baile se puede ver el reflejo de las luces y las prendas que se ha sacado. Los asistentes dividen su campo visual entre el contorneo de la muchacha y las pantallas que cuelgan del techo exhibiendo pornografía. Mientras, las otras chicas (que más tarde tendrán su turno de desvestirse para deleite de los comensales) se sientan junto a los clientes, les tocan el muslo, les conversan y les piden que les compren algo. La forma más barata de seguir con la plática es pagar 20 euros para que se pueda tomar una cerveza y conversar sobre lo que pueda pasar más tarde. Y el precio que eso tendría. 


Los maniquíes de la Herbertstraße

Fuera de St. Pauli, el silencio y la quietud gobiernan la noche, pero en el barrio más famoso y desvergonzado de Alemania el bullicio parece no tener fin. Los taxis siguen llegando con pasajeros cada vez más pasados de copas y se van con parejas momentáneas que han llegado a algún acuerdo monetario. Y es que las proposiciones lujuriosas están en todos lados. Fuera de los cines eróticos, de los escenarios donde mujeres se desvisten y de cabinas donde por sólo unas monedas uno puede ver un show de sexo en vivo (los llamados peep-show), las prostitutas se apoderan de las esquinas y se insinúan a quien quiera que pase por al frente. No les importa la raza ni la apariencia, menos la edad o que a alguno le brille un anillo en el dedo: lo que hay en el bolsillo es lo único importante. Pero si las vías y locales de St. Pauli son una atracción al descaro, la calle Herbertstraße es un antro de seducción, un pase directo al purgatorio.

A sólo dos cuadras de la Davidswache, la estación de policía más famosa de Hamburgo (cuatro pisos de ladrillos que también cuentan con un letrero luminoso), hay un pequeño callejón cerrado por paneles en ambos costados y reservado sólo para la presencia masculina. A cada lado del paseo de adoquines, ventanales de los que se cuelan luces rojas y tenues y, tras ellos, sentadas hermosas mujeres que visten sólo lencería. Los hombres se pasean ventana por ventana, respondiendo a los golpeteos en el vidrio que hacen las muchachas para llamar su atención. Y eso los vuelve locos. Ni el más anciano, serio o maduro se resiste. Cada uno de ellos se comporta como niño en una juguetería.

“¿Quieres pasar?” es la pregunta que cierra cada una de sus frases. Acá, las convicciones y cuestionamientos morales no valen. Uno tras otro van descargando de sus billeteras los 50 euros que cuesta una media hora con la compañía de mujeres como sacadas de un sueño y las luces se van quedando solas y reflejadas en los adoquines. Los que no tienen dinero (o simplemente lograron resistirse a las dulces voces de las señoritas), se dan unas vueltas más, como buscando una excusa para no irse, y finalmente se van.

No hay hora de cierre instituida, pero la noche siempre llega a su fin. La caravana de pecadores se aleja de las calles y la vida tranquila, cómoda y ordenada, reina durante el día. Y da lo mismo lo que haya pasado; muchos llegan a arrepentirse. Pero la culpa no siempre es por haber cedido a las tentaciones de St. Pauli, sino que también, por no haberlo hecho.
 
Versión original del publicado en Viajes La Tercera (noviembre 2007)