viernes, 21 de diciembre de 2007

EL LIMOSNERO DE PRAGA

Un hombre busca un punto estratégico donde su presencia pueda llamar la atención, donde la gente pase y con sólo una mirada pueda percatarse de que existe, de que está ahí, sin molestar a nadie. Busca por las calles empedradas y más concurridas de su ciudad. Busca dar pena. Vive en Praga, la capital de uno de los países más ricos de la Unión Europea (desde que se integró en 2004) y una de las ciudades más visitadas de Europa oriental. Su bandera aparece bien posicionada en varios informes realizados por la ONU: quinta casilla en la lista mundial de países por igualdad de ingresos, 34º por PIB (PPA) per cápita, 32º por índice de desarrollo humano y primera en la UE en sistema de seguridad social y en la carrera por tener el menor índice de pobreza. Sólo un 8% de las familias de República Checa vive en esas condiciones, y parece que él es parte de ese pequeño -y orgulloso para el país- porcentaje.

Encuentra un espacio bajo la luz que se cuela de la vitrina de una tienda. Se instala; lo hace suyo. No dice nada, no mira a nadie. No viste con harapos ni parece un orate. Se saca el sombrero y tranquila y naturalmente se agacha. Apenas sus rodillas tocan el suelo, el resto de su cuerpo se estira hasta quedar en pose de completa sumisión. Y su mirada se concentra en el suelo. Pareciera que a momentos llora. Quizás, incluso, que duerme. Da pena.

La gente comienza a pasar, a voltear y a verlo aunque sea de reojo. Logró ser visto. No se mueve. Algunos le arrojan algunas
coronas en el sombrero; algunos pasan de largo.

No es el único: ni durante el día ni cuando es de noche es raro ver la escena. Algunos se ubican bajo las torres del Puente de Carlos (donde pueden pasar una tarde entera en la misma posición), otros en las cercanías de la Plaza de la Ciudad Vieja o, como él, en las calles aledañas a los pubs y discotheques. Transcurre media hora; una hora; dos horas: él continúa inmóvil, quieto, entregado. No ha ocupado ni un centímetro más de los que acaparó cuando llegó. No ha mirado otra cosa que no sea el suelo. El tráfico de personas disminuye a medida que se acerca la mañana. Luego, simplemente se para, cuenta las monedas de su sombrero y se va. Camina unos minutos; vuelve al lado de Praga que no aparece en los rankings ni en los city tours. Menos en las postales.

viernes, 14 de diciembre de 2007

ARAÑA EN EL MAULE

Calor. Me siento en la arena. Un rato de descanso y de sombra. Las aguas del río Maule parecen calmas, pero no: corren arremolinadas, como apuradas, para juntarse con el mar. Algunos peces saltan de vez en cuando y unos pájaros suenan a lo lejos, en los bosques. Tranquilidad.
Una araña pollito aparece. No se preocupa por mi presencia, pero claramente yo sí me percato de ella. Bordea la pequeña playa de arena oscura. En ella, los botes a remo que utilizan los habitantes para cruzar el río atracan para poder acceder al ramal, el buscarril que recorre la ribera norte del Maule. Dos veces diarias, el tren va desde Talca a Constitución, pasando por pequeños poblados rurales que han ido quedando cada vez más abandonados. Es que es la única vía de movilización y comunicación entre los asentamientos; desde mayo de 2007 Monumento Nacional; y lo único que logra romper la monotonía y quietud de una hermosa zona entre viñedos, montañas y bosques. Pero a ella parece no importarle.
Camina lenta y silenciosamente bajo la sombra de unos arbustos, dejando pequeñas y delicadas huellas, como si ni el paso de uno de los ríos más importantes y caudalosos de Chile ni el correr del tiempo le importaran. Tampoco que la observe y menos que la fotografíe. Sorpresivamente, así como aparece, se introduce en una maraña de ramas. Se pierde. La pierdo. No la vuelvo a ver.
Subo hasta el paradero con una foto más en mi cámara. Se ve la tranquilidad. Valió la pena el descanso: ya no tengo tanto calor. El tren se acerca. Lo tomo. Me voy.