domingo, 5 de febrero de 2006

ANTONIA URANGA: FLORES AZULES PARA NO OLVIDAR

Antonia Uranga murió en el accidente aéreo del Faucett 251 el 29 de febrero de 1996. Además de ella, en el avión iban su pololo y otros 40 chilenos. No hubo sobrevivientes. Con la caída de la nave a las 20.25 hrs. en las sierras de Arequipa -en un sitio que, ironía del destino, se llama Ciudad de Dios- comenzó también el calvario para sus familias y amigos. Ésta historia forma parte de la serie de perfiles que publicó la revista Qué Pasa para conmemorar los 10 años de la tragedia. Así la recuerdan los que la conocieron.

Por Juan Pablo Figueroa y Noelia Zunino

Fue el último regalo de Antonia el que con el tiempo se llenó de significados. Para la Navidad del 95, había elegido entregarles a amigos y familiares una foto de ella en blanco y negro, enmarcada en un cartón pintado con figuras azules. El regalo causó risas, sobre todo porque ella decía que algún día, cuando fuera famosa, valdría millones.

Era una de las tantas cosas que se le ocurrían a Antonia. Pero nadie imaginó que fuera una despedida.

Antonia Uranga (21), su pololo, Ralph Meier, y sus amigas Alejandra Villegas y Carola Adasme habían decidido que ese verano de 1996 partirían a Ecuador, en secreto, porque cada uno en sus casas había contado que el destino era Arica, quizás para que ninguno tuviese problemas con los permisos. Antonia había vendido sus pertenencias para juntar peso a peso el dinero para cumplir con lo planeado. Estaba emocionada y no lo ocultaba. Soñaba al viaje ideal.

Estaba a punto de cumplirse un mes desde que Antonia había partido cuando su madre, Virginia Marín, se despertó ese 1 de marzo de 1996 con las noticias matinales de fondo. Algo oyó sobre un accidente aéreo en Perú, pero no le dio importancia hasta que escuchó al locutor diciendo que una de las víctimas se llamaba Ralph Meier. Virginia recuerda que se desesperó. "Grité como loca. Fue terrible". Nunca se había imaginado que la despedida que habían tenido un mes atrás, cuando Antonia partía al tan esperado viaje, sería la definitiva.

Los siguientes meses para el matrimonio de Francisco Uranga y Virginia Marín fueron muy duros. Quedaron solos en la casa, porque después del accidente, Mauricio, el segundo de sus hijos, se casó. Los planes para ampliar la pieza de Antonia -y que así su regalona tuviera más espacio- ya no tenían sentido. Desde entonces, los Uranga Marín no programan nada a largo plazo.

Al comienzo, para mitigar el dolor, Virginia tomaba tranquilizantes, pero a su marido no le gustaba que estuviera en tratamiento y terminó por abandonar las sesiones con el siquiatra. Había que encontrar una salida. Juntos. Se les ocurrió conocer a los papás de Ralph y compartir con otros familiares de víctimas del accidente. Fue una relación estrecha, pero pasajera. El dolor no se iba y la herida seguía abierta.

Quizás por lo mismo, las esporádicas visitas que recibían de Alejandra y Carola -las compañeras de viaje de Antonia, que habían vuelto antes porque no les alcanzaba la plata- también se cortaron. Con ellas, Virginia se sentaba a conversar sobre Antonia, a revivirla con recuerdos. Pero esas sesiones le hacían daño a su marido. Cuando las veía, se preguntaba por qué ellas y no su hija estaban sentadas ahí.

Algo denso flotaba en ese ambiente. Sin siquiera conversarlo, las amigas dejaron de ir y con ello siguieron las dudas sobre qué ocurrió realmente con los pasajes del avión. Virginia afirma que Antonia y Ralph les dieron los boletos de regreso a Alejandra y Carola, porque ellas ya no tenían plata para seguir viajando. Carola, en cambio, dice que los habían comprado antes de que el dinero se les acabara. Pero eso ya daba lo mismo. Como fuera, ellas habían tenido la suerte que no tuvieron Antonia y Ralph, y eso las afectó enormemente. Alejandra nunca volvió a tener una amiga como lo fue Antonia, y Carola se cambió el nombre a Estrella, por la estrella que dice tener y que la salvó de viajar en el vuelo 251 de Faucett.

Estrella nunca ha hablado de su viaje con nadie. Tampoco los Uranga. Ni siquiera entre ellos. Cuando Mauricio, el hermano de Antonia, regresó de Arequipa tras reconocer el cuerpo, juntó a la familia y les dijo: "No me pregunten nada. Me voy a morir con lo que yo vi".

Cerca de un año después del accidente, Francisco Uranga dejó de trabajar en el Banco de Chile. Después de 35 años, ya no quería seguir. Cuando tomó la decisión de retirarse, sus cercanos se asustaron. Pensaron que se iba a morir de pena. Sin embargo, tal como dice Mariana, su nuera, él "necesitaba encontrarle un sentido a seguir viviendo sin Antonia". Desde ese momento, hace distintas cosas en su casa y en el departamento de Viña, pero hay días en que se deprime. Quienes lo conocen se dan cuenta enseguida. Francisco se retrae y se coloca anteojos oscuros, incluso dentro de la casa.

En esos instantes de angustia, Virginia está a su lado. El que había sido el patriarca de la casa, el hombre fuerte que tomaba las decisiones, se ha ido apoyando cada vez más en su mujer. Desde el accidente, ella se ha transformado en el puntal de la familia. Aun así, nadie ha logrado superarlo del todo. Virginia guardó gran parte de los recuerdos de su hija en una maleta que lleva cerrada diez años y que todavía no se atreve a abrir.

Tal vez nunca hubieran podido sobrellevar el dolor, de no ser porque les llegó una ayuda inesperada. En el momento del accidente, su nuera Mariana estaba embarazada. Ella y Francisco hijo ya sabían el nombre del niño, pero lo guardaron como un secreto. Fue en un control cuando pidieron que grabaran el nombre en la ecografía. Después de la consulta, se fueron a la casa de los padres de Francisco para mostrarles las imágenes de su primer nieto. Virginia se sorprendió al ver el nombre que aparecía en la imagen. Y se puso a llorar. Su nieto se llamaría Antonio.

El niño va a cumplir diez años. Nunca conoció a su tía, pero, dicen, es la viva imagen de ella. Cada vez que ve algo azul -el color favorito que Antonia lucía incluso en su pelo- él lo recoge y lo lleva hasta una repisa que está en la casa de sus abuelos y que contiene recortes de diarios, fotos y adornos de ese color.

Dentro de lo que fue la tragedia un hecho los alegró. En el lugar del accidente, muy pocas cosas quedaron intactas. Entre ellas se encontraba la mochila de Antonia con su ropa, regalos, adornos que había comprado en una feria y los rollos fotográficos que traía para revelar. Aunque Antonia no volvió, su mochila llena con sus últimos momentos sí lo había hecho.

Han pasado ya diez años. Aún no han conseguido respuestas y sin embargo Virginia y Francisco intentan salir adelante. Francisco hijo dice que lo han logrado por su hermana. Cada vez que van a Viña -al menos una vez a la semana- pasan al cementerio y a Antonia le llevan flores. Azules, que son las que mejor ayudan a revivir sus recuerdos.

Publicado originalmente en Qué Pasa (04/02/2006)

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