viernes, 21 de diciembre de 2007

EL LIMOSNERO DE PRAGA

Un hombre busca un punto estratégico donde su presencia pueda llamar la atención, donde la gente pase y con sólo una mirada pueda percatarse de que existe, de que está ahí, sin molestar a nadie. Busca por las calles empedradas y más concurridas de su ciudad. Busca dar pena. Vive en Praga, la capital de uno de los países más ricos de la Unión Europea (desde que se integró en 2004) y una de las ciudades más visitadas de Europa oriental. Su bandera aparece bien posicionada en varios informes realizados por la ONU: quinta casilla en la lista mundial de países por igualdad de ingresos, 34º por PIB (PPA) per cápita, 32º por índice de desarrollo humano y primera en la UE en sistema de seguridad social y en la carrera por tener el menor índice de pobreza. Sólo un 8% de las familias de República Checa vive en esas condiciones, y parece que él es parte de ese pequeño -y orgulloso para el país- porcentaje.

Encuentra un espacio bajo la luz que se cuela de la vitrina de una tienda. Se instala; lo hace suyo. No dice nada, no mira a nadie. No viste con harapos ni parece un orate. Se saca el sombrero y tranquila y naturalmente se agacha. Apenas sus rodillas tocan el suelo, el resto de su cuerpo se estira hasta quedar en pose de completa sumisión. Y su mirada se concentra en el suelo. Pareciera que a momentos llora. Quizás, incluso, que duerme. Da pena.

La gente comienza a pasar, a voltear y a verlo aunque sea de reojo. Logró ser visto. No se mueve. Algunos le arrojan algunas
coronas en el sombrero; algunos pasan de largo.

No es el único: ni durante el día ni cuando es de noche es raro ver la escena. Algunos se ubican bajo las torres del Puente de Carlos (donde pueden pasar una tarde entera en la misma posición), otros en las cercanías de la Plaza de la Ciudad Vieja o, como él, en las calles aledañas a los pubs y discotheques. Transcurre media hora; una hora; dos horas: él continúa inmóvil, quieto, entregado. No ha ocupado ni un centímetro más de los que acaparó cuando llegó. No ha mirado otra cosa que no sea el suelo. El tráfico de personas disminuye a medida que se acerca la mañana. Luego, simplemente se para, cuenta las monedas de su sombrero y se va. Camina unos minutos; vuelve al lado de Praga que no aparece en los rankings ni en los city tours. Menos en las postales.

viernes, 14 de diciembre de 2007

ARAÑA EN EL MAULE

Calor. Me siento en la arena. Un rato de descanso y de sombra. Las aguas del río Maule parecen calmas, pero no: corren arremolinadas, como apuradas, para juntarse con el mar. Algunos peces saltan de vez en cuando y unos pájaros suenan a lo lejos, en los bosques. Tranquilidad.
Una araña pollito aparece. No se preocupa por mi presencia, pero claramente yo sí me percato de ella. Bordea la pequeña playa de arena oscura. En ella, los botes a remo que utilizan los habitantes para cruzar el río atracan para poder acceder al ramal, el buscarril que recorre la ribera norte del Maule. Dos veces diarias, el tren va desde Talca a Constitución, pasando por pequeños poblados rurales que han ido quedando cada vez más abandonados. Es que es la única vía de movilización y comunicación entre los asentamientos; desde mayo de 2007 Monumento Nacional; y lo único que logra romper la monotonía y quietud de una hermosa zona entre viñedos, montañas y bosques. Pero a ella parece no importarle.
Camina lenta y silenciosamente bajo la sombra de unos arbustos, dejando pequeñas y delicadas huellas, como si ni el paso de uno de los ríos más importantes y caudalosos de Chile ni el correr del tiempo le importaran. Tampoco que la observe y menos que la fotografíe. Sorpresivamente, así como aparece, se introduce en una maraña de ramas. Se pierde. La pierdo. No la vuelvo a ver.
Subo hasta el paradero con una foto más en mi cámara. Se ve la tranquilidad. Valió la pena el descanso: ya no tengo tanto calor. El tren se acerca. Lo tomo. Me voy.

domingo, 25 de noviembre de 2007

LA CUBA DE LOS CUBANOS

Varadero puede ser el paraíso del relax, pero no es Cuba. Afuera de él hay un mundo de ciudades coloniales, patrimonios de la humanidad y lugares de culto revolucionario. Y sólo un día basta para cruzar la isla, recorrerlos e impregnarse, aunque sea por unos momentos, con la vida de quienes viven en ellos.


En la provincia de Matanzas, Varadero parece ser un mundo aparte de Cuba y no carecer de nada. Piscinas, playas, discotheques, tiendas y actividades día y noche; todo lo que el turista busca para entretenerse y relajarse lo halla aquí y sin salir de su hotel. Además, lo complementa con distintas ofertas que las empresas turísticas ofrecen desde el comienzo del hospedaje: nado con delfines, parapente, paseos en lancha o helicóptero y recorridos por los alrededores. Pero hay un tour que es el menos solicitado, se inicia de madrugada y cruza la isla desde el Atlántico al Caribe en un solo día haciendo escala en tres ciudades: Cienfuegos, Trinidad y Santa Clara.
El tour por las Tres Ciudades es un escape hacia la realidad de la isla. Las antiguas carreteras, al lado de carteles de propaganda política, pequeñas fincas y las enormes montañas del Escambray, además de enormes valles y plantaciones de caña, mango y coco, llevan a urbes donde el tiempo parece haberse olvidado de correr. Calles empedradas, colores pasteles, movimiento urbano, carretas yendo de un lado a otro y olor a habano; a medida que se avanza se puede entender la frase que se escucha al contratar el paseo: “Ah, usted viene a conocer Cuba”.


El patrimonio de Cienfuegos
De no ser por su Plaza Mayor, patrimonio de la humanidad de la UNESCO, Cienfuegos no resaltaría entre las otras ciudades de Cuba. Sus construcciones son sobrias y más bien parejas: edificios de estilo colonial y neoclásico, con puertas grandes, ventanas arqueadas y techos planos con barandas. Algunos tienen balcones y, a diferencia de La Habana, aún se ve algo de color en ellos.
En las calles pequeñas y limpias, el aire cálido y húmedo se hace aún más pesado por el humo de los habanos। En ellas, el movimiento es como en cualquier otro lugar de Cuba, pero en un punto se condensa: en la Plaza Mayor está todo y a todo color. Casa de Gobierno, un antiguo teatro, la catedral de la Purísima Concepción, el infaltable monumento a José Martí, un orfeón dominguero, bancos para sentarse y palomas para los viejos que disfrutan al darles de comer. Los niños salen por entre los pilares de la enorme escuela con sus camisas blancas y pantalones o faldas color mostaza y se pierden entre cubanos sentados o trasladándose por la ciudad en motos con acoplado para acompañante, bicicletas, vehículos antiguos dejados por los norteamericanos cuando la isla era su "patio de juegos" o carretas tiradas por caballos. Y todo con una envidiable rutina de tranquilidad característica del ritmo de vida caribeño.


La quieta ciudad de Trinidad
Avanzar por Trinidad es como retroceder en el tiempo. Incluso más que en cualquier otra parte de la isla. Sus casas, en un principio, parecen ser de cualquier lugar de Cuba: chicas, coloridas y una al lado de la otra, sin dejar un solo espacio sin ocupar. Pero al llegar al centro, donde las pequeñas viviendas conviven con antiguos palacetes, iglesias y calles empedradas desde donde se ve el Caribe, parece ser una de esas villas que eran constantemente asoladas por piratas. O por lo menos, como las que se muestran en las películas. Sin embargo, hoy todo es muy tranquilo en una de las ciudades coloniales más hermosas de Cuba: mientras los turistas transitan por sus rincones, casi todas las puertas y ventanas están abiertas. De algunas se asoman mujeres, otras dejan ver el interior y dentro de unas pocas se pueden ver los "Círculos infantiles"; salones con hileras de pequeños catres de lona que funcionan como guardería para los hijos de los trabajadores de Trinidad. Acostados, los ñiños se asoman y sonríen a las cámaras. En general, las construcciones son amplias, pero en éstas viven dos o tres familias a la vez. En algunas se puede ver gente sentada observando la calle y a los transeúntes, además de sus sillas, sus mesas, sus cocinas; todo es muy austero, muy sobrio, aunque los colores pasteles predominan en una acertada combinación con paredes mohosas y ancianos con caras oscuras que esperan y posan sentados en algunos de los tantos escalones con un habano entre sus dedos.

El santuario del Che
Santa Clara es una ciudad conocida. En 1688 se fundó como una pequeña villa y se mantuvo así hasta que los trenes y la carretera central la cruzaron pasada la mitad del siglo XX. Cada vez se detenía más gente y con el triunfo de la Revolución, Santa Clara creció en industrialización y desarrollo. Tiene 4 hospitales, 3 universidades, alrededor de 200.000 habitantes y ha sido escena de batallas, nombrada en canciones y últimamente visitada en masa por sólo un motivo: aquí está el Memorial de Ernesto Che Guevara. Frente a la Plaza de la Revolución, la estatua de 16 metros del Che es imponente. Aparece como caminando con paso firme, mirada fuerte y penetrante, y vistiendo su uniforme verde olivo, su boina y un fusil en la mano derecha. Bajo la efigie hay dos salones enormes en los que no se puede tomar fotos ni entrar con carteras o bolsos. El primero es un museo donde hay fotos, documentos, escritos y objetos relacionados al guerrillero y sus conocidos; el segundo es el memorial donde están sus restos y la “llama eterna”, una flama que simboliza el espíritu revolucionario del Che: nunca se apaga.




Guía de viaje:
-Para contratar el tour hay que acercarse a los stands de empresas turísticas que están en la mayoría de los hoteles en Varadero. Hay varias que lo ofrecen. Cuesta 89 CUC (Pesos convertibles) por persona e incluye, además de los traslados hasta la puerta del lugar de alojamiento, almuerzo y la entrada al Memorial del Che en Santa Clara.
-En el camino también hay vistas que pueden ser tan atractivas como las mismas ciudades। A minutos de abandonar Cienfuegos, aparecen las montañas del Escambray, las segundas más altas de la isla (después de la Sierra Maestra), y a la salida de Trinidad está el Valle de Los Ingenios, otro de los tantos patrimonios culturales de la humanidad que ostenta Cuba.





Publicado originalmente en Viajes La Tercera (noviembre 2007)

domingo, 28 de octubre de 2007

LOS PECADOS DE ST. PAULI


Es la zona de fiesta y libertinaje por excelencia de Alemania. Si los días de Hamburgo parecen ser una mezcla perfecta de orden, limpieza y buen comportamiento, las noches de St. Pauli son todo lo contrario. Luces de neón, música, alcohol y sexo; cada paso por sus calles significa una tentación. Y ceder no es algo raro en un barrio tradicionalmente de pecadores.
Cae la noche en Hamburgo. Mientras el silencio se apodera de la ciudad, la Reeperbahn, la avenida principal del barrio portuario de St. Pauli, se ilumina, se impregna de música y se convierte en el lugar en que todos quieren estar. Los taxis con pasajeros empiezan a llegar uno tras otro, como en un desfile muy bien ensayado, y las veredas, iluminadas con luces de todos los colores, se transforman en un verdadero patio de juegos. Es que acá, al finalizar el día, la tranquilidad y comodidad típicas de cualquier vecindario hamburgués se vuelven desenfreno, fiesta y libertinaje sin hora de cierre establecida. Y sobre todo, sin reglas. La reputación del alemán, de ser una persona controlada, seria y estructurada, se convierte en una mera fantasía. Dependiendo desde dónde se mire, sólo hay dos formas de clasificarlo: St. Pauli es el peor o el mejor de los lugares de Alemania. O en el peor de los casos, ambos a la vez.

La celebración y el jolgorio son la marca registrada de St. Pauli desde el siglo XVII, cuando el sector era conocido como Hamburger Berg y estaba relegado a las afueras de la ciudad. La tradición de liberación y disipación comenzó con los marinos que llegaban al puerto de Hamburgo y pasaban su tiempo libre entre bares y rameras, continuó con los primeros pasos de Los Beatles en su carrera mundial por ser “más grandes que Jesús”, y sigue hasta el día de hoy con las hordas de personas que llegan cada noche a perderse en sus calles.

Es como un ritual. La gente peregrina sin orden con una botella de cerveza o licor en sus manos, como seducidos por las luces y el aroma a sudor, alcohol, fritura y humedad. Gritan, ríen a carcajadas, comen a destajo, botan la basura en el suelo; caen en la tentación. Mientras, cada uno de los locales se transforma en una suerte de capilla para satisfacer algún placer culpable: las tabernas atraen todo tipo de público con su música, los casinos resultan irresistibles con el sonido de las monedas al caer, los olores de la comida cautivan los sentidos, los sex shop son algo tan cotidiano como un kiosco de revistas –aunque algunos se parezcan más a las grandes tiendas–, y los cabaret, con sus cortinas oscuras, parecen iglesias de la perdición. En tanto, los punks se agrupan en las esquinas mientras beben y piden monedas y uno que otro policía pasea por entre la gente como si nada. Y es que no son ellos quienes reinan aquí. En St. Pauli, la segunda zona roja más importante de Europa, las prostitutas son las soberanas y su negocio, la principal actividad económica del reino.

Las tentaciones de la “Milla Pecaminosa”

Una noche en St. Pauli puede ser un verdadero suplicio para quien vive de las dietas, pero un paraíso para el que no siente remordimientos al dejarse llevar por la gula. La enorme cantidad de restaurantes y pequeños puestos de comida, dispersos por todas sus calles, ofrecen una oferta gastronómica variada, pero nunca baja en calorías. Se pueden encontrar pizzas, hamburguesas, longanizas y los famosos Döner, una especialidad introducida por los inmigrantes turcos que se ha convertido en la comida rápida más vendida en Alemania. La receta es tan simple como grasosa (aunque sabrosa): láminas de carne de cordero o pollo asadas en un torno vertical servidas en pan de pita con un acompañamiento de ensalada.

Al igual que los lugares para comer, las cantinas y los bares se han diseminado de manera casi compulsiva por la llamada “Milla Pecaminosa” (como es conocida la Reeperbahn). En este ambiente hay de todo y para todos: de los locales se cuelan sonidos que pasean entre el tecno, el rock, los ritmos sudamericanos, la música bávara de cuernos de viento y los “shanties” o música marinera. Y mientras en las tabernas la música en vivo y el alcohol empiezan a atrapar a los condenados, en la calle las filas de jóvenes eufóricos, que se forman en las entradas de las discotheques, crean verdaderos tapones de muchachos bien vestidos que beben y ríen junto a chicas con poleras escotadas y faldas cortas.

Pero todo eso es sólo un aperitivo. Es claramente otra la especialidad de St. Pauli. Después de una breve caminata por la Reeperbahn y la calle Große Freiheit, se hace evidente: en el lugar donde los alemanes se permiten ser decadentes y comer en exceso, el sexo es el padre de todos los vicios. 


Las tiendas del placer

Avanzar por las calles de St. Pauli es, claramente, una incitación. Entremedio de bares, discotheques y locales de comida rápida, los sex shop se encuentran en posiciones privilegiadas. A diferencia de lo que ocurre en otros lados del mundo, las jugueterías eróticas cuentan con locales enormes muy bien publicitados. Las más importantes están en la calle Große Freiheit y algunas son tan grandes que, con sus letreros estilizados y vitrinas elegantemente arregladas, parecen más bien tiendas de importantes marcas de ropa.

En su interior, en estantes muy bien ordenados y distribuidos, se encuentra todo tipo de artilugios para el placer sexual: revistas, películas y literatura eróticas; lencería de encajes, látex y cuero; consoladores de todas las formas, colores y tamaños; muñecas inflables; látigos, cadenas, esposas y máscaras; y una bebida cremosa que viene en un envase con forma de pene. Además, entra todo tipo de público y lo hacen con la misma naturalidad con la que van al supermercado.

Afuera, gente de todas las edades sigue paseándose en ánimo de juerga. Y las tentaciones continúan. Frente a cada uno de los innumerables establecimientos que ofrecen table dance, gogo dancing y striptease, hay un hombre que intercepta a los varones que deambulan solos y los invita a ingresar. Su retórica, en el idioma que sea necesario, es tan persistente y efectiva como la de una gitana: es casi imposible decir “no”.

Atrás de las cortinas oscuras y las puertas pesadas que impiden que el interior se vea desde la acera, los brillos de colores se envuelven en una nube de humo y una silueta femenina se mueve sin mucha gracia alrededor de un poste. Sobre la pista de baile se puede ver el reflejo de las luces y las prendas que se ha sacado. Los asistentes dividen su campo visual entre el contorneo de la muchacha y las pantallas que cuelgan del techo exhibiendo pornografía. Mientras, las otras chicas (que más tarde tendrán su turno de desvestirse para deleite de los comensales) se sientan junto a los clientes, les tocan el muslo, les conversan y les piden que les compren algo. La forma más barata de seguir con la plática es pagar 20 euros para que se pueda tomar una cerveza y conversar sobre lo que pueda pasar más tarde. Y el precio que eso tendría. 


Los maniquíes de la Herbertstraße

Fuera de St. Pauli, el silencio y la quietud gobiernan la noche, pero en el barrio más famoso y desvergonzado de Alemania el bullicio parece no tener fin. Los taxis siguen llegando con pasajeros cada vez más pasados de copas y se van con parejas momentáneas que han llegado a algún acuerdo monetario. Y es que las proposiciones lujuriosas están en todos lados. Fuera de los cines eróticos, de los escenarios donde mujeres se desvisten y de cabinas donde por sólo unas monedas uno puede ver un show de sexo en vivo (los llamados peep-show), las prostitutas se apoderan de las esquinas y se insinúan a quien quiera que pase por al frente. No les importa la raza ni la apariencia, menos la edad o que a alguno le brille un anillo en el dedo: lo que hay en el bolsillo es lo único importante. Pero si las vías y locales de St. Pauli son una atracción al descaro, la calle Herbertstraße es un antro de seducción, un pase directo al purgatorio.

A sólo dos cuadras de la Davidswache, la estación de policía más famosa de Hamburgo (cuatro pisos de ladrillos que también cuentan con un letrero luminoso), hay un pequeño callejón cerrado por paneles en ambos costados y reservado sólo para la presencia masculina. A cada lado del paseo de adoquines, ventanales de los que se cuelan luces rojas y tenues y, tras ellos, sentadas hermosas mujeres que visten sólo lencería. Los hombres se pasean ventana por ventana, respondiendo a los golpeteos en el vidrio que hacen las muchachas para llamar su atención. Y eso los vuelve locos. Ni el más anciano, serio o maduro se resiste. Cada uno de ellos se comporta como niño en una juguetería.

“¿Quieres pasar?” es la pregunta que cierra cada una de sus frases. Acá, las convicciones y cuestionamientos morales no valen. Uno tras otro van descargando de sus billeteras los 50 euros que cuesta una media hora con la compañía de mujeres como sacadas de un sueño y las luces se van quedando solas y reflejadas en los adoquines. Los que no tienen dinero (o simplemente lograron resistirse a las dulces voces de las señoritas), se dan unas vueltas más, como buscando una excusa para no irse, y finalmente se van.

No hay hora de cierre instituida, pero la noche siempre llega a su fin. La caravana de pecadores se aleja de las calles y la vida tranquila, cómoda y ordenada, reina durante el día. Y da lo mismo lo que haya pasado; muchos llegan a arrepentirse. Pero la culpa no siempre es por haber cedido a las tentaciones de St. Pauli, sino que también, por no haberlo hecho.
 
Versión original del publicado en Viajes La Tercera (noviembre 2007)

martes, 26 de junio de 2007

36 HORAS A PIE POR PRAGA

Los que dicen que Praga es la ciudad más linda de Europa están lejos de ser mentirosos. Con sus castillos, sus estrechas y laberínticas vías de adoquines, sus plazas, sus enormes torres y sus puentes; cada uno de sus rincones es digno de ser fotografiado hasta el hartazgo. Y no hay que darse muchas vueltas para notarlo: caminar por sus calles es un paseo por una tierra que a través de los siglos ha sabido conservar su esplendor como ninguna otra.

VIERNES
09:30

“Érase una vez…” puede ser el principio de cualquier recuerdo sobre Praga. Es que a sólo minutos de haber empezado cualquier caminata por sus callejuelas empedradas, en medio de antiguos edificios e imponentes cúpulas que se alzan hasta lo más alto de la ciudad, es fácil sentirse encantado. A pesar de las caravanas de turistas que poco a poco empiezan a ir de un lado a otro con sus cámaras y sus sombreros a lo safari, “el corazón de Europa” (como es apodada la capital de República Checa) parece haber sido sacada de un cuento de reyes, princesas, dragones y castillos. Y el inicio de ese relato está en la plaza de la Ciudad Vieja, el centro neurálgico de toda andanza por la ciudad.
La médula del barrio de Staré Mesto es el punto de encuentro por excelencia de Praga. Ahí está el Orloj, un antiquísimo reloj astronómico que fue instalado, en 1410, en el lado sur de la torre del Ayuntamiento de la Ciudad Vieja y que se basa en el concepto del geocentrismo. Cada hora, junto a los campanazos, se abre un par de ventanas por las que se asoman imágenes de los 12 apóstoles. En ese momento, toda la plaza se paraliza. Luego, subir a los balcones de la torre no es una mala idea. Desde ahí se puede tener una vista panorámica en 360º desde el centro de la ciudad. Después de ver los tejados rojizos, las calles que se enredan y serpentean, y los castillos y torres que se ven a lo lejos, el deseo de caminar por Praga se hace irresistible.


11:00
Todo queda cerca en Praga. A unos pocos minutos de la plaza, llendo hacia el noroeste por la calle Parízská, se puede llegar a un hermoso barrio de enormes y antiguas edificaciones, monumentos, templos y un cementerio; un sector junto a un recodo del río Vltava que es en sí un museo. Da lo mismo la religión o la raza: en la ciudadela judía de Josefov hay mucho de interés que ver.
El museo judío de la ciudad, fundado en 1906 para rescatar el legado de una de las comunidades hebreas más importantes de Europa, cuenta con tres sinagogas (Maisel, Pinkas, Klaus y Española), una sala ceremonial y un centro cultural. Pero el monumento primordial del complejo histórico es el Viejo Cementerio Judío, abierto en la primera mitad del siglo XV. Es un espacio reducido y encerrado entre oratorios, en el que se apiñan de manera caótica millares de lápidas. Es que debido a la insuficiencia del espacio, fue necesario añadir varias capas de tierra superpuestas, por lo que los entierros (que acabaron en 1787) también se hicieron unos sobre otros. Hay sólo 12.000 losas, pero se estima que debe haber, a lo menos, 100 mil cuerpos.
Fuera del área del museo, está la Sinagoga Vieja-Nueva, una de las más antiguas de Europa. Edificada en 1270, posee una sala principal de estilo medieval única en su clase, y en ella aún se celebran servicios religiosos.

15:00
Caminar siempre da hambre y tomarse un tiempo para comer nunca es mala opción. Menos en Praga. Acá, debido a la capitalización de la belleza de la ciudad, los restaurantes abundan. Hay de todo: pizzas, pasta, comida rápida; pero no hay que irse del país sin probar lo local. Un lugar para hacerlo es el restaurant Usadlu (en Klimentská 2) donde, además de contar con una ambientación medieval en un subterráneo y con los tradicionales goulash, salchichón de Moravia, choucroutt, y carne ahumada, venden un plato que, si se anda en grupo, es una delicia. Se llama Staročeská kuchyně y es una bandeja que contiene carne de jabalí, cerdo, pato y pollo ahumados, con un acompañamiento de papas con distintas salsas y preparaciones, choucroutt y ensalada. Todo eso, junto a una cerveza helada, es el golpe necesario de energía para seguir el deambuleo por la capital checa.

17:00
Para bajar la comida, entrar a un museo puede ser la idea adecuada antes de seguir con la caminata. Y de esos hay muchos en la ciudad: la casa de Franz Kafka, Museo de Cera y hasta de máquinas históricas para el placer sexual, entre otros. Pero hay uno que es más bien desconocido y que presenta un paseo muy bien informado sobre la historia última de Praga: el Museo del Comunismo (Na Prikope 10).
Justo arriba de un Mc Donald’s y al lado de un casino, el museo de un solo piso muestra un paseo por los 40 años que la ex Checoslovaquia vivió bajo el régimen socialista. Con una exposición de fotos, cuadros, estatuas, propaganda y artículos característicos de aquella época, se explican todos los aspectos de la vida de aquel entonces, los que son resumidos en tres etapas: el comunismo como un sueño, como una realidad y como una pesadilla.
Sin importar el color político del visitante, la exhibición revela el auge y la decadencia del sistema que imperó durante cuatro décadas al país, dejando en claro las virtudes y fallas del mismo y cómo se fue deteriorando hasta llegar al colapso a principios de los ’90 para convertirse en el artículo de colección vintage que es hoy.

20:00
No todo en Praga son museos y calles preciosas, sino que también es reconocida por su intensa vida cultural. Los teatros, festivales de música y galerías de arte que alberga son una parte importante de la actividad en la llamada “madre de todas las ciudades”. Una de esas atracciones es la que presenta el Teatro Negro Image (Parízská 4), el que mezcla la pantomima, bailes, música, efectos especiales y los juegos de las luces y telas fluorescentes con un fondo negro. Además de que queda muy cerca de la plaza de la Ciudad Vieja, es un espectáculo no verbal, así que todos pueden entender sin problemas.

23:00
El paseo debe seguir y una forma de hacerlo es visitando el famoso Puente de Carlos, cuya construcción se inició en 1357 bajo el reinado de Carlos IV. La pasarela de estilo gótico que cruza el río Vltava, tiene una torre en cada uno de sus costados y sobre sus 16 arcos posee 30 estatuas barrocas de distintos santos. Durante el día es ampliamente transitado por turistas, artistas y comerciantes, pero en la noche el recorrido se hace calmo y desde él se pueden observar las torres y castillos muy bien iluminados. Después de unos minutos en él, el ajetreo del periplo por Praga se olvida y es fácil imaginar los días en que la ciudad era gobernada por reyes, habitada por doncellas y transitada por carretas.

24:00
Si aún quedan fuerzas, la noche puede continuar con bailes y tragos. En la calle, la gente se pasea tomando cervezas y otros licores mientras que los bares se llenan y las luces se reflejan en los adoquines y en el río que divide a la ciudad en dos. En ese momento, la discotheque Karlovy Lázne, justo al lado del puente, se convierte en un punto muy recurrido. Abierta hasta las 05:00 a.m., con una entrada de 520 Kč, un acceso lleno de gente y letreros luminosos en sus cinco pisos, se jacta de ser “el music club más grande del centro de Europa”.

SÁBADO
09:30

Una buena forma de empezar el día es cruzar el Puente de Carlos y caminar por la calle Nerudova para enfilarse hacia el palacio que está arriba de la colina: el Castillo de Praga, la fortaleza medieval más grande del mundo.
El gigantesco complejo de edificaciones, erigido en el siglo IX, ha servido como residencia para los reyes de Bohemia, los emperadores del Sacro Imperio Romano y los presidentes de Checoslovaquia y República Checa. Por otra parte, no es sólo un palacio, sino que constituye una verdadera ciudadela donde la monumental Catedral de San Vito, la muestra más importante del estilo gótico praguense, es el principal tesoro. En su interior, donde se llevó a cabo la coronación de los reyes de Bohemia, se encuentran también enterrados todos los monarcas, santos obispos y arzobispos checos, además de ser el lugar de resguardo para las Joyas de la corona.
Tras ella, un conjunto de calles angostas y torcidas junto a hileras de pequeñas y coloridas casas llevan hasta la salida trasera del castillo, desde donde se puede ingresar a los hermosos jardines del recinto, a la casa que habitó Franz Kafka en la “Callejuela de oro” o a un museo de juguetes.

12:00
A esta altura del recorrido ya se debió haber dado cuenta: las calles de Praga están llenas de comercio y para los que no les gusta abandonar un lugar con las manos vacías, hay de todo para regodearse. El paseo de compras se puede iniciar en una feria abierta donde se venden frutas, verduras, juguetes y chocolates. Después, en las calles del barrio Staré Mesto, se pueden encontrar tiendas de finas figuras en vidrio y en cristal, de preciosas marionetas de madera y cerámica, además de fábricas de instrumentos musicales y locales de souvenir donde se venden poleras, gorros, llaveros y absinth, un licor a base de ajenjo afamado entre los genios impresionistas y escritores románticos y prohibido en muchos países por sus efectos estimulantes.
Luego de pasear por ahí, y para los que deseen comprar cosas más exclusivas, por las calles Parízská y Na Príkope se encuentra el comercio "más moderno”, con importantes tiendas de ropa y marcas reconocidas en el mundo entero.

15:00
Para terminar con el apresurado paseo por "la ciudad de las cien cúpulas", vale la pena ir a la Petřínská rozhledna, una estructura en reticulado de 60 metros de altura que se encuentra sobre una colina en el barrio de Malá Strana y que tiene un notorio parecido a la Torre Eiffel. Para llegar a ella hay que tomar un funicular y caminar por un hermoso rosedal. Una vez en la cima, se tiene una vista privilegiada en panorámica de la ciudad de Praga. Todas sus torres, sus puentes, sus castillos y sus calles se pueden ver desde acá. Y uno se siente pequeño, maravillado y abrumado. A esa altura, lo más probable es que no quede espacio en la cámara para más fotos; un buen momento para decir adiós a una ciudad que difícilmente se quiere abandonar.

lunes, 23 de abril de 2007

PINILLA SUPERSTAR

Mauricio Pinilla, guste o no, es figura. Su imagen es sinónimo de venta garantizada y sus goles son un bien escaso, pero valioso. Cuesta a veces recordar que es un futbolista y no una caprichosa estrella de rock, pero evidentemente es un verdadero fenómeno. Por lo menos, él está seguro de ello.

Mauricio Pinilla lo tiene claro: no es un tipo cualquiera. Antes de que saliera de las duchas con su ceñida polera de marca, sus pantalones de mezclilla con cadenas colgando, su bolsón de cuero a cuadrillé y su pelo largo muy bien peinado, todos lo esperaban. Algunos niños habían faltado a clases sólo para ir a verlo y las cámaras, micrófonos y grabadoras aguardaban su salida. Habían pasado cuatro días desde su pelea en un entrenamiento con Eduardo Azargado, el preparador de arqueros del equipo, 48 horas desde sus primeros 30 minutos en una cancha vistiendo de nuevo la camiseta de Universidad de Chile, y poco menos de 24 desde su última aparición en un lugar público. Y como es de esperar en él, no había pasado desapercibido en ninguna de esas oportunidades. Es que Mauricio, con 23 años, se ha convertido en una carta ganadora; en un imán de publicidad; en el objetivo favorito de las filmadoras; en un sex symbol; en un gancho noticioso; en una esperanza de salvación; en un placer culpable. Y todo eso lo sabe… y le encanta.

-¿Quieren que hable? –pregunta tranquilamente al salir de los camarines, aunque sabe la respuesta.

-¡Sí, por favor!

Para él, las cámaras y la atención de todos no son algo nuevo. Desde que debutó en 2002 por el primer equipo de la “U”, los medios se volvieron locos con el chico del 15 en la espalda. Todo lo hacía distinguirse entre los demás: poseía una altura privilegiada para un delantero del medio chileno, un salto potente, un gran cabezazo, buena pinta, una soltura envidiable a la hora de enfrentarse a los periodistas, y raros peinados nuevos que nunca se desarmaban. Dentro o fuera del campo de juego, Mauricio Pinilla no se achicaba. Peleaba cada pelota que se le acercara y convertía goles de forma tan natural, que era apetecido por mujeres y clubes europeos cuando sólo llevaba un año como profesional y unas pocas fiestas en el cuerpo. Pero ya se comportaba como un grande, un consagrado. Con 17 años, tenía un contrato que le aseguraba el 30% de su pase avaluado en US$1.000.000 –aunque cuando se elevó a los 2,5 millones de euros, se redujo a un 16,6%– y se le comparaba con Marcelo Salas, su ídolo de la niñez. Cada cancha, escenario y pista de baile se hacían suyos cuando él estaba presente y todos disfrutaban al verlo. Pinigol era, y estaba convencido de ser, un fenómeno, una promesa; una verdadera figura.

Desde que era niño fue así. En su casa ya marcó la diferencia desde que nació: fue el único hijo hombre después de tres mujeres y lo mimaron como tal. Se sentía y era el rey de la casa. A los diez años ya tenía un Nintendo traído desde EE.UU. y una moto de cuatro ruedas. Cuando era más grande tuvo una sala de video, una mesa de pool, una casa con piscina y una pequeña cancha de fútbol en el patio. Además, su talento innato frente al arco rival lo hacía recibir el premio al goleador en cada campeonato que jugaba. De hecho, durante el año en que defendió la camiseta del club Magallanes sólo entrenó dos veces y salió premiado como el máximo artillero. Luego de eso, la “U” se lo llevó. En 15 días debutó con dos goles ante Colo Colo. Tenía 8 años, y desde entonces el paseo familiar de cada domingo fue ir a verlo adonde sea que Mauricio hiciera goles. Ricardo, su padre, cuenta que “con él fue como ganarme el Kino, la Polla y el Loto, todos los premios juntos”. Mauricio era la estrella de los Pinilla. Ya se empezaba a creer el cuento.

Mientras, todos le decían lo bueno que era, y a Mauricio eso le encantaba. En su casa, sus amigos, sus compañeros: todos loaban al muchacho de carácter fuerte y agrandado que hacía siempre lo que quería y llevaba las riendas de cada situación. Hasta el día de hoy es así. Gissella Gallardo, ex pareja de Mauricio, dice que “para ser su amigo hay que admirarlo. Le encanta que le digan todo el día lo seco que es y juntarse con pura gente que lo haga, y si no quieres hacer las cosas que él quiere hacer, chao, no eres más del grupo”. Todo eso hace que sea muy manipulador. Sebastián Morales es el mejor amigo de Mauricio desde los 7 años. Vive con él y le hace de todo: lo acompaña a los entrenamientos, le hace la cama, le cocina; a pesar de que Mauricio lo defina como “su perro faldero”.

Las filmadoras ya se apostaron en la sala de prensa del Caracol Azul y Mauricio Pinilla se sentó con sus piernas cruzadas detrás de los micrófonos y grabadoras, como quien se sienta en el living de su casa. “Cuando quieran”, les dice a los periodistas. Las preguntas comenzaron y sabía que serían sobre el último de sus grandes y famosos carretes. Su respuesta fue clara: “En mi día libre hago lo que se me pare el traste. Ojala que se empiecen a meter las cámaras en el culo, los hueones pesados”. Luego se paró y se fue. Taimado.

Antes de eso, todos esperaban que se subiera a su BMW gris plateado descapotable y se fuera sin decir nada. Pero él mismo se ofreció a hablar. En la noche saldría en las pantallas de Mega y dos días más tarde daría una entrevista sobre el tema a Lucho Jara. Para el concierto de Coldplay, Mauricio se fue justo por donde estaban los periodistas, sólo para que lo entrevistaran, y le ha dicho a su ex novia, Gissella, que vaya a programas de farándula para sólo hablar bien de él. Aunque diga que no es así, a Pinigol le es imposible resistirse a los encantos de una cámara.



Ídolo de exportación

39 partidos jugados, 20 goles, cientos de potes de crema, gel y shampoo, varias salidas con mujeres de la televisión y una imagen de metrosexual. Esas eran las cifras que se manejaban cuando el pase de Mauricio Pinilla, quien tenía 19 años, fue comprado por el Inter de Milán, de Italia. Antes de eso, muchas otras opciones de transferencia se habían visto frustradas. No había competido en ningún campeonato internacional y llevaba sólo un año jugando por el equipo titular de la Universidad de Chile, pero sentía que estaba listo. Se iría a hacer lo que él estaba seguro hace tiempo que cumpliría: jugar en Europa. Las esperanzas de todo el país estaban puestas sobre la promesa del fútbol nacional y las expectativas eran altísimas. Pinigol se sentía en las nubes, imparable: se había alzado hasta el sexto lugar del grupo de las 10 mejores transferencias de un chileno hacia el extranjero.

-El fútbol chileno me tiene apestado y quemé mi etapa en Chile -fue su frase de despedida.

Se esperaba que triunfara como Salas o Zamorano, pero no resultó como lo esperaba. Su paso por el viejo continente fue, más que nada, una seguidilla de escalas que no dejaron muy buenos recuerdos. Los primeros meses, Mauricio Pinilla se fue de préstamo al Chievo Verona, de la serie A italiana, y fue todo muy complicado. Sus padres se habían ofrecido a acompañarlo, pero él se negó y al hecho de que no manejaba el idioma y estaba solo, se le sumó lo poco y nada que jugó. Algunos dicen que incluso lloraba.

En enero de 2004 se fue al Celta de Vigo, donde tuvo unos inicios goleadores, pero no brilló. Pronto se trasladó al Sporting de Lisboa, donde le fue algo mejor. En Portugal jugó 19 partidos y convirtió cinco goles, recuperando de alguna manera la fama a la que se había acostumbrado en Chile. Quizás, el haber conocido a Gissella Gallardo y habérsela llevado a vivir con él, le ayudó a recuperar algo de su fútbol. Todos lo conocían y lo vitoreaban, pero eso se acabaría. Luego, tuvo un paso fugaz por el Racing de Santander, pero su mejor momento llegó en Escocia, en el Hearts, en la última oportunidad que se dio para triunfar en Europa después de un período de deambular sin equipo.

Al principio, fue todo maravilloso. El presidente del club lo pasaba a buscar para ir a los partidos y lo invitaba a comer, cosa que no hacía con ningún otro jugador. Además, jugaba. “Llegamos a Escocia y lo amaban –cuenta Gissella–. La hinchada le cantaba Pinigol, Pinigol y a él le encantaba. Después vino a Chile, a jugar por la selección, y se lesionó”. La “última oportunidad europea” de Mauricio se veía truncada.

A pesar de las malas campañas, atribuidas a lesiones, parrandas y depresión, Mauricio no era capaz de ir al supermercado porque no podía aceptar que la gente lo viera comprando. “Se sentía tan estrella que no podía ir al supermercado”, dice su ex novia. Además, su rutina de cada mañana era levantarse a tomar el desayuno que le preparaba su mujer, probarse la mejor de las tenidas e ir a entrenar. Es que el ambiente era el propicio para un eterno adicto a las boutiques y fanático de la facha como lo es Mauricio: los compañeros del Hearts competían por la ropa. Dolce & Gabana, Armani, Hugo Boss; cualquier prenda que no fuera de primera línea era colgada en la pizarra junto a una frase que molestara a su dueño. Joel Castañeda, un amigo de infancia de Mauricio, recuerda que “desde chico era súper fachero. Se preocupaba mucho por la pinta”, y la situación en Escocia era la excusa perfecta para salir y gastar en ropa: Mauricio jamás permitiría que su look y su estilo se pongan en cuestión.

Cada vez que venía a Chile, él se convertía en lo máximo, en el centro de atención de todas las miradas. A pesar de que sus actuaciones en tierras europeas no iban por buen camino, sus buenas presentaciones en la Selección de Juvenal Olmos, y posteriormente de Nelson Acosta, lo hacían asegurar que era “uno de los mejores jugadores de Chile”. Se sentía en su ambiente, en su hogar. Salir en todas las portadas de diarios y revistas, a carretes con incontables amigos y “amigas”, y recibir el acoso de todos los fanáticos a Mauricio le fascinaba. Una vez pensó en cambiar su BMW por un auto pequeño, normal. Probó por un tiempo con el auto de Gissella, pero no resultó. Extrañó las miradas y las detenciones por un autógrafo. No le gusta no ser reconocido.

Pero los meses sin jugar, las lesiones y la sequía de gol tendrían sus consecuencias. En enero de 2007 Mauricio llegaba a Chile junto a Gissella y su pequeña hija Agustina Paz. Ricardo Pinilla, su padre, cuenta que “se ha dicho que lo mandaron para acá, pero en Escocia no querían que se viniera. Le pedían por favor que se quedara, pero él no quiso”. La decisión de venir al país había surgido para tratar las recurrentes crisis de pánico y angustia que sufría Pinigol. Eso, y carretear.

El retorno de una estrella en crisis

Cuando los síntomas empezaron a manifestarse en Mauricio, Gissella se metió al mismo computador donde él revisa a diario todas las noticias relacionadas con los compañeros que ha tenido en cada club y las páginas de los mismos (así se siente en contacto con ellos). Lo que encontró en Internet era claro. “Transpiración en las manos, palpitaciones rápidas: salió crisis de ansiedad o de pánico”, recuerda. Cuando le dijo, él se puso como loco. No lo creía. Quizás, sentía que ninguna enfermedad podía tocarlo. Sólo después de un año fue al médico.

Taquicardias, sudor y unas ganas incontrolables de dejar el fútbol. Esto último no era extraño; Gissella cuenta que desde que lo conoció quería dejar el oficio, pero lo raro era que a eso se le sumaran los dos primeros síntomas. Al principio ocurría cada dos semanas. Luego, cada tres o cuatro meses. El alma de la fiesta se iba apagando. Después de los entrenamientos, Pinigol llegaba a acostarse y no salía de la cama en todo el día. El peor de sus ataques fue en junio de 2005, durante el matrimonio de la hermana de Gissella. Ese día, Mauricio estaba con muletas, ya que había sido operado por una lesión, y al ver a todos bailando y pasándolo bien solo desde una mesa, los síntomas volvieron. No podía respirar, taquicardia, sudor. Lo tuvieron que llevar a la casa, pero sólo empezó el tratamiento un año y medio después y en Chile.

Mauricio, ahora en el país, no era el único que estaba mal. A pesar de que no estaba entre sus planes pisar una cancha chilena, firmó contrato con la Universidad de Chile, club que, al igual que el jugador, está sumido en una de sus peores crisis. Actualmente, se encuentra en quiebra y atraviesa un proceso de licitación que tiene dos esperanzas de salvavidas: la primera es la conversión a sociedad anónima; Mauricio Pinilla cree ser la segunda. Eso ha pasado en cada uno de los clubes en que ha estado: Pinigol se convence de que es el salvador y en este caso se hizo mucho más difícil, ya que, como fue una decisión tan improvisada, el pase se demoró en llegar desde Milán. Pero finalmente arribó, la hinchada azul volvió a gritar Pinigol, Pinigol y la prensa de farándula se reencontró con su hijo pródigo, su blanco preferido.

Mauricio ha aprovechado esta vuelta a casa, aunque sólo sea momentánea. Desde que llegó ha vuelto a sonreír, ha avanzado en su tratamiento, le ha reaparecido el alma fiestera y sólo ha tenido una crisis de pánico después de un fin de semana de parranda, poker y ron en Rapel. Pero también le ha jugado en contra. Hace un mes, y después de una semana con sus amigos entre Viña del Mar y Buenos Aires, se separó de Gissella, los famosos programas de opinología lo empezaron a seguir con cámaras escondidas y el acoso mediático se le escapó, definitivamente, de las manos. Y todo esto a pesar de que Mauricio Pinilla es uno de sus más fieles auditores.

Los entrenamientos son una cosa normal. Dentro del plantel ya se acostumbraron a que Mauricio Pinilla es Mauricio Pinilla y a lo que eso conlleva. Waldo Ponce, compañero de equipo, dice que “la relación de Mauricio con sus compañeros es muy buena. Con el tema de la farándula, él ha manejado bien la cosa en el sentido de que mantiene la distancia entre las cosas del grupo y su vida privada”. Mientras, las cámaras deportivas apuntan a los jugadores entrenando en tanto esperan a Pinigol, y Felipe Avello, uno de los noteros más reconocidos dentro de la televisión farandulera, aguarda afuera del Caracol Azul a que salga el BMW de Mauricio para preguntarle si se ha tomado o no un par de cervezas y si ha salido con alguna modelo. La verdad, ¿a quién le importa?

Muchos dicen que cambió, que creció, que las experiencias en Europa y el nacimiento de su hija lo hicieron madurar. Otros que no, que es el mismo Mauro de siempre, que sigue carreteando de la misma manera que lo ha caracterizado y que lo va a seguir haciendo. El Dr. René Orozco dice simplemente que “hay que internarlo”. Suele conducir su BMW a 200 km/h, a pesar de tener su licencia vencida hace dos meses, y hacer cara pálida a los autos que van al lado cuando va en la carretera, pero cuando redebutó por Universidad de Chile, ante Ñublense, casi anotó un gol al minuto de haber ingresado al campo de juego. En su segundo partido, el domingo pasado, anotó el empate ante Palestino. Todos están de acuerdo en que le falta fútbol, pero ahora es el momento de dejarlo jugar. Negar que tiene talento es insensato y esperar a que recupere su nivel es cosa de tiempo. Mauricio Pinilla sabe –o por lo menos cree– que es capaz de todo. Ricardo, su padre, dice que “está obligado a demostrar que es el mejor”. Y puede ser que lo haga. Lo que es seguro es que las cámaras estarán ahí para registrarlo. Y que Mauricio no les hará el quite, sino que correrá a buscarlas. Como todo un superstar.

viernes, 30 de marzo de 2007

LA QUIETA CIUDAD DE ELIÁN GONZÁLEZ

Desde que la Revolución triunfó en Cuba, los relojes de Cárdenas parecieron detenerse. El crecimiento que había tenido la ciudad se paralizó y se mantuvo hasta que un pequeño balsero, en el año 2000, logró posar los ojos del mundo en la vieja y acabada ciudad-puerto. Hoy, Cárdenas es el hogar de museos, monumentos, plazas y un pequeño héroe; se ha convertido en el punto final del peregrinaje para ver a Elián.

Elián González tenía sólo 5 años y lo más probable es que no entendiera lo que pasaba. Su madre lo había tomado y subido a una balsa, junto a otras 12 personas, rumbo a Miami. Sólo tres llegaron a la costa norteamericana, uno de ellos fue Elián. Su mamá y el resto murieron en el camino. Era noviembre de 1999 y en torno a él se empezaba a gestar una de las más grandes disputas de los últimos años entre Cuba y Estados Unidos. Su padre, Juan Miguel, con el apoyo del Gobierno y pueblo cubano, inició un proceso que movió masas y desvió la mirada de todo el mundo hacia el pequeño y lo que pasaba a su alrededor. Se había convertido en el niño símbolo del eterno conflicto entre la isla comunista y el poderoso país del tío Sam. Después de siete meses de peleas cruzadas y gestiones políticas y judiciales, Elián regresó a Cárdenas, su ciudad natal, y lo hizo como un verdadero héroe.
Desde ese día nada fue igual en la tranquila ciudad ubicada a 40 kilómetros del principal centro turístico de Cuba, Varadero. Durante los meses que había durado la disputa por el niño, Cárdenas había saltado a la palestra. Ya no era la prominente urbe portuaria que había sido antes del triunfo de la Revolución y mucho menos un importante centro urbano, pero el arribo del pequeño gran héroe significó, según muchos, un renacer para la ciudad. Todos querían ver de nuevo a Elián jugar con sus amigos, estudiar en su pequeña escuela y vivir junto a su padre. Hoy tiene 13 años y su vida ha tomado un curso normal. Aunque, quizás, no tanto.
Cárdenas es conocida también como la “ciudad bandera”, ya que en ella fue donde se izó por primera vez el símbolo patrio cubano. Fue el 19 de mayo de 1850, pero esa es una fecha que en Cárdenas no representa mucho. En cambio, la principal celebración de la ciudad es el 6 de diciembre. Ese día, todas las escuelas se encuentran en fiesta. Las estrechas calles se llenan de gente con banderas en sus manos e incluso Fidel Castro en persona –si la salud se lo permite– llega a ser parte de las festividades. Ese día es el cumpleaños de Elián González.
Sin embargo, la llegada de Elián no significó sólo un renacer en torno a su figura. Cárdenas tiene historia, museos y monumentos que comenzaron a ser visitados como parte de la peregrinación hacia la ciudad de Elián. Es un pequeño centro provinciano al que, entre bicicletas y carretas tiradas por caballos, le resulta imposible escapar al viejo cliché que surge al visitar Cuba: en Cárdenas el tiempo se ha detenido.

El respiradero de Matanzas
El ingreso a la ciudad anticipa una de sus principales características. A Cárdenas también se le conoce como la “ciudad de los monumentos”. Poco antes del cementerio local –que al igual que en muchas otras urbes cubanas se encuentra en la entrada–, una gran escultura con forma de cangrejo da la bienvenida a los visitantes. Y no es por nada. Durante la época de lluvias los crustáceos invaden la ciudad. Salen desde las playas y los montes y su captura se hace fácil. Con ellos se prepara el plato típico cardenense, el enchilao. Primero se cuece el cangrejo. Luego, se abre y se le extrae su manteca. Después, su carne cocida es bañada con distintas especias, salsa de tomate, cebollas y harto picante. El plato, que se puede cocinar con pescado o langosta y se acompaña con arroz blanco, frijoles negros y papa, es el destino final de los visitantes sibaritas.
Poco más al interior de Cárdenas, las calles son pequeñas. Los cables de electricidad se entrelazan como telarañas y bajo ellos las bicicletas y las carretas dominan los caminos. Y también tienen sus respectivos monumentos. Al del cangrejo se le suman, repartidos por la ciudad, los de la bicicleta, de la carreta, de las madres, de los distintos héroes de la Revolución y el de la nariz. Este último se encuentra casi a la salida de la ciudad, sobre la calle Calzada, y se erigió debido a que al final de la vía, casi al extremo sur de Cárdenas, hay un complejo habitacional que se conoce como “el Pulmón”. De ahí surge la broma de que los habitantes de Varadero y Santa Marta sean conocidos como los mocos de la provincia de Matanzas.
Además, están las estatuas de José Martí, considerado el padre de la patria, y de Elián González, aunque estos no se encuentran en las calles, sino que están encerradas en un viejo y muy bien mantenido edificio amarillo, el Museo de la Batalla de Ideas.

El gran museo de Cárdenas
Una de las principales atracciones de Cárdenas es el museo Oscar María de Rojas, una enorme construcción colonial de color rosado y blanco que sirvió en sus inicios de casa consistorial y, durante gran parte de los siglos XIX y XX, como ayuntamiento municipal. Hoy se encuentra en la plaza José Antonio Echeverría, donde hay una efigie en honor al revolucionario cardenense que en 1957 logró tomarse la emisora radial CMQ en la capital para anunciar la falsa muerte de Batista. Horas después sería fusilado en la Universidad de La Habana. Elián González es el último, pero no el único héroe de Cárdenas.
Ya desde los primeros años del 1900, el palacio cuadrado que en su frontis cuenta con una serie de arcos y un reloj detenido en su parte más alta, se empezaba a convertir en museo, pero no se consolidaría hasta la década del ’60. Con el triunfo de la Revolución, los cardenenses se reunieron y donaron todo tipo de artículos del interés más general.
El recorrido guiado por la exhibición dura alrededor de una hora. En las salas desplazadas alrededor del patio central, se puede encontrar una interesante mezcla de lo que hay en cualquier museo. Retratos y bustos de personajes históricos, una antigua e incolora bandera de Cuba, ilustraciones de artistas alemanes, documentos y cuadros de momentos importantes en la historia cubana y de otros que a nadie le importan. Además, hay colecciones de artículos pertenecientes a Martí, de máquinas utilizadas para la tortura de esclavos, de objetos arqueológicos del extinto pueblo precolombino de los Tainos, de espadas y armas de fuego de todo el mundo, de fotos de distintos períodos de la historia de Cárdenas, de campanas, de aves y reptiles disecados, de esqueletos humanos con deformaciones y patologías óseas, de escarabajos, de mariposas, de botones y una leona que escapó de un circo hace algunos años y que fue embalsamada y parece, más bien, un peluche viejo y descuidado; todo mezclado en las distintas salas que conforman uno de los más completos museos de Cuba.

Las dos casas de Elián
El viejo edificio amarillo de tres pisos, en medio de casas despintadas, no pasa desapercibido. Está justo al frente de la plaza José Antonio Echeverría y en su parte más alta dice “Cuartel de bomberos, 1872”. Pero no hay ningún carro bomba en su interior. Desde hace cinco años que la construcción es uno de los lugares más visitados de Cárdenas. Pocos lo conocen por su verdadero nombre, el Museo de la Batalla de Ideas. Sin embargo, todos lo apuntan cuando se pregunta por el Museo de Elián.
La bienvenida la da la enorme escultura de Martí con un niño en brazos. A su derecha, hay una sala con fotos y frases que introducen al tema central del recinto: el conflicto cubano-norteamericano; a la izquierda, el salón que todos quieren ver, el más grande y famoso, el salón de Elián González.
Recién al ingresar al aula uno puede figurar la real importancia de Elián. Lo primero que se ve es una escultura de tres metros en la que sale el infante caminando sobre varios brazos que se alzan para sostenerlo. En su mano derecha tiene una figura de Superman que parece querer lanzar lejos mientras una bandera cubana lo abraza.
Cubriendo las cuatro paredes de la sala hay paneles con extractos de discursos y coloridas imágenes del movimiento que unió a miles de cubanos bajo la arenga “Salven a Elián”. Hay también una maqueta del Tribunal Antiimperialismo de La Habana, dos poleras del pescador que lo rescató, cuadernos de sus compañeros de curso, una cruz otorgada por una religiosa a su familia, los reconocimientos que recibió su padre y las ramas que un grupo de indios Sioux usó en un ritual junto a él cuando el niño aún se encontraba en Estados Unidos. Todos los recursos eran válidos para recuperarlo y lo que quedara de eso, digno de ser preservado.
El pequeño museo se encuentra sólo en el primer piso. El resto de la construcción es utilizada como centro cultural. Cuenta con una biblioteca pública, salas donde se imparten clases y un patio interior donde se realizan diversas actividades culturales en las que participa, incluso, el mismo Elián.
Unas cuadras más hacia el interior, se encuentra una pequeña casa que no resalta entre las demás, pero es distinta. Está justo al frente del monumento a la bicicleta, es de color crema con pilares café, tiene sólo un piso y en el frontis hay un columpio blanco, signos de la presencia de mascotas y un hombre que vigila cada movimiento que ocurre alrededor. Es uno de los tres guardaespaldas que siguen a Elián día y noche y si ve a alguien tomando alguna foto de la vivienda, simplemente, requisa la cámara. Es que Elián se ha convertido en uno de los héroes en vida que aún quedan en la isla y hay que cuidarlo cueste lo que cueste.

Las ruinas del Espigón
Cárdenas está fuertemente ligada al turismo, aunque de manera indirecta. No cuenta con hospedajes para turistas, pero es donde vive un gran porcentaje de los trabajadores de Varadero. Sus calles, en su mayoría angostas, están copadas de gente en bicicleta y carretas que van lentamente de un lado a otro.
Frente a la enorme iglesia de la Inmaculada Concepción está una de las pocas estatuas que existen de Cristóbal Colón y la primera que se construyó al almirante en toda América. De ahí el nombre de la plaza: Plaza Colón, donde el templo, que actualmente está siendo restaurado, es la construcción más imponente. Es de piedra y antiquísimo. Por ahora, sus enormes y pesadas puertas de madera se encuentra cerradas y la religión católica, que según los cubanos es minoritaria, se expresa en pequeñas iglesias repartidas en la ciudad.
Al final de la calle sobre la que está la pequeña casa de Elián, se encuentra el que fuera hace muchos años un fructífero puerto. Antes del triunfo de la Revolución, al Espigón, llegaban embarcaciones de gran calado cargando especies de todas partes del mundo y a buscar las que Cuba tenía para ofrecer. Junto a él había una gran cantidad de casas comerciales y la antigua fábrica de Havana Club, el principal ron de Cuba.
Actualmente, el Espigón es un conjunto de ruinas abandonadas. Frente a él hay un enorme mástil. Es el monumento a la bandera. Muy rara vez se iza la bandera, pero cuando flamea, es enorme. Según cuentan, incluso puede ser vista desde Varadero.
Las casas comerciales cerraron con el triunfo de la Revolución. Ahora son sólo enormes galpones destruidos y abandonados, y la vieja fábrica de Havana Club, con sus enormes chimeneas e instalaciones a medio derrumbar, aún funciona como fábrica de ron y caramelos a base de melaza de caña, aunque a pequeña escala.
Hoy Cárdenas, al igual que muchas otras ciudades de Cuba, está despintada, a medio derrumbar y con espacios que lentamente se están recuperando. Sólo basta con darse el tiempo de recorrer y descubrir los sitios que esconde la ciudad del pequeño gran héroe de la Revolución, el santuario de Elián González.

Publicado originalmente en Qué Pasa (30/03/ 2007)