miércoles, 21 de diciembre de 2005

CARMEN GLORIA QUINTANA: “ME ASUSTARÍA MUCHO UN GOBIERNO DE PIÑERA”

Ella fue, según Lemebel, “la cara en llamas de la dictadura”, uno de los rostros insignes de las violaciones a los derechos humanos cometidos bajo el gobierno de Pinochet. Sobrevivió a las quemaduras inflingidas por una patrulla militar el ’86, pero no está dispuesta a vivir bajo un gobierno de derecha nuevamente. Pensar en Piñera le hace recordar a Fernández, a Cuadra y a muchos otros “personajes siniestros en dictadura” que no está dispuesta a volver a ver en el poder. Prefiere a Bachelet porque los otros les dan miedo.

El 02 de julio del ’86 fue un día que marcó a Carmen Gloria Quintana. En el Paro Nacional de actividades fue detenida y quemada viva, junto a Rodrigo Rojas Denegri, por una patrulla militar. Rodrigo murió. A pesar de todas las pruebas, Clara Szcaranski declaró en el CDE que ella había sido la que se había quemado “accidentalmente” y su victimario, el teniente Fernández Dittus –que sería después premiado con el rango de capitán- sólo cumplió 600 días de condena. Hoy, 19 años después, ella teme que Sebastián Piñera llegue a La Moneda junto a todos los personajes que avalaron la dictadura de la que ella fue víctima directa. Por eso ha formado, junto a dirigentes estudiantiles de los ’80, una agrupación que apoyará a Bachelet hasta las últimas y que luchará, de la misma forma en que luchó contra la dictadura de Pinochet, para que un gobierno de derecha no llegue nuevamente a imponerse sobre el pueblo chileno.

¿Por quién votaste en la primera vuelta y por qué?

La primera vuelta voté por Michelle Bachelet, porque ella representa valores que yo sustento y el ideal de sociedad que yo también espero vivir y también para mis hijos.

¿Crees que la postura que tuvo el CDE de Szcaranski con respecto a ti y a otras víctimas de torturas va a cambiar en algún sentido con la entrada de Carlos Mackenney?

El currículo de Carlos Mackenney no lo conozco mucho, así que no te podría contestar como a cabalidad, pero más que con una persona, tiene que ver con decisiones políticas que se toman a un nivel más estatal, de gobierno. Creo que quizás, uno de los errores de los gobiernos anteriores de la Concertación fue no comprometerse con lo que los informes Rettig y Valech sugirieron y recomendaron en términos de reparación tanto moral como material de las víctimas. En ese sentido, creo que el CDE, en vez de apoyar esas medidas, actuó en contra y eso fue una afrenta muy fuerte para todas las víctimas, especialmente para las que pusimos muchas esperanzas de que en esta época se reparara sobre todo lo que tiene que ver con la dignidad de las personas. Por eso, espero que con un gobierno de la Michelle esto se vaya por buen camino.

¿Por qué estás apoyando la candidatura de Michelle Bachelet en la segunda vuelta?

Bueno, estamos formando un movimiento que se llama “Generación de los ‘80”, que apoya a Michelle Bachelet, y en el que somos todos los jóvenes universitarios y pobladores de esa época y que luchamos con toda el alma contra la dictadura para recuperar la democracia. Yo creo que después de todos estos años de democracia estamos muchos mejor de lo que fue la dictadura. Sin duda queda mucho por hacer, sobre todo lo que tiene que ver con justicia social, con educación y salud, pero pienso que vamos bien encaminados y siento que hay que profundizar varias cosas, y es la Concertación la alianza que mejor lo puede hacer.

¿Qué expectativas de avances en materia de DDHH crees que un gobierno de Bachelet va a tener, a diferencia de los otros gobiernos de la Concertación?

Creo que Michelle Bachelet, como víctima de las violaciones a los DDHH directa y como persona que ha sabido salir adelante a pesar de toda su historia, yo siento que es super cercana en ese sentido a la historia mía y la de muchas otras víctimas de la dictadura. Yo creo que ella va a tener mucha más sensibilidad, va a tener mucho más criterio a la hora de decidir por las grandes políticas que tienen que ver con esos temas. Su aporte en el ejército habló un poco de eso. Desde que Michelle Bachelet fue ministra de defensa el ejército dejó de ser un actor político. En ese sentido, Michelle Bachelet aportó mucho en el ejército y éste se ha ido reconciliando poco a poco con el pueblo. Yo entiendo que falta mucho, que todavía tienen que dar toda la información que ellos tienen sobre los detenidos desaparecidos, pero Michelle Bachelet fue un gran aporte en ese sentido en el Ministerio de Defensa.

¿Confías en que un gobierno de Bachelet terminaría con la “marginación del proyecto político” que han sufrido las víctimas de torturas durante los 16 años de la Concertación?

El gobierno de Eduardo Frei pecó de querer hacer un gobierno muy autista y muy alejado del pueblo, entonces en ese sentido, en esa época, yo sentía que el tema de DDHH había quedado completamente fuera del discurso oficial. Pero se retomó en el gobierno de Lagos al hacer el informe Valech, al hacer la Comisión de Tortura, al enjuiciar a Pinochet, cosa que yo creía impensable y creo q ha sido un gran avance. Yo creo que con Lagos se retomó el tema y en él me he sentido u poco más participe, aunque no a cabalidad, porque uno de los grandes problemas de la Concertación es que se ha alejado un poco de las personas. Yo creo que el liderazgo de Michelle Bachelet se ha caracterizado por ser cercano, ser cálido, lo que en la sociedad actual necesitamos, o sea, necesitamos liderazgos que tengan que ver con las necesidades de las personas en estos tiempos de tanta rapidez, de tanta globalización, donde las personas nos sentimos cada vez más solas. Entonces yo creo que Michelle Bachelet representa justamente eso; la vuelta a los valores, la vuelta a un montón de símbolos que ella representa.

¿Qué dirigentes o ex dirigentes de izquierda se suman al proyecto de Bachelet, difiriendo a la posición de Hirsch de mantener un voto nulo?

Sé de algunos. El Cristián Berríos, por ejemplo, que era dirigente de la Usach cuando yo estaba, y sabes que no me acuerdo mucho de los todos los nombres de la gente que forma parte de este movimiento del ’80, pero según lo que él me dijo, que era toda la federación, que eran puros dirigentes estudiantiles de la época de los ‘80.

Más allá de todo esto, ¿te gusta Bachelet como candidata?

Sí, bueno. Yo voté por Bachelet y nuevamente voy a hacerlo, porque creo que es una persona que tiene todas las características para ser una buena presidenta, representa valores que yo sustento, que tienen que ver con hacer un gobierno en democracia, en participación, hacer más énfasis en todos los problemas sociales –en Chile hemos ido avanzando pero todavía no son suficientes-, y el tema valórico, o sea, yo creo que con Michelle vamos a volver a valores que esta sociedad ha ido perdiendo.

¿Confías en ella?

Sí, confío mucho en ella y, sobre todo, no confío en Piñera. Yo creo que con Piñera va a ser una regresión para nuestro país si él saliera presidente, en términos de la sociedad que él quiere imponer.

¿En la gente que la rodea?

Sí, yo confío en la gente que rodea a Bachelet. Espero que ella se rodee de buenas personas que la asistan en su proyecto y colaboren con el programa de gobierno que ella está sustentando.

¿Confiabas en Lagos el ’99 de la misma forma en que hoy lo haces con Bachelet?

Sí. Voté las dos veces por él.

¿En quién desconfías más en un futuro gobierno de la Concertación?

¿En quién desconfiaría? Es como difícil esa pregunta…

Entonces, ¿qué miedo podría traerte un nuevo gobierno de la Concertación?

Bueno, yo creo que cuando uno ha vivido experiencias traumáticas, así como vivir dictaduras con Pinochet, la Concertación no me asusta. Lo que sí me asustaría sería un gobierno de Piñera, porque Piñera se llena la boca porque votó por NO, pero nunca participó en ninguna participación social contra Pinochet, nunca se mojó el potito contra la dictadura, más bien hizo dinero durante esa época, especulando en la bolsa. Yo creo que me asustaría mucho un gobierno de él, sobre todo si pienso que la UDI está en alianza con él. Pienso en Fernández, pienso en Cuadra, pienso en Diez, en Jarpa, que eran personajes siniestros en dictadura, entonces eso me asusta mucho y me revive toda la experiencia traumática que viví yo como persona y que vivió el país entero.

¿La razón es sólo detener a la derecha?

Yo no diría que esa es mi inspiración principal, mi voto por Bachelet es por ella, por su proyecto y por el proyecto de gobierno de la Concertación y por supuesto, en parte, para impedir que llegue la derecha al gobierno, una derecha que no ha hecho un mea culpa de lo que sucedió, que no pidió disculpas o perdón a nadie, que es soberbia, que jamás ha reconocido sus faltas. Yo creo que es una derecha muy inmadura y que le falta todavía creer en la democracia, y eso da cuenta ahora de que sean incapaces de votar por el sistema pluralista de votación. Eso ya habla de la inmadurez y la falta de espíritu democrático, de no creer en el pueblo, y todo lo que ofrecen es asqueroso, o sea, escucharlos de esa manera paternalista ofreciéndole a la gente cosas es asqueroso. Yo creo que lo que el país necesita es que crean en la gente, que dejemos de ser paternalistas y esa cuestión es típica de la derecha. Las personas necesitan que se confíe en ellas, que haya leyes laborales claras que los apoyen, los sustenten, y los ayuden a tener sueldos dignos.

¿Qué es lo que más te aterra de un eventual triunfo de Sebastián Piñera?

Eso, po. Que cada vez los trabajadores sean más explotados, que cada vez pierdan más derechos laborales. Tenemos que la derecha implantó los dos sistemas más aberrantes que hay en la actualidad, que son el sistema de las AFP’s y las Isapres, eso fue idea de la derecha, entonces esas dos ideas muestran hoy lo que sería un gobierno de derecha. Entonces, en ese sentido, basta con que la gente piense un poco nomás en qué es lo que al país le conviene. Para Piñera ha sido fácil vestirse de oveja y cambiarse de color como camaleón, pero en el fondo está claro lo que él representa y lo que representa la gente que a él lo acompaña. Basta estudiar un poco la historia y todo lo que ha pasado con el sistema de AFP’s, Isapres, etc. Y lo que hizo Pinochet con la educación, todo un desastre que le ha costado un mundo a la Concertación sacar ese tema adelante. Salud y educación.

Esta entrevista fue la primera que publiqué en un medio de comunicación.Fue realizada poco después de la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2005 y se publicó en "El Otro", un periódico editado y realizado por el equipo de The Clinic.

domingo, 11 de diciembre de 2005

FUERA DE LAS URNAS

Los candidatos no fueron los únicos protagonistas el domingo pasado. También estuvo la gente, los votantes, los militares, los niños y los perros. El 11 de diciembre no sólo tuvo votos, sino que fuera de las mesas y de las urnas pasaron muchas cosas y personas, que son el lado B de las elecciones.

El Estadio Nacional parecía una fiesta familiar. Quizás, una fiesta navideña de esas en que ni el más viejo de los abuelos, o el más joven de los niños, puede faltar. Incluso, en muchos casos, hasta el perro había sido invitado. Pero no había regalos, tampoco árboles adornados con luces y objetos brillantes. Lo más cercano a un Viejo Pascuero era un hombre de barba larga y canosa vestido con una camisa a cuadros y unos pantalones caqui que bajo la sombra de un árbol bebía agua mineral para mitigar –si es que se podía– el excesivo calor. No se acercaba para nada a la imagen del viejito tierno y colorado de las latas de Coca Cola: era moreno, mucho más delgado y chileno. Era domingo 11 de diciembre y la versión mestiza de Papa Noel había ido a votar y tenía su pulgar derecho manchado con tinta.

El chileno no es homogéneo y en el principal centro de votación de Santiago se notaba: hombres con suspensores escoceses que afirmaban unos pantalones que llegaban casi hasta su pecho, mujeres regordetas con vestidos sueltos y sombrillas o abanicos que refrescaban un poco sus rostros colorados y sudorosos, chiquillas con faldas cortas, poleras escotadas y buenas tetas y muchachos con pelo largo, pelo corto e, incluso, sin pelo. También había militares que caminaban por la calle respondiendo las preguntas que la gente les hacía, ancianos –casi todos con sobrero– que dificultosamente se movían entre la gente apoyados en sus bastones, personas en bicicleta, niños con caras de aburridos, perros con la lengua afuera, mujeres embarazadas, personas en sillas de ruedas, abuelitos con andadores y tanques de oxígeno, una mujer cuyos dientes parecían querer escapar de su boca -y en distintas direcciones- y un enano que se paseaba escuchando walkman; chilenos comunes y corrientes, gente normal.

El calor era insoportable y a los heladeros y a los que vendían bebidas, siempre oportunistas, la temperatura les cayó como un regalo del cielo. Gran parte de los votantes andaba con un helado en la boca o una botella con algún líquido bien frío en la mano. A más de un niño se le cayó el helado cuando lo abría y más de un padre, al verlo, lanzó al aire un “Che’ suma...”. A veces, un viento más o menos fresco se ponía a correr entre las personas. Sí, refrescaba un poco, pero tenía algo malo: el polvo viajaba con él y se dirigía, sin remordimiento o permiso alguno, hasta el lugar más desagradable al que puede llegar, los ojos.

Los periodistas corrían de un lado a otro con sus micrófonos, sus cámaras, sus cables y sus grabadoras. Cuando llegaba alguna figura como Soledad Alvear (DC), candidata al Senado por Santiago Oriente, o el alcalde de Ñuñoa, Pedro Sabat, se aglutinaban a su alrededor para acosarlos con preguntas con respecto a las elecciones y al proceso que ese día domingo se llevaba a cabo en todo el país. La gente hacía lo mismo, pero no formulaba preguntas. Sólo se quedaba ahí, viendo, y en algunas ocasiones, saludando a las cámaras. De entre la gente, cuando estaba el edil ñuñoíno hablando con la prensa, salió una mujer para quejarse porque cada vez que quiere hacerle llegar al alcalde sus molestias, no lo consigue. Se le escaparon unas lágrimas y Sabat le dijo, con una cara colorada de ira, “Pare de lloriquear y vaya al cuarto piso de la alcaldía”, mientras Juan Guillermo Vivados saludaba y sonreía como lo hacía en todas las fotos que habían estado en las calles hasta dos días antes.

En el momento en que la intendenta local, Ximena Rincón, llegó junto al General Patricio Cartoni, jefe de plaza de la Región Metropolitana, la prensa hizo lo mismo. Se les abalanzó y los agobió con preguntas con respecto al proceso que terminaría por cambiar al ocupante de La Moneda, algunos cupos en el Senado y a los diputados. La gente tampoco cambió el hábito y se acercó. Por atrás un hombre medio canoso, con una colita en el pelo y con una camisa entreabierta en el pecho, que dejaba ver una cadena dorada, arrojó un “Puta, que está rica la intendenta”. Y encontró aprobación a su alrededor.


LA PRECIOSA SEGURIDAD

Entre la gente ella destacaba. Se movía casi exclusivamente por la calle que bordea el Estadio Nacional. Nunca se metía entre las filas de la gente que hacía cola bajo el calor abrasador para sufragar en las mesas de votación. Cuando no estaba caminando, mirando atentamente de un lado a otro, se encontraba parada, quieta, y a veces, sonriendo. La visera de su gorro le hacía sombra en la parte superior de su cara, pero sus ojos verdes no se perdían. Seguían mirando a la gente que pasaba frenéticamente por la calle y a la que se encontraba hace minutos o incluso horas esperando para marcar solamente tres líneas sobre tres papeletas distintas: la amarilla para el presidente, la celeste para los senadores y la blanca para los diputados. Y esa rubia seguía ahí.

Su tez era blanca y sus labios finos y rosados. Su voz era tierna y su sonrisa linda, de esas que mezclan perfectamente el nerviosismo con el coqueteo. Sus manos, sus brazos y su rostro eran de facciones muy finas, delgadas, estilizadamente delicadas. Pero eso no era lo que más llamaba la atención en ella. Era su vestimenta. Su cinturón era verde y ancho, y estaba puesto por sobre su blusa. Ésta también era verde, aunque en distintos tonos y matices, y sus pantalones tenían el mismo diseño. Sus pies estaban cubiertos hasta las pantorrillas con un par de botas negras, que no eran de lo más apropiadas para el calor que hacía ese día en la capital. En ambas solapas de su blusa había una estrella y bajo ellas, sobre su pecho, dos parches con letras bordadas. El de su izquierda decía Ejército de Chile, el de la derecha decía su apellido: Del Solar.
–No tengo autorización para dar entrevistas -dijo la soldada cuando me acerqué a ella–. Si quiere una entrevista tiene que hablar con el mayor a cargo.

–Pero no es sobre las elecciones, sino que es otra cosa. The Clinic te acaba de elegir la militar más linda de las que están acá– le respondí.

Su cara blanca se tornó rápidamente hacia un tono más róseo. Sus labios rosados y brillantes esbozaron una sonrisa tierna y nerviosa mientras su gorro, que no por casualidad tenía el mismo diseño que el resto de su vestimenta, seguía haciéndole sombra en la parte superior del rostro. Por su espalda colgaba su cabello rubio, desde una cola muy bien amarrada con un collet negro. Mientras le hablaba, los hombres que pasaban a nuestro lado la quedaban mirando como si no creyeran que una uniformada podía ser así de bella. Al mismo tiempo, un fotógrafo con su cámara, de esas profesionales que tienen un zoom que necesita un bolso especial, no paraba de enfocarla y de capturarla en varias imágenes.

-¿Y esto saldría en The Clinic?– me preguntó la soldada Del Solar.

–Si me das la entrevista– le respondí.

–Tengo que preguntar, porque no tengo autorización para responder entrevistas.

De su bolsillo sacó un celular pequeño, polifónico. Marcó y se alejó unos pasos para hablar con su superior. Luego se acercó, con sus mejillas aún coloradas, y me explicó que no le habían dado la autorización para responder. Pero su sonrisa no se había borrado.

–No te puedo contestar. Además, te tengo que dejar porque me mandaron a tomar otra posición, pero gracias de todas formas– dijo antes de irse rápidamente a obedecer una orden.


La siesta de San Martín
La gente seguía moviéndose frenética de un lado hacia otro y Rolando San Martín se dedicaba a descansar. Justo al lado de donde estaban ubicados los voluntarios de la Cruz Roja, bajo la sombra de un árbol, San Martín se había acurrucado en el pasto. Su cara no se veía, pues sus manos la cubrían. Sólo se le veía la cabellera canosa. En su muñeca tenía un reloj de correa metálica. Vestía una polera tipo polo verde, unos pantalones beige, afirmados por un cinturón café, y unos zapatos café claro que se contrastaban con sus calcetas color marrón oscuro. Hace una hora que terminó con el trámite electoral y en vez de irse a su casa, prefirió quedarse. Encontró un lugar cómodo en el que podía descansar. El único requisito para lograrlo era obviar la presencia de la enorme cantidad de personas que se paseaban a sólo unos pocos pasos de donde él dormía una siesta. No le costó mucho.

El hombre que dormía tan placidamente en el pasto mientras la gente que estaba haciendo la cola para votar tenía caras de desgano, cansancio, resignación, enojo o, simplemente, de sueño, es separado, tiene tres hijos, pero a diferencia de muchas otras personas, había ido solo a sufragar. Cualquier otro sujeto que haya tenido la posibilidad, como Rolando San Martín, de irse a su casa después de haber terminado todo el proceso que significa votar, la hubiese aprovechado. A esa hora, un día domingo, y con ese calor, la cama propia es mejor que cualquier césped.

Cuando despertó, San Martín, de 55 años –el martes 13 cumpliría 56– sacó de uno de sus bolsillos un cigarrillo Derby corriente y se lo empezó a fumar sentado en donde mismo estaba acostado. Según él, estaba descansando porque sufrió un ataque cardiovascular que le “afectó el lado derecho”. Pero no fue ese día, sino que el accidente que el domingo lo hacía dormir tirado sobre el pasto del Estadio Nacional había pasado hace 33 años.

Cuando era joven, antes del ’72, Rolando San Martín andaba en moto. Le encantaba andar y arreglar las motos de él y sus amigos. Una vez, cuando él tomaba un café con leche, llegó uno de sus compañeros para que le viera la máquina, ya que le estaba fallando. Él recuerda que dejó la taza con el café a medio tomar y salió a probar el vehículo de su amigo. Le encontró la falla, y cuando volvió le dijo “mira, esto es lo que está fallando”. Fue ahí cuando, de la nada, y según San Martín recuerda, cayó. Dice, además, que estuvo casi tres meses en neurocirugía; todo con una voz suave, casi infantil, mientras el Derby se le consume entre sus dedos.
Rolando San Martín jamás volvió a andar en moto. Hoy tiene una camioneta.
Un Pincheira que vota por Dios
“Ahí llegaron los asesinos, los malditos Pincheira”. Miguel Molina dice que así le gritan a él y su familia en la población Rosita Renard, y le molesta. Dice que fastidian a sus niños, a sus nietos y a toda su descendencia y agrega que “los niños pueden ser muy crueles”. No le gusta que le hagan mala fama a su nombre y culpa al Estado por ello.

Miguel se pasea por la calle del Estadio Nacional junto a su mujer, un hijo y un nieto, y no pasa piola. De hecho, apenas entra al recinto electoral, un camarógrafo corre hasta él y lo enfoca. Molina, con su chupalla negra, su poncho huaso a líneas y sus anteojos de sol, se pone a bailar cueca. Es el único que ha ido vestido así en toda la jornada y el único que es capaz de ponerse a bailar bajo el calor insoportable. Sí, había también personas con chupallas de mimbre, pero ninguno como él. Un Pincheira, que odia la violencia, había ido a votar.

Le carga que la violencia se repare con más violencia, odia cuando en las noticias o en los diarios salen asesinatos por ajustes de cuenta y respalda la reacción de Bonvallet con el ex pololo de su hija. Cree que si alguien toca a su mujer, está bien, pudo haber sido de caliente nomás, pero que con la palabra se puede arreglar. Su mujer lo miró y se rió. Pero está de acuerdo con que hay que defender a los suyos, porque si pasa algo y él no hace nada, “¿quién va a responder?”. Mientras hablaba, a pocos pasos de ahí, una mujer era grabada por las cámaras de Mega haciendo el doble de la cantante de la nueva ola, Cecilia.

“Yo tengo una historia parecida a la de ellos (Los Pincheira), pero no de cuatreros ni delincuentes”, dijo Molina. “Es una historia mejor, pero es secreto de Estado”. Dice además, que la ha llevado como una mochila que siempre le ha pesado, y que la rabia la ha transformado en algo que deberían según él, tener todos los chilenos: reconciliación. Por eso fue hasta el Estadio Nacional, para hacer valer su opinión, para expresarse por medio de su voto, como “peregrinos de Dios”. Pero asegura que no se vende y que ni siquiera acepta un lápiz de los políticos. Cree que hacerlo sería “lo mismo que vender el alma al diablo”.

Miguel Molina no sólo va vestido así a las elecciones, sino que también a todas las actividades que hace la municipalidad, porque lleva con orgullo su nombre; porque está orgulloso de ser chileno. Y por eso le da gracias a Dios. Es que él considera que es el único justo en esta vida. “A todos nos da y nos colma de felicidad con algunas cosas ricas, como los hijos, por ejemplo”. Por eso, Miguel prefirió olvidarse de esas caras que habían repletado las calles de la capital y que parecían competir por la sonrisa más bella y en cada papeleta escribió el nombre de su propio candidato: “Mi voto es para Dios”.

La hora de los aplausos

La mañana había pasado y la gente había despejado gran parte del Estadio Nacional, aunque en la mesa 80 de hombres la fila aún tenía a más de 50 personas que todavía esperaban para abrir esas tres cartolas, hacer una raya en cada una y partir para sus casas. Los voluntarios de la Cruz Roja ahora se sentaban relajados, después de haber atendido a cerca de 40 personas por alzas y bajas de presión, fatiga y algunos desmayos. Los jóvenes de la Guardia Civil, vestidos con poleras y jockey naranjos y una chaqueta azul marino sin mangas, que se habían recorrido cada rincón del Estadio con ancianos en sillas de ruedas, ahora las paseaban vacías. Luego las estacionaban frente a la carpa que habían levantado detrás de las camionetas de los canales de televisión. Los soldados ya no tenían preguntas que responder y algunos de ellos sólo se dedicaban a mirar y a comentar cuando pasaba alguna chiquilla de esas con falda, poleras escotadas y buenas tetas. La rubia, la soldada Del Solar, seguía parada y sonriente; siempre atenta, siempre linda.

Una a una las mesas se iban cerrando. Los heladeros y los que vendían bebidas seguían gritando, ofreciendo sus productos, pero cada vez eran menos los que los compraban. Los estudios improvisados de televisión –exceptuando el de Canal 13, que era una plataforma que de improvisada no tenía nada– se fueron desmantelando mientras los camarógrafos, los productores y los periodistas se achoclonaban para ver como los vocales abrían las urnas que habían estado todo el día cerradas y empezaban el conteo. Voto a voto iban contando y en algunas mesas parecía que la fiesta seguía. Otras pasaron la revisión sin pena ni gloria.

“Bachelet. Piñera. Bachelet. Bachelet. Lavín”, decían en voz alta los vocales de las distintas mesas de votación y el nombre que más se repetía era un símbolo de victoria que era celebrado entremedio de aplausos y gritos de alegría que se escuchaban por todo el túnel del Estadio Nacional. Bachelet era la primera mayoría en la generalidad de las mesas y la gente que se aglutinaba entre los micrófonos y los periodistas miraba con expectación cada papeleta que salía de la caja. Cuando sonaba un Piñera algunas personas abucheaban sutilmente. Cuando la marca del papel amarillo estaba sobre el lado de Lavín, los chiflidos salían casi por inercia. A veces, a alguien se le escapaba un “payaso”. De repente se hacía presente el nombre de Tomás Hirsch, el candidato de la micro, y algunas personas lo vitoreaban, otras no hacían nada. Pero la fiesta que se creaba cada vez que el nombre de la candidata concertacionista se oía no se podía contener. Hombres, mujeres –sobre todo mujeres–, jóvenes y viejos, todos se ponían a gritar, a sonar silbatos, a saltar, a cantar el tradicional se siente, se siente, Michelle presidente. El calor que ya no estaba en el aire, ahora estaba en la gente.

En muchas otras mesas no pasaba nada y si la gente que se reunía alrededor de ellas era partidaria de la Alianza, no se decía nada. No hubo ningún grito a favor de Piñera o Lavín, lo cual no significa que no hayan tenido adeptos en el Estadio, sino que solamente no eran tan escandalosos como los bacheletistas. O quizás, simplemente, no tenían nada que celebrar. Pero el frenesí que significaba la victoria no se vio para nada cuando las papeletas eran celestes; menos cuando eran blancas. A la gente sólo le importaban las amarillas y a los vendedores, sólo deshacerse de las bebidas y helados que les habían sobrado. Algunos niños jugaban, unas personas daban vueltas en bicicleta, otras caminaban mesa por mesa para ir viendo los resultados y en la mesa 80 aún se hacía fila.

Las elecciones del 11 de diciembre terminaron normalmente, cumpliéndose todos los pronósticos que se tenían: habrá segunda vuelta entre Michelle Bachelet y Sebastián Piñera y las mujeres que limpiaban el Estadio tendrían mucho trabajo que hacer. Por ahora, sólo queda esperar a que las urnas se vuelvan a cerrar y a que una nueva papeleta tenga a millones de personas haciendo filas durante horas para marcar una sola línea. Ojalá que el calor no moleste tanto como lo hizo esa vez, cuando el Estadio Nacional se había convertido en un paseo familiar.


Crónica hecha como prueba para realizar la práctica profesional en The Clinic. Nunca se publicó.

lunes, 10 de octubre de 2005

MUJER DE LATA

La ganadora del Altazor 2004 por su papel en “La mujer Gallina”, Claudia Celedón, está aburrida y cansada de actuar y de muchas cosas más. Lo toma todo para la talla. Habla sin parar y no latea a nadie, pero con la excepción de cocinar y, al parecer, de hablar, todo le da lata.


Claudia Celedón está tranquila y relajada. Se sienta, en un principio, como si estuviera pegada a la silla gris que está atrás del escritorio de madera, pero no demora mucho en sentirse como en su casa. Habla como toda una conocida: sin pausas y mirando a la cara, y parece que eso no le da lata. Algo muy extraño en una persona que no es aburrida, pero que se aburre de casi todo.
No se calla, excepto para saludar a modo de burla a quien entra a la sala. A ella nada le parece tan serio como para no reírse o hacer chistes. Quizás por eso no le gustan los papeles, según ella, heavy, porque le carga "la rutina que tenga que ver con flagelo o con dolor". Dice que no podría ir a suicidarse todos los días al teatro y que hay que ser muy fuerte para que un personaje de esas características no le afecte y parece que ella no lo es tanto. O le da lata serlo. Tampoco le gusta trabajar "con personas que no tienen sentido del humor o que basan su trabajo sólo en el ego". Es que no entiende la postura de los actores famosos que se creen el cuento y no los soporta; menos que se crean la pomada del 'artista'. Una de las tantas cosas que a la actriz que no llaman tanto para actuar en televisión, debido, según ella, a que su cara rara se acerca más a la imagen rusa –o de cualquier otra cosa– que a la gringa que se busca, le dan lata.
En la solapa de su chaqueta negra entreabierta, que permite que las pecas y el lunar de su pecho se asomen, tiene un prendedor dorado con forma de estrella de seis puntas. Es el símbolo del
Mahikari, una técnica japonesa de sanación a través de la quema de toxinas por medio de la energía. Ella lo practica desde que se lesionó los meniscos jugando raquetball "a lo más vieja alolada” que siempre le han gustado los deportes y que practica natación, porque Claudia no toma medicamentos. Si se siente mal sale, se queda en su casa o se pone a hacer cualquier cosa que escape de la medicina tradicional. Su hermano Matías cuenta que siempre intentan coincidir en Navidad o almorzar juntos los domingos, "como cualquier buena familia disfuncional", pero que si ella está bajoneada o no se seinte bien, simplemente no va. Pero nunca ha sido muy buena para salir, al contrario de su padre, Jaime Celedón, un actor demócrata cristiano hasta las patas y pro golpista que se juntaba en su casa a tomar tragos con Allende y que nunca comía con ella por las noches porque estaba afuera. De hecho, si Claudia no está en su casa -el lugar donde más le gusta estar- ya a la una de la mañana le da lata estar ahí, sea donde sea que esté: vuelve a su hogar, arma sus cosas y se va a dormir. Sólo hace eso. No prende el televisor ni siquiera para ver las seriales que dan en el cable y que, supuestamente, tanto le gustan. Ni las teleseries, ni los programas de miscelánea o de actualidad como “Tolerancia Cero” le atraen. Es que no ve televisión abierta, la encuentra mala, la aburre, le da lata.
Mientras sus manos delgadas y largas juegan entre sí sobre el escritorio de madera, Claudia se muestra muy tranquila. Las mueve, pero no en un acto de nerviosismo, sino todo lo contrario. Ni siquiera se preocupa de correr los mechones de pelo castaño claro que se le cruzan por la cara no apta para televisión. Quizás, le da lata. Y sigue hablando sin parar. Nadie puede discutir su talento para actuar y por eso se ganó el premio Altazor en el 2004 por la obra “La mujer Gallina”, pero para ella ese galardón no es para volverse loca. "Sí, es un premio, un reconocimiento -dice-, pero no es más que un pájaro de fierro. Tiene 41 años y ya se está cansando del teatro. El ’83 entró a estudiar actuación en la escuela de teatro Imagen, dirigida por Gustavo Meza, a pesar de lo que le dijo su padre cuando supo su decisión: “¿Cómo vas a estudiar teatro? Mira, las actrices son prostitutas o locas”. Al preguntarle cuál de las dos es, ella contesta sin pensarlo dos veces: prostituta.
Siempre tuvo talento, y no se debió ni a las clases ni a los referentes que ella dice no tener. Actuar le salía natural y por eso, ni a ella ni a la Amparo Noguera –eran compañeras- le costaba mucho hacer las cosas. Claudia cree que es como “si tu papá fuera carpintero y de repente te digan ‘ya, haz una mesa’. Lo más probable es que tú sepas cómo hacer la mesa. Me pasé años de mi vida yendo a los ensayos del Ictus. Ahí escuchas y te entra la cuestión como por osmosis”. Pero para ella el teatro significa un esfuerzo muy grande en comparación a la recompensa que se obtiene, especialmente cuando el público es cabezón. Le carga y le cansa, incluso más que haya sólo 10 personas en las butacas del teatro, que el público piense todo el rato y la ponga en tela de juicio en todo momento. Le da lata pero su opción es la siguiente: “chao. Lo voy a hacer igual y si te gusta, vieja con caracho, te gusta, y si no, pesca tu entrada, párate y ándate.”
Se mueve para adelante y para atrás en la silla gris mientras sigue jugando con sus manos y su prendedor dorado de seis puntas brilla con el reflejo de la luz que se cuela por la ventana. Claudia sigue hablando como si estuviera en el living de su casa. Le encanta ser dueña de casa, para ella y para su hija Andrea, quien dice tener una relación de complicidad con su madre y la cataloga como una persona muy auténtica. A ambas les gusta cantar y lo hacen juntas, haciendo segundas voces. La tuvo a los 20 años, cuando estaba casada con Humbertito, el también actor Cristián García-Huidobro. Pero se aburrió de los hombres. Suele hacerlo. Los encuentra obvios, predecibles y exigidos, lo que le da ternura, tanta que prefiere acogerlos a acostarse con ellos. Los encuentra amorosos, pero a la vez, los ve como niños. Le dan lata y el hombre que logra erotizarla, siempre la trata mal. Por eso el sexo ya no le importa y le desilusiona si no es con amor.
Sus principales preocupaciones son sus trabajos: el espiritual y el laboral, pero antes de eso siempre está Andrea, a quien deja alojar con el pololo. De hecho, a esta actriz vegetariana le encanta cocinarle y a su hija le fascina que lo haga. Cree que es una gran cocinera. Pero no sigue recetas, le gusta inventar, improvisar, al igual que en sus diálogos cuando actúa, y todo por no latear a su hija. A ella la latearon. Su madre nunca le cocinó, estaba en otra. Prefería pasar su tiempo rememorando el resabio de una época aristocrática en Zapallar y cosas como esas. Por eso Claudia quiere estar con su hija y consigo misma. No le gusta eso de trabajar y lo peor que le podría pasar un domingo sería eso, tener que subirse a las tablas y hacer lo que ella hace, actuar. Prefiere tener tiempo para sí, para leer, para ir a la cordillera y si un trabajo es intenso, que dure 20 días a lo más. Claudia está cansada de actuar pero no estudiaría algo más, no iría a la universidad. Simplemente, porque le da lata.

miércoles, 17 de agosto de 2005

EL MARINE DE LA GUITARRA DE FUEGO

Un ex militar pacifista al que nada le importa, más que su música, no tiene nada que perder. Este es el sacrificio de Jimi Hendrix, un mago que intimida y al que le cuesta aceptar que vive en un mundo de trucos.

La gente que había ido a ver el festival se veía ansiosa. Mientras esperaban que el próximo número saliera a escena, fumaban marihuana y consumían LSD. De todas partes habían llegado y el show no había decepcionado a nadie. Pero lo que venía no estaba decidido. En los camerinos, un ex marine de color que se había quebrado el tobillo mientras servía como paracaidista en el Escuadrón 101 de Kentucky, en la base del Fuerte Campbell, discutía con Pete Townshend, guitarrista de The Who, por quién sería el próximo en ir al escenario y presentarse frente a ese extasiado público en Monterey, California. Ambos esperaban ese momento y ninguno quería ser opacado por el otro.

-No jodas, no tocaremos después de ti -dijo el encargado de las seis cuerdas del grupo británico.

-No tocaré después de ustedes -le respondió el ex militar.

-No hay nada que discutir, no iremos después de ti. En lo que a mi concierne, estamos listos para ir al escenario, los músicos estarán ahí y punto.

La mirada del norteamericano era extraña. Casi siempre lo era. Tan intimidante como su manera de tocar la guitarra, pero Pete no echaría pie atrás: quería sí o sí subir antes a la plataforma y deleitar de la manera más distorsionada posible a la aún más distorsionada audiencia. Pero se sentía amenazado y no era la primera vez; no frente al ex militar. Ya había visto a su rival presentarse en Londres y tanto él, como Eric Clapton y Brian Jones, todos guitarristas consagrados, se sintieron nada. Había sido toda una experiencia. Se les pasó por la cabeza, incluso, retirarse. Ninguno lo hizo.

Mientras su mirada seguía fija y serena en plena discusión, no se dijo nada. James –que era su nombre- tomó una silla y la puso delante de sí. Se subió con su Fender Stratocaster, cerró los ojos y se puso a tocar de la misma manera que tanto intimidaba a Pete. Sus labios gruesos se movían con su pequeño bigote mientras los dedos de su mano derecha se paseaban por el cuello de la guitarra que tenía las cuerdas al revés. Tenía una camisa anaranjada con vuelos debajo de una chaqueta negra sin mangas con un diseño de colores y sin abotonar. Sobre su frente tenía una cinta muy parecida a la que usaba como cinturón para amarrar los pantalones pata de elefante color burdeo. Pete no decía nada, solamente se remitía a ver el magnífico e improvisado espectáculo que James montaba en el camarín. Los demás hacían lo mismo. Ni Janis Joplin,ni Brian Jones ni Eric Burden ni ningún otro hizo algo además de ver el pequeño anticipo de lo que vendría más tarde.

Afuera del camarín se escuchaba a la gente gritar. Seguían fumando marihuana y consumiendo LSD. Adentro, estaban atónitos. James se bajó de la silla como si nada hubiera pasado, se volteó y miró a Pete Townshend.

-Si toco después de ustedes, emplearé todos los recursos- dijo Jimi Hendrix.

Pete había ganado y saldría él primero junto a The Who, pero la amenaza ya había sido lanzada. Jimi había estado en Nueva York y en distintos lugares de Norteamérica antes de irse a Inglaterra, pero no había tenido la libertad que experimentaba en ese momento y que había ansiado toda su vida. Había tocado en bandas y en clubes pero él no estaba para eso y el público no lo quiso para eso. Quería independencia, quería hacer su música sin que nadie le pusiera trabas. Lo logró recién cuando cruzó el Atlántico y llegó a la isla de la reina, a la tierra donde Pete Townshend y Eric Clapton se sentían seguros y, de cierta forma, intocables. Jimi les había removido el piso y el temblor ya se había expandido hasta su tierra. Este sería el reencuentro con su hogar; no podía pasar desapercibido. Nunca lo hacía y ésta no era la oportunidad para hacerlo.

The Who salió a escena y no mostró ninguna señal de flaqueza. Logró darle al público –que seguía fumando marihuana y consumiendo LSD- el placer desequilibrado de buena música y frenesí destructivo que esperaba. La batería y sus platillos, los micrófonos, los amplificadores, el bajo y la guitarra Pete: todos terminaron destruidos cuando su función llegó a su fin. Ellos se habían transformado en el plato fuerte de la noche y el público había saciado sus ganas de ver fuerza, música y locura entremezclada en un solo show y sobre un mismo escenario. Eso era lo que querían desde un principio. Jimi no hizo gesto alguno y su mirada seguía tan extraña como de costumbre. Él seguía en la lista.

Ya en el escenario, y ahora con un Pete Townshend lleno de aires de triunfo entre el público, Jimi Hendrix realizó su sacrificio. Al guitarrista de The Who ya le había tocado hacer sus trucos, pero Jimi estaba tranquilo. Para él los trucos no existían; para él, era sólo el sentimiento de tocar, la pasión de vivir su propia música, la expresión. Pero si la magia de Pete consistía en destruir de manera alocada y frenética, la de Jimi Hendrix era un ritual erótico que llegaba a lo sublime.

Luego de terminar Wild Thing, una de sus canciones más famosas, Jimi estaba en éxtasis. Se dirigió hacia la parte posterior del escenario y, ya habiendo antes rodado por el suelo y tocado su guitarra con los dientes, se aferró de uno de los amplificadores y comenzó a moverse, a frotarse, a tener sexo con él. Después, tomó su guitarra y la acostó en el suelo, tan sutilmente como si fuera una mujer, y la roció de bencina blanca, encendió un fósforo y le prendió fuego. Jimi jugó con ella, llamó al fuego, le dio un sentido místico y erótico para después azotar a su amante contra el suelo y ofrecerla al público. Pete y The Who veían todo desde la audiencia y fueron testigos de como Jimi había transformado su espectáculo en un viaje que era, más bien, -como dirían después- una epifanía.

Trabajo hecho para el curso Taller de perfiles en la UDP (17/08/2005)

sábado, 16 de julio de 2005

EL MISMO AIRE EN LA VEGA

Vino barato, narices rojas, tomates rojos. Dicen que para conocer a la gente de un lugar hay que visitar su mercado y La Vega Central es la muestra perfecta para el caso santiaguino. Acá, un reencuentro después de cinco años. Venga a ver, caserito, cómo hasta el aroma sigue siendo igual.

Parece que todo sigue igual a como era la última vez que estuve aquí. Ni siquiera el aire cambia en La Vega. Los perros aún roen huesos que son, en muchos casos, más grandes que ellos, y continúan siendo los compañeros de cama de los que pasan ahí la noche. Y estos últimos no son pocos: algunos no despiertan ni siquiera con el ruido de los camiones llenos de cajas con mercadería que van y vienen. Arropados con frazadas y ropas rotas y sucias y acostados en colchones de espuma que se rebalsa, su nariz roja e hinchada apenas se asoma entre sus barbas largas, canosas, desordenadas y llenas de mugre. Si sus ojos se abren están casi tan rojos como los tomates que el comerciante de al lado ofrece a gritos a los primeros clientes del día. Los que sí despiertan, comienzan el deambuleo diario. En cinco años parece que nada ha cambiado.
El aroma del ambiente no se caracteriza por ser uno de los que el sentido del olfato busca, o de esos que añora cuando no los tiene cerca, pero debo reconocer que al sentirlo nuevamente esos cinco años se hicieron nada. Frutas, verduras, aliños, mugre, orina y alcohol: todos se entremezclan en el aire creando un popurrí de olores que incita a la fuga, pero que después de unos 20 minutos, parecen no estar ahí. Sí, el aire sigue siendo el mismo en La Vega.

ENTRO AL CALLEJÓN. DE DÍA SE VE DISTINTO EL PASAJE Santa Rosa, pero se huele y se ve casi lo mismo que en las noches, aunque más nítido, ya que los cinco faroles que dividen el paseo en dos apenas alumbran. Las pozas de agua acumuladas tras días de lluvias se transforman en inmensos mares con islas humanas: más de uno de los cuerpos alcohólicos que están ahí, noche tras noche, ha muerto de hipotermia mientras sus sucias y hediondas ropas absorben el frío de un invierno indigente en Santiago.
En las noches, el callejón es como el que se mostraría en la más cruda de las películas. A cada uno de sus lados hay pequeñas puertas. Las que están tras un candado son bodegas de los comerciantes del mercado que está a sólo unos pocos metros; las que están abiertas despiden una luz amarilla que se asoma miedosamente al exterior, como si temiera ver lo que ocurre afuera. También se cuela música sound. Adentro de los baruchos de mala muerte que funcionan las 24 horas, están los típicos posters de mujeres bellas en posiciones seductoras, demostrando que la cirugía puede otorgar lo que la naturaleza prefirió quedarse para sí y que la cerveza se ve más deliciosa cuando está al lado de alguna de ellas. Además de cervezas, las barras venden navegados y cortos de vino, además de otros tragos que un paladar que se jacte de ser refinado no estaría dispuesto a probar. Mientras, sus clientes rebosan de un estado depresivo, auto destructivo y alcohólico. Un inconfundible escenario nocturno en La Vega.
De día los ebrios incautos salen a pasear, pero el pasillo de no más de tres metros de ancho y de cincuenta de largo se transforma en una pista de carreras para los carros de dos ruedas a tracción humana que se colman de cajas. Y la salida de los bares no se les hace fácil: deben demostrar su capacidad física para ponerse en pie –los que están en las condiciones de hacerlo– y esquivar, al más puro estilo de jugador de fútbol americano, los obstáculos en movimiento de su camino. Quizás por eso el “Cantor de La Vega” decía hace cinco años, entre cantos y sollozos ahogados que aparecían entre las sombras, “me quiero morir un cuarto para las siete y cuarto”. No sé a que hora habrá muerto, pero sí que un día, a esa hora, una poza de agua lo había devorado. Esta vez hay otro cuerpo inerte en el suelo, bajo la puerta de un bar. La historia parece no querer cambiar.
Su cara está pegada al suelo, su cuerpo cubierto hasta el cuello con una parca plomiza y un pantalón color café, además de un par de zapatos negros, bien sucios y desatados.
-Hijo, con todo respeto –me dice un hombre de ojos verdes, pupilas dilatadas y una aureola roja que cubre todo lo que no es su iris–, no quiero molestarlo. Disculpe que le diga hijo, pero soy alcohólico y me acaban de echar de ahí porque no tengo más plata –apunta con el dedo uno de los bares–. ¿Me podrías ayudar con unas monedas para comprarme otro copete?
Julián González se me acercó acompañado de otros tres hombres. Cuál de ellos más borracho, pero todos con las mismas buenas intenciones de tomar algo más. Había pensado en ir a los bares a conocer a la gente que estaba ahí desde la noche, pero me ocurrió como a Mahoma y la montaña: no necesité ir al bar, el bar vino a mí.
Julián, un curagüillas de pilchas sucias –un jockey verde en la cabeza y un polerón Nike gris que ya parecía de cualquier otro color–, asegura ser, o más bien, haber sido, profesor de filosofía de la Universidad Católica de Temuco. Pero eso ya había pasado. Ahora, pasa los días pidiendo algunas monedas para comprar vasos de vino que no cuestan más de cien pesos.
-Yo no grito –dice comparándose con Claudio, conocido como el “Matador”, uno de sus acompañantes en el macheteo–, prefiero hablar calmado y dialogar, porque los santiaguinos gritan, mientras que los sureños dialogamos.
El “Matador” me dice, o más bien balbucea, que me fui “a meter a la boca del diablo”. Me recomienda salir pronto de ese callejón porque “me van a cogotear”. Aparte de los borrachos con los que converso y los hombres que corren de un lado a otro, no veo nada sospechoso. Pero Claudio, con un aliento horrible y unas gotas de saliva que salen de entremedio de los pocos dientes que le quedan, habla con cierta autoridad. Cuatro años, de los quince que lleva en la calle, los ha pasado en ese pequeño antro. Algo debe saber, pero dudo que sea que sus zapatos están bañados en excremento de pájaro.

AL OTRO LADO DE LA CALLE, EN EL MERCADO, UN HOMBRE con sombrero verde, al más puro estilo ranchero del norte de México, se pasea tocando el acordeón. La verdad, nadie se detiene a escucharlo y yo tampoco. Me alejo de él y el sonido se pierde entre las miles de cajas con tomates, pepinos, cebollas –que por cierto son enormes- y zapallos. También hay carne, ollas, radios, calculadoras, relojes, ropa, perfumes e Inca Kola, una bebida peruana de la cual he leído y escuchado comentarios, pero nunca probado. Es quizás lo único que no había visto antes y es cierto lo que se dice: el refresco que en Perú se ha encargado de detener el avance imperialista de la Coca Cola tiene un particular sabor parecido al chicle.
Entre las tiendas del mercado y los estacionamientos para los camiones con mercadería de la calle Salas, se lleva a cabo un ritual que hace que La Vega Central pueda pasar como una versión más pobre y menos lujosa, pero igual de viciosa, de Las Vegas, la “Ciudad del Pecado” de Estados Unidos. Tres hombres apuestan dinero en un juego de naipes. Están concentrados mirando las cartas en sus manos. A su alrededor, gente curiosa observa el juego. Cada uno de ellos tiene un favorito para ganar. Dos pasos más allá hay otra mesa con cinco jugadores en donde las apuestas son las más altas del lugar –quien gana se lleva cinco mil pesos-. Un hombre calvo que se encuentra de pie las hace de crupier en una mesa de juego que no es más que un par de cajones vacíos de fruta que tienen escrito Patagonia, con un cartón café mal cortado encima. Sobre éste, las cartas que los hombres desechaban jugando al juego llamado Tele. El primero que llega a los dieciocho puntos gana la apuesta de 500 pesos. Nano, uno de los jugadores, tiene sus canas atadas a una trenza que le llega hasta los hombros y hasta el momento, el primer lugar en ganancias. Según él, “este juego se ha jugado desde toda la vida en La Vega”. Frente a él está el más viejo de los tres: Astor. Lleva una bufanda desordenada sobre su cuello y la suerte no lo acompaña: la preocupación por ser el perdedor es más importante que subirse el cierre del pantalón café manchado.
Un hombre con una chaqueta del cantante Joe Vasconcellos va a comprar frutas y verduras para su verdulería que está en Providencia. Sin embargo, no hay ninguna bolsa a su alrededor. Está de pie y con un cigarrillo en la mano, mirando fijamente una máquina tragamonedas, por si acaso que algo cae. No es la primera vez que lo hace. El hecho de introducir una moneda por la ranura es ya toda una tradición: todos los días antes de comprar se lanza a la suerte de esta máquina. Y no es el único: en los tragamonedas que hay en algunos sectores del mercado, la gente espera duplicar el dinero que ingresa, mientras ven como las monedas se mueven de atrás hacia delante sin que ninguna caiga. Una y otra vez lo hacen, como creyendo casi ciegamente en esa suerte providencial que aparece cuando uno menos lo espera. Suele no aparecer pero los jugadores han creído siempre en ella y no parece ser momento para dejar de hacerlo.
Cinco años pasaron y casi todo sigue igual. El señor Ubilla sigue vendiendo frutas y verduras y los borrachos de La Vega se siguen aferrando a su fe en Dios. El aroma aún es el mismo y no me extrañaría que en cinco años más la Virgen del Cerro San Cristóbal continúe mirando como en La Vega todo sigue siendo lo que es: la misma mezcla de olores, los mismos perros con sus huesos y los mismos hombres que cargan carros mientras otros caen y se anclan al suelo. Los camiones seguirán yendo y viniendo con cajas, la gente seguirá matando su tiempo entre apuestas y esperanzas de una suerte que nunca llega, y la Inca Kola seguirá teniendo sabor a chicle –y sin gozar de éxito comercial en Chile-. Ojala que el próximo no sea un invierno lluvioso, pero como siempre, a más de uno le llegará la hora: un cuarto para las siete y cuarto. Más que mal, casi todo sigue igual y promete seguir siendo la misma Vega Central.

lunes, 20 de junio de 2005

ACOSTA NO SABE QUÉ HACER

El “pelado Acosta” se hizo cargo de una tarea que nadie quería asumir y no le ha ido bien. Se las dio de valiente y ahora se encuentra abatido. Parece que pensar y llorar son las dos únicas cosas que le quedan por hacer.


La mirada de Nelson Acosta se esconde atrás de su mano izquierda, la misma en cuya muñeca tiene un reloj de pulsera. La expresión triste que tienen sus ojos, y que casi nunca tiene miedo a mostrar, prefiere resguardarse en un momento de reflexión desesperada. Parece que ahora hay algo más, algo que le preocupa. La campaña valientemente -si es que no ingenuamente- emprendida no quiere rendir frutos y el futuro de su trabajo se ve incierto. De su rostro lo único que se puede ver es una pequeña porción de ceja apretada por los dedos de su mano y una silueta en sombras de su boca y mentón.
Su brazo derecho se extiende hasta tocar, a modo de apoyo, el pasto de la cancha de entrenamiento del equipo que tiene a cargo, la Selección Chilena de Fútbol. Pero sólo se apoya con un dedo, el índice. Los otros los utiliza para agarrar con fuerza un cronómetro –que a ningún entrenador le puede hacer falta-. Este brazo cruza por entremedio las piernas flectadas, en cuclillas, que sostienen su espalda arqueada y que tiene puesta una chaqueta muy parecida a su gorro: roja y azul con líneas blancas. El codo izquierdo está apoyado sobre el muslo del mismo lado. Se ve en posición de llanto, pero no llora. Su mirada es triste por sí sola y siempre ha sido así. Está, más bien, desesperado. Busca una solución, una salida. Ya lo hizo una vez. Se hizo cargo de la selección chilena el ’96, justo después de que un vasco de bigotes extremadamente gruesos, Xavier Azkargorta, la había dejado sin chances de nada, y logró llevarla al mundial de Francia ’98, a la Copa América ’99 y a obtener una medalla de bronce en las Olimpíadas de Sydney, en el 2000. Además, ha tenido éxito en varias otras campañas. Logró con O’Higgins buenos resultados, sacó a Unión Española campeón por dos años consecutivos y posicionó a Cobreloa entre los mejores ocho equipos de América. ¿Por qué ahora no podría hacerlo?
Su cabeza calva y brillante, que está cubierta con un jockey rojo, azul y blanco que dice Chile bajo una estrella, apunta hacia abajo. De ahí, sólo se asoma la cabellera blanca que tiene única y exclusivamente en las partes laterales y posterior de la cabeza. Algo muy normal en un hombre uruguayo de 61 años. Tiene bastantes cosas por las que preocuparse. Tomó en sus manos, de nuevo, la responsabilidad de llevar a la selección de fútbol del país en que se nacionalizó hasta un mundial. Ya lo había intentado dos veces: primero, lo logró; la segunda, fracasó, y salió apabullado y odiado por un público característica y tradicionalmente exitista. Parece que esta vez la situación lo incomoda: se está acercando a repetir la historia de derrota y mala racha que han caracterizado sus últimas empresas.
No está llorando, pero parece estarlo. Quizás, aparte de eso, a Nelson Acosta no le queda nada más que hacer.

domingo, 15 de mayo de 2005

UN NAZI SUDACA EN LA CIMA DE NADA

Su arma es su intelecto. El reducido bigote no está y la cruz svástica se mantiene oculta, pero presente. Ha sido reemplazada por una suerte de hermana sudaca: el sol mapuche. No hay aún hordas belicosas marchando al ritmo marcado del tambor -y quizás nunca las haya-, sino que sólo unos pocos pies andando mientras un hombre golpea un cultrún. Alexis López es ese hombre.