sábado, 16 de julio de 2005

EL MISMO AIRE EN LA VEGA

Vino barato, narices rojas, tomates rojos. Dicen que para conocer a la gente de un lugar hay que visitar su mercado y La Vega Central es la muestra perfecta para el caso santiaguino. Acá, un reencuentro después de cinco años. Venga a ver, caserito, cómo hasta el aroma sigue siendo igual.

Parece que todo sigue igual a como era la última vez que estuve aquí. Ni siquiera el aire cambia en La Vega. Los perros aún roen huesos que son, en muchos casos, más grandes que ellos, y continúan siendo los compañeros de cama de los que pasan ahí la noche. Y estos últimos no son pocos: algunos no despiertan ni siquiera con el ruido de los camiones llenos de cajas con mercadería que van y vienen. Arropados con frazadas y ropas rotas y sucias y acostados en colchones de espuma que se rebalsa, su nariz roja e hinchada apenas se asoma entre sus barbas largas, canosas, desordenadas y llenas de mugre. Si sus ojos se abren están casi tan rojos como los tomates que el comerciante de al lado ofrece a gritos a los primeros clientes del día. Los que sí despiertan, comienzan el deambuleo diario. En cinco años parece que nada ha cambiado.
El aroma del ambiente no se caracteriza por ser uno de los que el sentido del olfato busca, o de esos que añora cuando no los tiene cerca, pero debo reconocer que al sentirlo nuevamente esos cinco años se hicieron nada. Frutas, verduras, aliños, mugre, orina y alcohol: todos se entremezclan en el aire creando un popurrí de olores que incita a la fuga, pero que después de unos 20 minutos, parecen no estar ahí. Sí, el aire sigue siendo el mismo en La Vega.

ENTRO AL CALLEJÓN. DE DÍA SE VE DISTINTO EL PASAJE Santa Rosa, pero se huele y se ve casi lo mismo que en las noches, aunque más nítido, ya que los cinco faroles que dividen el paseo en dos apenas alumbran. Las pozas de agua acumuladas tras días de lluvias se transforman en inmensos mares con islas humanas: más de uno de los cuerpos alcohólicos que están ahí, noche tras noche, ha muerto de hipotermia mientras sus sucias y hediondas ropas absorben el frío de un invierno indigente en Santiago.
En las noches, el callejón es como el que se mostraría en la más cruda de las películas. A cada uno de sus lados hay pequeñas puertas. Las que están tras un candado son bodegas de los comerciantes del mercado que está a sólo unos pocos metros; las que están abiertas despiden una luz amarilla que se asoma miedosamente al exterior, como si temiera ver lo que ocurre afuera. También se cuela música sound. Adentro de los baruchos de mala muerte que funcionan las 24 horas, están los típicos posters de mujeres bellas en posiciones seductoras, demostrando que la cirugía puede otorgar lo que la naturaleza prefirió quedarse para sí y que la cerveza se ve más deliciosa cuando está al lado de alguna de ellas. Además de cervezas, las barras venden navegados y cortos de vino, además de otros tragos que un paladar que se jacte de ser refinado no estaría dispuesto a probar. Mientras, sus clientes rebosan de un estado depresivo, auto destructivo y alcohólico. Un inconfundible escenario nocturno en La Vega.
De día los ebrios incautos salen a pasear, pero el pasillo de no más de tres metros de ancho y de cincuenta de largo se transforma en una pista de carreras para los carros de dos ruedas a tracción humana que se colman de cajas. Y la salida de los bares no se les hace fácil: deben demostrar su capacidad física para ponerse en pie –los que están en las condiciones de hacerlo– y esquivar, al más puro estilo de jugador de fútbol americano, los obstáculos en movimiento de su camino. Quizás por eso el “Cantor de La Vega” decía hace cinco años, entre cantos y sollozos ahogados que aparecían entre las sombras, “me quiero morir un cuarto para las siete y cuarto”. No sé a que hora habrá muerto, pero sí que un día, a esa hora, una poza de agua lo había devorado. Esta vez hay otro cuerpo inerte en el suelo, bajo la puerta de un bar. La historia parece no querer cambiar.
Su cara está pegada al suelo, su cuerpo cubierto hasta el cuello con una parca plomiza y un pantalón color café, además de un par de zapatos negros, bien sucios y desatados.
-Hijo, con todo respeto –me dice un hombre de ojos verdes, pupilas dilatadas y una aureola roja que cubre todo lo que no es su iris–, no quiero molestarlo. Disculpe que le diga hijo, pero soy alcohólico y me acaban de echar de ahí porque no tengo más plata –apunta con el dedo uno de los bares–. ¿Me podrías ayudar con unas monedas para comprarme otro copete?
Julián González se me acercó acompañado de otros tres hombres. Cuál de ellos más borracho, pero todos con las mismas buenas intenciones de tomar algo más. Había pensado en ir a los bares a conocer a la gente que estaba ahí desde la noche, pero me ocurrió como a Mahoma y la montaña: no necesité ir al bar, el bar vino a mí.
Julián, un curagüillas de pilchas sucias –un jockey verde en la cabeza y un polerón Nike gris que ya parecía de cualquier otro color–, asegura ser, o más bien, haber sido, profesor de filosofía de la Universidad Católica de Temuco. Pero eso ya había pasado. Ahora, pasa los días pidiendo algunas monedas para comprar vasos de vino que no cuestan más de cien pesos.
-Yo no grito –dice comparándose con Claudio, conocido como el “Matador”, uno de sus acompañantes en el macheteo–, prefiero hablar calmado y dialogar, porque los santiaguinos gritan, mientras que los sureños dialogamos.
El “Matador” me dice, o más bien balbucea, que me fui “a meter a la boca del diablo”. Me recomienda salir pronto de ese callejón porque “me van a cogotear”. Aparte de los borrachos con los que converso y los hombres que corren de un lado a otro, no veo nada sospechoso. Pero Claudio, con un aliento horrible y unas gotas de saliva que salen de entremedio de los pocos dientes que le quedan, habla con cierta autoridad. Cuatro años, de los quince que lleva en la calle, los ha pasado en ese pequeño antro. Algo debe saber, pero dudo que sea que sus zapatos están bañados en excremento de pájaro.

AL OTRO LADO DE LA CALLE, EN EL MERCADO, UN HOMBRE con sombrero verde, al más puro estilo ranchero del norte de México, se pasea tocando el acordeón. La verdad, nadie se detiene a escucharlo y yo tampoco. Me alejo de él y el sonido se pierde entre las miles de cajas con tomates, pepinos, cebollas –que por cierto son enormes- y zapallos. También hay carne, ollas, radios, calculadoras, relojes, ropa, perfumes e Inca Kola, una bebida peruana de la cual he leído y escuchado comentarios, pero nunca probado. Es quizás lo único que no había visto antes y es cierto lo que se dice: el refresco que en Perú se ha encargado de detener el avance imperialista de la Coca Cola tiene un particular sabor parecido al chicle.
Entre las tiendas del mercado y los estacionamientos para los camiones con mercadería de la calle Salas, se lleva a cabo un ritual que hace que La Vega Central pueda pasar como una versión más pobre y menos lujosa, pero igual de viciosa, de Las Vegas, la “Ciudad del Pecado” de Estados Unidos. Tres hombres apuestan dinero en un juego de naipes. Están concentrados mirando las cartas en sus manos. A su alrededor, gente curiosa observa el juego. Cada uno de ellos tiene un favorito para ganar. Dos pasos más allá hay otra mesa con cinco jugadores en donde las apuestas son las más altas del lugar –quien gana se lleva cinco mil pesos-. Un hombre calvo que se encuentra de pie las hace de crupier en una mesa de juego que no es más que un par de cajones vacíos de fruta que tienen escrito Patagonia, con un cartón café mal cortado encima. Sobre éste, las cartas que los hombres desechaban jugando al juego llamado Tele. El primero que llega a los dieciocho puntos gana la apuesta de 500 pesos. Nano, uno de los jugadores, tiene sus canas atadas a una trenza que le llega hasta los hombros y hasta el momento, el primer lugar en ganancias. Según él, “este juego se ha jugado desde toda la vida en La Vega”. Frente a él está el más viejo de los tres: Astor. Lleva una bufanda desordenada sobre su cuello y la suerte no lo acompaña: la preocupación por ser el perdedor es más importante que subirse el cierre del pantalón café manchado.
Un hombre con una chaqueta del cantante Joe Vasconcellos va a comprar frutas y verduras para su verdulería que está en Providencia. Sin embargo, no hay ninguna bolsa a su alrededor. Está de pie y con un cigarrillo en la mano, mirando fijamente una máquina tragamonedas, por si acaso que algo cae. No es la primera vez que lo hace. El hecho de introducir una moneda por la ranura es ya toda una tradición: todos los días antes de comprar se lanza a la suerte de esta máquina. Y no es el único: en los tragamonedas que hay en algunos sectores del mercado, la gente espera duplicar el dinero que ingresa, mientras ven como las monedas se mueven de atrás hacia delante sin que ninguna caiga. Una y otra vez lo hacen, como creyendo casi ciegamente en esa suerte providencial que aparece cuando uno menos lo espera. Suele no aparecer pero los jugadores han creído siempre en ella y no parece ser momento para dejar de hacerlo.
Cinco años pasaron y casi todo sigue igual. El señor Ubilla sigue vendiendo frutas y verduras y los borrachos de La Vega se siguen aferrando a su fe en Dios. El aroma aún es el mismo y no me extrañaría que en cinco años más la Virgen del Cerro San Cristóbal continúe mirando como en La Vega todo sigue siendo lo que es: la misma mezcla de olores, los mismos perros con sus huesos y los mismos hombres que cargan carros mientras otros caen y se anclan al suelo. Los camiones seguirán yendo y viniendo con cajas, la gente seguirá matando su tiempo entre apuestas y esperanzas de una suerte que nunca llega, y la Inca Kola seguirá teniendo sabor a chicle –y sin gozar de éxito comercial en Chile-. Ojala que el próximo no sea un invierno lluvioso, pero como siempre, a más de uno le llegará la hora: un cuarto para las siete y cuarto. Más que mal, casi todo sigue igual y promete seguir siendo la misma Vega Central.

2 comentarios:

CLAUDIA INCHÁUSTEGUI LÓPEZ dijo...

BUENA CRONICA, ME GUSTÓ EL ESTILO.

Anónimo dijo...

Excelente, aunque la haría menos intensa, lo que igual le da un toque especial...no deja respirar mientras se lee. El comienzo está buenísimo, no exagero ni miento al decir que tu estilo de narración es muy similar al de un aclamado escritor, García Márquez.

Atentamente
Luis Cisternas