lunes, 23 de abril de 2007

PINILLA SUPERSTAR

Mauricio Pinilla, guste o no, es figura. Su imagen es sinónimo de venta garantizada y sus goles son un bien escaso, pero valioso. Cuesta a veces recordar que es un futbolista y no una caprichosa estrella de rock, pero evidentemente es un verdadero fenómeno. Por lo menos, él está seguro de ello.

Mauricio Pinilla lo tiene claro: no es un tipo cualquiera. Antes de que saliera de las duchas con su ceñida polera de marca, sus pantalones de mezclilla con cadenas colgando, su bolsón de cuero a cuadrillé y su pelo largo muy bien peinado, todos lo esperaban. Algunos niños habían faltado a clases sólo para ir a verlo y las cámaras, micrófonos y grabadoras aguardaban su salida. Habían pasado cuatro días desde su pelea en un entrenamiento con Eduardo Azargado, el preparador de arqueros del equipo, 48 horas desde sus primeros 30 minutos en una cancha vistiendo de nuevo la camiseta de Universidad de Chile, y poco menos de 24 desde su última aparición en un lugar público. Y como es de esperar en él, no había pasado desapercibido en ninguna de esas oportunidades. Es que Mauricio, con 23 años, se ha convertido en una carta ganadora; en un imán de publicidad; en el objetivo favorito de las filmadoras; en un sex symbol; en un gancho noticioso; en una esperanza de salvación; en un placer culpable. Y todo eso lo sabe… y le encanta.

-¿Quieren que hable? –pregunta tranquilamente al salir de los camarines, aunque sabe la respuesta.

-¡Sí, por favor!

Para él, las cámaras y la atención de todos no son algo nuevo. Desde que debutó en 2002 por el primer equipo de la “U”, los medios se volvieron locos con el chico del 15 en la espalda. Todo lo hacía distinguirse entre los demás: poseía una altura privilegiada para un delantero del medio chileno, un salto potente, un gran cabezazo, buena pinta, una soltura envidiable a la hora de enfrentarse a los periodistas, y raros peinados nuevos que nunca se desarmaban. Dentro o fuera del campo de juego, Mauricio Pinilla no se achicaba. Peleaba cada pelota que se le acercara y convertía goles de forma tan natural, que era apetecido por mujeres y clubes europeos cuando sólo llevaba un año como profesional y unas pocas fiestas en el cuerpo. Pero ya se comportaba como un grande, un consagrado. Con 17 años, tenía un contrato que le aseguraba el 30% de su pase avaluado en US$1.000.000 –aunque cuando se elevó a los 2,5 millones de euros, se redujo a un 16,6%– y se le comparaba con Marcelo Salas, su ídolo de la niñez. Cada cancha, escenario y pista de baile se hacían suyos cuando él estaba presente y todos disfrutaban al verlo. Pinigol era, y estaba convencido de ser, un fenómeno, una promesa; una verdadera figura.

Desde que era niño fue así. En su casa ya marcó la diferencia desde que nació: fue el único hijo hombre después de tres mujeres y lo mimaron como tal. Se sentía y era el rey de la casa. A los diez años ya tenía un Nintendo traído desde EE.UU. y una moto de cuatro ruedas. Cuando era más grande tuvo una sala de video, una mesa de pool, una casa con piscina y una pequeña cancha de fútbol en el patio. Además, su talento innato frente al arco rival lo hacía recibir el premio al goleador en cada campeonato que jugaba. De hecho, durante el año en que defendió la camiseta del club Magallanes sólo entrenó dos veces y salió premiado como el máximo artillero. Luego de eso, la “U” se lo llevó. En 15 días debutó con dos goles ante Colo Colo. Tenía 8 años, y desde entonces el paseo familiar de cada domingo fue ir a verlo adonde sea que Mauricio hiciera goles. Ricardo, su padre, cuenta que “con él fue como ganarme el Kino, la Polla y el Loto, todos los premios juntos”. Mauricio era la estrella de los Pinilla. Ya se empezaba a creer el cuento.

Mientras, todos le decían lo bueno que era, y a Mauricio eso le encantaba. En su casa, sus amigos, sus compañeros: todos loaban al muchacho de carácter fuerte y agrandado que hacía siempre lo que quería y llevaba las riendas de cada situación. Hasta el día de hoy es así. Gissella Gallardo, ex pareja de Mauricio, dice que “para ser su amigo hay que admirarlo. Le encanta que le digan todo el día lo seco que es y juntarse con pura gente que lo haga, y si no quieres hacer las cosas que él quiere hacer, chao, no eres más del grupo”. Todo eso hace que sea muy manipulador. Sebastián Morales es el mejor amigo de Mauricio desde los 7 años. Vive con él y le hace de todo: lo acompaña a los entrenamientos, le hace la cama, le cocina; a pesar de que Mauricio lo defina como “su perro faldero”.

Las filmadoras ya se apostaron en la sala de prensa del Caracol Azul y Mauricio Pinilla se sentó con sus piernas cruzadas detrás de los micrófonos y grabadoras, como quien se sienta en el living de su casa. “Cuando quieran”, les dice a los periodistas. Las preguntas comenzaron y sabía que serían sobre el último de sus grandes y famosos carretes. Su respuesta fue clara: “En mi día libre hago lo que se me pare el traste. Ojala que se empiecen a meter las cámaras en el culo, los hueones pesados”. Luego se paró y se fue. Taimado.

Antes de eso, todos esperaban que se subiera a su BMW gris plateado descapotable y se fuera sin decir nada. Pero él mismo se ofreció a hablar. En la noche saldría en las pantallas de Mega y dos días más tarde daría una entrevista sobre el tema a Lucho Jara. Para el concierto de Coldplay, Mauricio se fue justo por donde estaban los periodistas, sólo para que lo entrevistaran, y le ha dicho a su ex novia, Gissella, que vaya a programas de farándula para sólo hablar bien de él. Aunque diga que no es así, a Pinigol le es imposible resistirse a los encantos de una cámara.



Ídolo de exportación

39 partidos jugados, 20 goles, cientos de potes de crema, gel y shampoo, varias salidas con mujeres de la televisión y una imagen de metrosexual. Esas eran las cifras que se manejaban cuando el pase de Mauricio Pinilla, quien tenía 19 años, fue comprado por el Inter de Milán, de Italia. Antes de eso, muchas otras opciones de transferencia se habían visto frustradas. No había competido en ningún campeonato internacional y llevaba sólo un año jugando por el equipo titular de la Universidad de Chile, pero sentía que estaba listo. Se iría a hacer lo que él estaba seguro hace tiempo que cumpliría: jugar en Europa. Las esperanzas de todo el país estaban puestas sobre la promesa del fútbol nacional y las expectativas eran altísimas. Pinigol se sentía en las nubes, imparable: se había alzado hasta el sexto lugar del grupo de las 10 mejores transferencias de un chileno hacia el extranjero.

-El fútbol chileno me tiene apestado y quemé mi etapa en Chile -fue su frase de despedida.

Se esperaba que triunfara como Salas o Zamorano, pero no resultó como lo esperaba. Su paso por el viejo continente fue, más que nada, una seguidilla de escalas que no dejaron muy buenos recuerdos. Los primeros meses, Mauricio Pinilla se fue de préstamo al Chievo Verona, de la serie A italiana, y fue todo muy complicado. Sus padres se habían ofrecido a acompañarlo, pero él se negó y al hecho de que no manejaba el idioma y estaba solo, se le sumó lo poco y nada que jugó. Algunos dicen que incluso lloraba.

En enero de 2004 se fue al Celta de Vigo, donde tuvo unos inicios goleadores, pero no brilló. Pronto se trasladó al Sporting de Lisboa, donde le fue algo mejor. En Portugal jugó 19 partidos y convirtió cinco goles, recuperando de alguna manera la fama a la que se había acostumbrado en Chile. Quizás, el haber conocido a Gissella Gallardo y habérsela llevado a vivir con él, le ayudó a recuperar algo de su fútbol. Todos lo conocían y lo vitoreaban, pero eso se acabaría. Luego, tuvo un paso fugaz por el Racing de Santander, pero su mejor momento llegó en Escocia, en el Hearts, en la última oportunidad que se dio para triunfar en Europa después de un período de deambular sin equipo.

Al principio, fue todo maravilloso. El presidente del club lo pasaba a buscar para ir a los partidos y lo invitaba a comer, cosa que no hacía con ningún otro jugador. Además, jugaba. “Llegamos a Escocia y lo amaban –cuenta Gissella–. La hinchada le cantaba Pinigol, Pinigol y a él le encantaba. Después vino a Chile, a jugar por la selección, y se lesionó”. La “última oportunidad europea” de Mauricio se veía truncada.

A pesar de las malas campañas, atribuidas a lesiones, parrandas y depresión, Mauricio no era capaz de ir al supermercado porque no podía aceptar que la gente lo viera comprando. “Se sentía tan estrella que no podía ir al supermercado”, dice su ex novia. Además, su rutina de cada mañana era levantarse a tomar el desayuno que le preparaba su mujer, probarse la mejor de las tenidas e ir a entrenar. Es que el ambiente era el propicio para un eterno adicto a las boutiques y fanático de la facha como lo es Mauricio: los compañeros del Hearts competían por la ropa. Dolce & Gabana, Armani, Hugo Boss; cualquier prenda que no fuera de primera línea era colgada en la pizarra junto a una frase que molestara a su dueño. Joel Castañeda, un amigo de infancia de Mauricio, recuerda que “desde chico era súper fachero. Se preocupaba mucho por la pinta”, y la situación en Escocia era la excusa perfecta para salir y gastar en ropa: Mauricio jamás permitiría que su look y su estilo se pongan en cuestión.

Cada vez que venía a Chile, él se convertía en lo máximo, en el centro de atención de todas las miradas. A pesar de que sus actuaciones en tierras europeas no iban por buen camino, sus buenas presentaciones en la Selección de Juvenal Olmos, y posteriormente de Nelson Acosta, lo hacían asegurar que era “uno de los mejores jugadores de Chile”. Se sentía en su ambiente, en su hogar. Salir en todas las portadas de diarios y revistas, a carretes con incontables amigos y “amigas”, y recibir el acoso de todos los fanáticos a Mauricio le fascinaba. Una vez pensó en cambiar su BMW por un auto pequeño, normal. Probó por un tiempo con el auto de Gissella, pero no resultó. Extrañó las miradas y las detenciones por un autógrafo. No le gusta no ser reconocido.

Pero los meses sin jugar, las lesiones y la sequía de gol tendrían sus consecuencias. En enero de 2007 Mauricio llegaba a Chile junto a Gissella y su pequeña hija Agustina Paz. Ricardo Pinilla, su padre, cuenta que “se ha dicho que lo mandaron para acá, pero en Escocia no querían que se viniera. Le pedían por favor que se quedara, pero él no quiso”. La decisión de venir al país había surgido para tratar las recurrentes crisis de pánico y angustia que sufría Pinigol. Eso, y carretear.

El retorno de una estrella en crisis

Cuando los síntomas empezaron a manifestarse en Mauricio, Gissella se metió al mismo computador donde él revisa a diario todas las noticias relacionadas con los compañeros que ha tenido en cada club y las páginas de los mismos (así se siente en contacto con ellos). Lo que encontró en Internet era claro. “Transpiración en las manos, palpitaciones rápidas: salió crisis de ansiedad o de pánico”, recuerda. Cuando le dijo, él se puso como loco. No lo creía. Quizás, sentía que ninguna enfermedad podía tocarlo. Sólo después de un año fue al médico.

Taquicardias, sudor y unas ganas incontrolables de dejar el fútbol. Esto último no era extraño; Gissella cuenta que desde que lo conoció quería dejar el oficio, pero lo raro era que a eso se le sumaran los dos primeros síntomas. Al principio ocurría cada dos semanas. Luego, cada tres o cuatro meses. El alma de la fiesta se iba apagando. Después de los entrenamientos, Pinigol llegaba a acostarse y no salía de la cama en todo el día. El peor de sus ataques fue en junio de 2005, durante el matrimonio de la hermana de Gissella. Ese día, Mauricio estaba con muletas, ya que había sido operado por una lesión, y al ver a todos bailando y pasándolo bien solo desde una mesa, los síntomas volvieron. No podía respirar, taquicardia, sudor. Lo tuvieron que llevar a la casa, pero sólo empezó el tratamiento un año y medio después y en Chile.

Mauricio, ahora en el país, no era el único que estaba mal. A pesar de que no estaba entre sus planes pisar una cancha chilena, firmó contrato con la Universidad de Chile, club que, al igual que el jugador, está sumido en una de sus peores crisis. Actualmente, se encuentra en quiebra y atraviesa un proceso de licitación que tiene dos esperanzas de salvavidas: la primera es la conversión a sociedad anónima; Mauricio Pinilla cree ser la segunda. Eso ha pasado en cada uno de los clubes en que ha estado: Pinigol se convence de que es el salvador y en este caso se hizo mucho más difícil, ya que, como fue una decisión tan improvisada, el pase se demoró en llegar desde Milán. Pero finalmente arribó, la hinchada azul volvió a gritar Pinigol, Pinigol y la prensa de farándula se reencontró con su hijo pródigo, su blanco preferido.

Mauricio ha aprovechado esta vuelta a casa, aunque sólo sea momentánea. Desde que llegó ha vuelto a sonreír, ha avanzado en su tratamiento, le ha reaparecido el alma fiestera y sólo ha tenido una crisis de pánico después de un fin de semana de parranda, poker y ron en Rapel. Pero también le ha jugado en contra. Hace un mes, y después de una semana con sus amigos entre Viña del Mar y Buenos Aires, se separó de Gissella, los famosos programas de opinología lo empezaron a seguir con cámaras escondidas y el acoso mediático se le escapó, definitivamente, de las manos. Y todo esto a pesar de que Mauricio Pinilla es uno de sus más fieles auditores.

Los entrenamientos son una cosa normal. Dentro del plantel ya se acostumbraron a que Mauricio Pinilla es Mauricio Pinilla y a lo que eso conlleva. Waldo Ponce, compañero de equipo, dice que “la relación de Mauricio con sus compañeros es muy buena. Con el tema de la farándula, él ha manejado bien la cosa en el sentido de que mantiene la distancia entre las cosas del grupo y su vida privada”. Mientras, las cámaras deportivas apuntan a los jugadores entrenando en tanto esperan a Pinigol, y Felipe Avello, uno de los noteros más reconocidos dentro de la televisión farandulera, aguarda afuera del Caracol Azul a que salga el BMW de Mauricio para preguntarle si se ha tomado o no un par de cervezas y si ha salido con alguna modelo. La verdad, ¿a quién le importa?

Muchos dicen que cambió, que creció, que las experiencias en Europa y el nacimiento de su hija lo hicieron madurar. Otros que no, que es el mismo Mauro de siempre, que sigue carreteando de la misma manera que lo ha caracterizado y que lo va a seguir haciendo. El Dr. René Orozco dice simplemente que “hay que internarlo”. Suele conducir su BMW a 200 km/h, a pesar de tener su licencia vencida hace dos meses, y hacer cara pálida a los autos que van al lado cuando va en la carretera, pero cuando redebutó por Universidad de Chile, ante Ñublense, casi anotó un gol al minuto de haber ingresado al campo de juego. En su segundo partido, el domingo pasado, anotó el empate ante Palestino. Todos están de acuerdo en que le falta fútbol, pero ahora es el momento de dejarlo jugar. Negar que tiene talento es insensato y esperar a que recupere su nivel es cosa de tiempo. Mauricio Pinilla sabe –o por lo menos cree– que es capaz de todo. Ricardo, su padre, dice que “está obligado a demostrar que es el mejor”. Y puede ser que lo haga. Lo que es seguro es que las cámaras estarán ahí para registrarlo. Y que Mauricio no les hará el quite, sino que correrá a buscarlas. Como todo un superstar.

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