lunes, 8 de octubre de 2012

LAS REDES QUE EL POLI EXTENDIÓ EN CHILE PARA TRAFICAR INMIGRANTES HAITIANOS

A no ser por el paso en falso que dio el dominicano Luis Ramírez en el aeropuerto, al perseguir durante meses a “Viviana Rodríguez”, policía chilena, la banda que traficaba con ciudadanos haitianos no habría sido detectada. “Viviana” se convirtió en agente encubierta mientras un equipo especializado les seguía los pasos. En los últimos ocho meses todos ellos vieron cómo 17 haitianos fueron traídos a Chile con promesas de trabajo, a cambio de dinero, para luego ser abandonados a su suerte en la capital. Ramírez, quien se decía ex policía, y exhibía su placa; y su lugarteniente, el que aparecía como pastor evangélico, están en prisión preventiva.

Por Gustavo Villarrubia y Juan Pablo Figueroa




-Vea también: Así operan en Chile las redes de trata de personas para explotación laboral y sexual.


Cuesta entender por qué El Poli llamó desde su celular a “Viviana Rodríguez”. Eso ocurrió a fines de diciembre de 2011, y apenas la había visto una vez en el aeropuerto internacional de Santiago. Menos aún se explica que la haya seguido llamando durante meses para convencerla de que se juntaran a conversar. Y sobre todo, sabiendo que ella es policía. Los que lo conocen, saben que es un tipo amigable pero muy desconfiado. Que nunca usa las mismas rutas ni los mismos medios de transporte para llegar a su domicilio en Estación Central. Que a veces va en taxi, para luego bajarse en cualquier esquina y tomar el Metro y que después, sin razón aparente, sale de alguna estación –siempre una distinta– y se sube a una micro, cualquiera, la que esté en el paradero. Que cuando cree que lo siguen, se para frente a un ventanal para ver en el reflejo del vidrio a todos a su alrededor. Sus vecinos creían simplemente que era paranoico. Pero razones tenía suficientes para sentirse perseguido: desde que emigró de República Dominicana y se instaló legalmente en nuestro país, en diciembre del 2010, su negocio ha sido el tráfico de inmigrantes.

El verdadero nombre de El Poli es Luis Ramírez. Es corpulento, tiene 31 años, la tez morena y un cuento que le ha contado a todos los que ha conocido en Chile: que en su país formó parte de la Policía Nacional y que trabajaba en la ciudad fronteriza de Dajabon. De hecho, tiene una placa con su nombre y que disfruta mostrando a todos, a la vez que relata que fue por la cantidad de enemigos que hizo combatiendo a “las mafias” de tráfico de personas que huyó de República Dominicana. Dice que esas mafias contaminaban incluso a sus “colegas policías”. Por eso le dicen así: El Poli.

CIPER ha seguido su rastro desde hace meses porque él es cabecilla de una banda dedicada al ingreso de ciudadanos haitianos al país. Su nombre, o más bien su apodo, sonó por primera vez mientras investigábamos una red de “trata de personas” para la prostitución que operó durante nueve años en el corazón del barrio El Golf (Santiago). Y siguió sonando mientras reporteábamos los mecanismos que utilizan en Chile los grupos que ingresan inmigrantes para la explotación sexual y laboral. Ahora que cayó detenido junto a sus dos secuaces la noche del jueves 4 de octubre, publicamos la tercera y última parte de una serie que da cuenta de que “los coyotes” ya operan en Chile. Esta es la historia del dominicano que en tres meses ingresó a unas 17 personas al país y que luego de cobrarles –por lo menos– US$ 1.000 a cada uno y hospedarlos una noche en su casa, los abandonó a su suerte.


LA MUJER DEL AEROPUERTO

“Viviana Rodríguez” no se llama así. Le cambiamos el nombre para este reportaje porque después de conocer a El Poli, pasó a ser una policía encubierta. La primera vez que se vieron fue a fines del año pasado, en el Aeropuerto Arturo Merino Benítez. Allí, Rodríguez formaba parte del equipo del departamento de Extranjería de la Policía de Investigaciones (PDI) y se encargaba de perfilar a los pasajeros cuando los funcionarios de aduana encuentran algo extraño en su documentación. Una visa falsa o un pasaporte posiblemente adulterado, por ejemplo. Y en el último tiempo, ha sido testigo de cómo ha aumentado el arribo de gente víctima de la trata de personas, el delito tipificado en la Ley 20.507 que consiste en hacer entrar a alguien al país con fines de lucro. Muchos de ellos provienen de Haití, el país más pobre del continente.

Entre 2009 y 2011, según un estudio realizado por un grupo de analistas de la PDI , se registraron en Chile 3.427 movimientos migratorios de turistas haitianos. De ellos, 2.681 fueron de entrada. Sólo 746 volvieron a salir del territorio nacional. Para Emiliano Arias, fiscal jefe de la Fiscalía de Pudahuel, ese aumento en el flujo de inmigrantes desde Haití “es inusitado e injustificado, porque la gran mayoría de ellos no cumple con los requisitos para hacer turismo en Chile y es evidente que vienen con la idea de trabajar”. Si los ciudadanos haitianos –o de cualquier otra nacionalidad– llegaran con una visa tramitada que les permitiera desempeñarse en el mercado laboral, no habría problemas. Pero como muchos han arribado como turistas, sólo pueden estar en el país por tres meses y tienen vedado trabajar.

La cifra llegó a su punto peak en 2011, cuando de los 1.369 haitianos que llegaron, 1.056 se quedaron en el país, la mayoría sin regularizar su situación. Ese mismo año, se entregó el 50,7% del total de las visas a personas de esa nacionalidad en el último trienio. Ese aumento provocó que los controles migratorios se acrecentaran en el aeropuerto. A “Viviana Rodríguez” le tocó ser parte de ese proceso. Muchos inmigrantes haitianos han sido deportados por no contar con los documentos que acreditan un motivo razonable de visita. Otros han terminado por reconocer -en interrogatorios- que llegaron traídos por una persona que les cobró por ingresarlos bajo la promesa de un buen empleo y buena paga, algo escaso en su país de origen. Mientras que otros tantos, como el de aquella tarde de fines de diciembre de 2011, han logrado sortear los controles.

Entre ellos destaca la historia de A.R.S., quien ingresó a Chile el 22 de mayo de este año, después de haber vendido su casa en Haití para pagar a El Poli, el que le prometió en Chile un trabajo para alimentar a sus hijos en Haití. Una noche después de su llegada, la mujer fue abandonada en la misma Estación Central.


UN POLICIA HACIENDO NEGOCIOS

Faltaba poco para celebrar las fiestas de fin de año cuando a Rodríguez le tocó revisar los papeles de un inmigrante haitiano que decía venir como turista. Le contó que un familiar lo esperaba afuera. El hombre estaba nervioso. La mujer le preguntó dónde se hospedaría mientras miraba su pasaporte. Él decía que en la casa de su familiar. Le preguntó entonces cómo se llamaba su familiar y dónde vivía. Él dudo un momento y no supo bien qué responder. El hombre sudaba y su voz parecía temblar. Para Rodríguez, como el resto del equipo especializado de Extranjería de la PDI que trabaja en el aeropuerto, era una clara señal de que algo extraño escondía. Lo dejó pasar, pero lo acompañó hasta la salida del aeropuerto. Ahí estaba Luis Ramírez, El Poli. Fue la primera vez que ambos se vieron.

El Poli se presentó con su acento dominicano ante Rodríguez y le dijo que era un policía del país centroamericano radicado en Chile y que el hombre que había escoltado hasta la salida efectivamente era su amigo. Como también le mostró unos papeles que parecían estar en orden, e incluso su placa de la Policía Nacional, Rodríguez los dejo ir. Al parecer, se había equivocado y el hombre sí era un turista.

Días después, la funcionaria de la PDI recibió una llamada. Era El Poli y le decía que quería hablar con ella. “Viviana Rodríguez” le preguntó sobre qué, pero no obtuvo respuesta. Sólo le dijo que quería conversar. Durante varios días, semanas, meses, Rodríguez siguió recibiendo llamadas de su supuesto colega dominicano invitándole a charlar un rato, pero ella lo evadía. CIPER no pudo determinar si en algún momento se reunieron o no, pero si que las llamadas se hicieron más intensas por parte de quien decía ser policía dominicano. Para la funcionaria de la PDI, esto se había vuelto un incordio, sobre todo, la insistencia de querer juntarse. Especialmente cuando ese mismo mes, El Poli le dijo que quería juntarse con ella afuera del aeropuerto. Ella volvió a preguntar para qué. Pero esa vez –cuesta entender por qué– le respondió que quería pedirle ayuda para ingresar a Chile a más personas de Haití. Y le ofreció una parte del negocio: US$ 400 por cada uno.


LA BANDA DEL POLICÍA Y EL PASTOR

Ese último contacto selló la suerte tanto del dominicano como de la policía del aeropuerto. Rodríguez lo conversó con su superior y, después de poner el 14 de marzo una denuncia ante el Ministerio Público por posible trata de personas (ante el Fiscal Emiliano Arias), El Poli pasó a ser objeto de una investigación a cargo del Equipo Especializado de Trabajo para la Investigación Policial de Tráfico de Personas. Una división de la PDI que se creó en septiembre de 2010 después de que se detectara en Chile una red de trata de ciudadanos pakistaníes, que terminó en condena y expulsión de los delincuentes.

La orden que recibió “Viviana Rodríguez” fue precisa: juntarse ese mismo día con El Poli y aceptar su oferta. Desde entonces (marzo), Rodríguez pasó a ser una agente encubierta en la red de El Poli, quien le pasó durante estos ocho meses US$ 400 por cada haitiano ingresado de forma irregular al país. En total, recibió US$ 6.400.

El primer “cargamento” de dos haitianos encargado por El Poli y coordinado en el aeropuerto por Rodríguez, llegó el 15 de marzo, un día después de que la PDI comenzara a investigar. Una de los pasajeros era una mujer de iniciales G.S.L. El otro era Cedanus Dorvil, El Pastor, un hombre moreno de 34 años y una contextura gruesa para sus 1,65 metros de estatura. Ambos pasaron sin problemas por el control de aduanas, aunque Rodríguez recibió paga sólo por uno, por la mujer.

Al principio, Rodríguez no sabía por qué. Eran dos personas y sólo US$ 400, la mitad de lo acordado. Pero la explicación era sencilla: Dorvil era pastor de una iglesia evangélica de Haití y tenía papeles en regla para entrar a Chile. Por eso le dicen así: El Pastor. Además, no era cualquier inmigrante: apenas llegó y se instaló en una casa en Pedro Aguirre Cerda, se sumó al lucrativo negocio de importar inmigrantes desde su país.

El rol de El Pastor en la estructura del tráfico armada por Luis Ramírez, era la de enviar las invitaciones para que los inmigrantes pudieran ingresar sin problemas. Lo hacía con un timbre de una iglesia evangélica de Santiago, aunque fuentes consultadas por CIPER en la Iglesia Evangélica Chilena indican que nunca nadie de ahí lo conoció.

Cinco días después llegó otro hombre desde Haití con una invitación para quedarse en una casa de Cerrillos. El 29 de marzo, fue el turno de una mujer que se hospedaría en Estación Central. Al mes siguiente llegaron cuatro vuelos con siete nuevos inmigrantes: cuatro hombres y tres mujeres. Por cada uno de ellos, Rodríguez recibió su paga, siempre pagada en dólares americanos.

Entre las personas que el dominicano y El Pastor trajeron en abril, había una mujer que llegó con un niño pequeño. Fue el primer error del supuesto policía dominicano, lo que le significó una reprimenda por parte de Rodríguez.

-En esa oportunidad se les prohibió el ingreso a la mujer y al pequeño. Por la documentación parecía saberse que se trataba de su madre, pero no había cómo probarlo. Los dos fueron deportados a su país –cuenta a CIPER el inspector Mauricio Luque, encargado de las diligencias para desarmar la red del El Poli.

Pero la PDI sí permitió la entrada de una menor. Las dos mujeres que ingresaron el 28 de abril eran madre e hija. La segunda tenía sólo 17 años. Según Luque, la dejaron pasar como parte de la investigación, “ya que aún no se determinaba con certeza con cuántas personas estaban actuando y cuál era el fin de estos ingresos. Tampoco si podía estar detrás de un tráfico de menores”.


UN TERCERO EN LA PANDILLA

En mayo, El Poli y El Pastor ingresaron a tres personas más: dos mujeres y un hombre. Y en junio, fueron otros cuatro: tres hombres y una mujer. Al igual que los que habían llegado antes, todos ellos cumplieron el mismo ritual: al pasar por la Aduana presentaron el papel con la invitación que habían recibido de distintas personas en Chile para hospedarse en diferentes domicilios y, al salir del aeropuerto, se reunían con El Poli y le entregaban los US$ 1.000 acordados en un sobre que decía “Diezmo” y que tenía el logo de una iglesia evangélica de República Dominicana.

Hecho eso, el dominicano y los recién llegados subían al auto patente YS4331, y partían hacia la casa del dominicano en Estación Central. Allí pasaban su primera noche en el país. Al despertar, tenían que partir y eran abandonados en algún lugar de la capital. Sin hablar el idioma, sin saber con certeza dónde estaban y ya sin dinero, quedaban a su propia suerte. Ya no eran problema de El Poli.

En el cargamento que ingresó el 4 de junio, cuando llegó el ciudadano haitiano de iniciales B.M., apareció un tercer hombre en la organización: Jean Blendy Mahotiere, también originario de Haití y domiciliado en Pedro Aguirre Cerda. Su inclusión como escolta y brazo operativo de la banda, fue producto de una negociación: si no lo incluían, iría a la policía y denunciaría a los dos miembros originales.


LA CAÍDA DE LOS TRAFICANTES DE HAITIANOS

En total, fueron 17 personas las que la banda de El Poli logró ingresar al país en ocho meses. Pero eso es sólo lo que la policía detectó por el control fronterizo del Aeropuerto Internacional de Santiago. Porque existen fundadas sospechas de que por la frontera norte, el mismo grupo de traficantes de personas también hacía su negocio ingresando inmigrantes con contratos de trabajo falsificados. En todo ese tiempo, el seguimiento que hizo la PDI logró acreditar cómo operaba la banda, lo que permitió que se emitieran órdenes de detención en contra de los tres implicados. El operativo inicial para hacerlos caer estaba contemplado para el martes 2 de octubre, cuando estaba previsto el ingreso a Chile del inmigrante número 18. Todo estaba listo, pero esa vez, extrañamente, El Poli no llegó al aeropuerto. El operativo se debió cancelar.

Según investigó CIPER, lo único fuera de libreto que se hizo ese martes 2 de octubre, fue una visita al consulado de República Dominicana en Santiago, en donde se consultó por los antecedentes que esa delegación tenía sobre el ciudadano dominicano Luis Ramírez.

Para entonces, el grupo de policías de la PDI ya tenía identificado el paradero de los tres miembros de la red de tráfico de personas y también el de cada una de las personas que lograron ingresar al país. Algunos están trabajando en ferias y la mayoría en servicios domésticos. Ante el temor de que el dominicano Luis Ramírez (El Poli) hubiera sido alertado de su inminente aprehensión, la policía decidió apurar el cierre. En allanamientos simultáneos a cinco domicilios -dos en Estación Central, dos en Pedro Aguirre Cerda y el último en San Bernardo- fueron detenidos dos de los cabecillas de la banda y tres inmigrantes en situación irregular: un haitiano, un peruano y un ciudadano colombiano. Pero del jefe, no se encontró rastro.

Horas más tarde, Luis Ramírez fue detectado en la vía pública, en la intersección de Américo Vespucio con Vicuña Mackenna. Fue detenido y en su poder se encontraron varios documentos de identidad chilenos y dominicanos y su famosa placa que lo acreditaba como policía dominicano y que por cierto, era falsa. En su domicilio se le incautaron varios pasajes de la aerolínea COPA que estaban listos para ser utilizados.

El viernes 5 de octubre Luis Ramírez (El Poli), Cedanus Dorvil (El Pastor) y Jean Blendy Mahotiere, quedaron en prisión preventiva. La jueza de garantía le otorgó al fiscal Emiliano Arias, 60 días para completar la investigación. Con la nueva ley que sanciona en Chile el delito de tráfico de personas con fines de lucro, el trío arriesga una condena que va entre tres años y un día y 10 años.

La Fiscalía solicitará en los próximos días que a los haitianos internados ilegalmente a Chile se les regularice la situación y se les pregunte si desean permanecer en Chile. “Son personas en situación de extrema vulnerabilidad sicológica y económica. Es una brutalidad lo que han hecho con ellos”, dijo el fiscal Emiliano Arias.


Publicado originalmente en CIPER (5/10/2012)

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