jueves, 15 de diciembre de 2011

EL SANTIAGO MÁS BRAVO: LAS ZONAS SIN LEY EN EL PARAÍSO DE LATINOAMÉRICA

La última edición de la revista latinoamericana Distintas Latitudes nada tiene que ver con renos, nieve, regalos ni el Viejo Pascuero. Porque la realidad de la región es harto más cruda. En cambio habla de armas, narcos, violencia, desconfianzas y abandonos en las diferentes ciudades del continente. Entre los barrios bravos de América Latina, Santiago no suele figurar. Porque es supuestamente una de las mejores ciudades para vivir: una imagen tan falsa como la nieve en los árboles de Navidad en un diciembre caluroso y seco. Me pidieron que les contara sobre ese Santiago que no se ve y no aparece en los rankings; ese que descubrí investigando para CIPER en 2009 sobre las Zonas Ocupadas. Santiago puede ser muy bravo.




El hijo de Raquel se fue hace unos cuatro años de la Villa Lago Puyehue. Ella no quiere decir a dónde ni por qué. Sólo cuenta que no puede volver después de ese día, cuando Los Guarenes, los dueños de las drogas y las armas en esa zona, lo sacaron de su casa a punta de balazos y lo persiguieron por cuadras hasta que simplemente desapareció. Desde entonces, nunca más se le ha visto por allí. El primer disparo sonó justo frente a la casa de Raquel. Quedó una marca en la pared, aunque fue sólo la primera, porque recuerdos de balas hay muchos en su casa. La madre recuerda que esa tarde fueron cerca de 40 las balas, aunque asegura que eran tantos los disparos que pensaba que habían sido más. Pero sabe cuántos fueron porque 40 eran los casquillos que encontró después tirados en la acera, junto a los autos estacionados y bajo ese árbol que da sombra los días de calor y que parecería un lugar tan perfecto para sentarse un rato a relajarse, quizás a tomar un vaso de jugo y jugar dominó con los vecinos, si no fuera porque en cualquier minuto pueden llegar de nuevo disparando. Su hijo tuvo suerte y salió ileso. Pero sabe que si vuelve, si llegara a cometer la estupidez de asomarse de nuevo por esas calles, es hombre muerto.

-Estas villas son como un pueblo aparte. Y el sector Santo Tomás es uno sin ley –dice Raquel, que no se llama Raquel, pero me pide que la llame así porque sabe que si habla conmigo, corre peligro.

La Villa Lago Puyehue es una de las 26 poblaciones que conforman el sector Santo Tomás en la comuna de La Pintana, al sur de Santiago, una zona donde la ley la imponen las armas de Los Guarenes, Los Cabros Chicos y La Traviatta, las tres bandas narco que se disputan el control del territorio. Atrás de la casa de Raquel hay un enorme sitio eriazo con pastizales secos y toneladas de basura y escombros que nadie se ha preocupado de recoger. Allí es donde por las noches violan, asaltan y desmantelan autos robados. Hay también una cancha de fútbol donde antes se organizaban campeonatos y jugaban los niños, pero ya no: hoy es sólo un lugar de encuentro para beber y drogarse y, a veces –más de las que Raquel quisiera-, un campo de batalla.

Raquel y sus más de 1.600 vecinos están condenados. Viven en una zona donde lo único que conocen del Estado es su completa ausencia. En las cercanías hay un solo supermercado que fue saqueado por completo el mismo día en que se inauguró. Por eso hoy está completamente enrejado y fuertemente custodiado por cuatro guardias de seguridad. No hay farmacias, bancos, centros de pago, restaurantes, comisarías, consultorios, escuelas ni nada. La locomoción colectiva apenas pasa cerca. Las cartas no llegan a sus casas porque los carteros temen ingresar. Lo mismo pasa con los técnicos de la luz o del agua. Tampoco llegan ambulancias ni bomberos ni policías.

Lo mismo dice José Ponce que ocurre en La Chimba, una población en la comuna de Conchalí, en el norte de la capital chilena. Pilar Acevedo, de la población Francisco Coloane, asegura que ni ella ni sus vecinos salen de sus casas con la certeza de volver vivos y que a veces, las balas perdidas ni siquiera se toman la molestia de esperar a que se asomen a la calle, que pueden entrar por una ventana y atravesarle la cabeza a alguien mientras ve televisión. En la población La Legua Emergencia los narco ya son toda una institución y allí no se mueve ni una hoja sin que ellos lo sepan –y lo permitan-. En la población Yungay, donde Sergio Robles me dio un tour, en cada esquina hay murales y animitas que recuerdan que tanto allí como en muchas otras zonas de Santiago, la sangre corre cuando te metes con el tipo equivocado.


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Hace sólo unas semanas un estudio internacional de la consultora Mercer situó a Santiago entre las 100 ciudades del mundo con mejor calidad de vida. En el continente, sólo la superan Pointe a Pitre (Guadalupe), San Juan (Puerto Rico), Montevideo (Uruguay) y Buenos Aires (Argentina). Desde hace ya varios años que la capital de Chile figura en esos rankings como una de las mejores urbes para vivir y hacer negocios en América Latina y para muchos es como un paraíso. No existen aún cárteles tan fuertes y peligrosos como en México o Centroamérica y los niveles de corrupción aparecen entre los más bajos de la región. Su estabilidad economía y política también ha ayudado a que analistas la consideren un oasis.

Pero ninguno de esos estudios considera a los cerca de 100 ghettos donde reside más del 10% de la población de Santiago. Son una mayoría de trabajadores, estudiantes y dueñas de casa que se han visto obligados a sobrevivir bajo las reglas de unos pocos que se han adueñado de los territorios y han hecho desaparecer la estructura social de las calles. En zonas como esas, donde los niños aprenden a hablar con canciones sobre drogas, donde hay más licorerías que almacenes, donde los cables con zapatillas colgando te indican a qué calles puedes entrar y a cuáles no y donde se habla de balas y muertos con una naturalidad que inquieta, según Raquel, “sólo queda sobrevivir con cautela”.


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-Te voy a acompañar, porque si te ven solo, no vas a durar mucho –me dijo Ingrid cuando salía de la reunión de más de tres horas que tuve con ella y un grupo de vecinos en la población Cuatro de Septiembre, en la comuna de El Bosque.

Antes de eso, ya la habían llamado por celular para decirle que tuviera cuidado, que ya todos sabían que un extraño había llegado a la población a preguntar cosas que algunos no quieren que se sepan. Cosas como que en el Pasaje 28 están las casas más lindas, los autos más lujosos, los principales narco del sector, los amos de esas calles. Por eso ella temía por mi seguridad. Yo sentía ese temor hace rato, y se había acrecentado mientras veía por la ventana que se hacía de noche. Afuera, ya en cada esquina había un tipo armado repartiendo paquetes de pasta base, cocaína y marihuana prensada como quien reparte afiches en la calle. En las aceras, decenas de adolescentes fumaban lo que recién habían comprado, algunos con la plata que se hicieron asaltando en algún sector más acomodado de Santiago. Para todos ellos era algo tan normal, tan de todos los días. Algo que pueden hacer tan impunemente que ni siquiera se movieron u ocultaron cuando pasó ese carro policial, rápido y sin detenerse. Su presencia resultaba tan intimidante como la de una niña en un triciclo.
Para cuando esa noche de mayo de 2009 Ingrid me dijo que me acompañaría hasta el paradero de buses más cercano porque si no lo hacía me “comerían vivo”, ya llevaba cerca de cuatro meses investigando para CIPER las condiciones de vida en las zonas más peligrosas y abandonadas de Santiago. Visitando las distintas villas y poblaciones, conversando con sus habitantes, configurando el mapa de aquellas donde más se refleja el olvido de un Estado que le ha negado el acceso a los servicios y a una calidad de vida medianamente aceptable. Dos meses después, publicamos el reportaje: se tituló Vivir y/o morir en una zona ocupada de Santiago.

Sólo en la capital logramos determinar que al menos unas 80 villas caben bajo esa categoría, la de los ghettos. Son cerca de 700 mil personas que viven hacinadas, presas de sus propios miedos y con una regla básica que les asegura, hasta cierto punto, su supervivencia: no confiar en nadie. Fue el primer mapa que se realizó en Chile que situaba geográficamente no sólo las zonas más violentas, sino que también las más vulnerables de una sociedad que a diario se tapa los ojos y hace como si eso no existiera, como si esa realidad fuera la de otro país, otro mundo. Por eso el mapa fue recogido por distintas instituciones gubernamentales, como el Ministerio de Vivienda o el Metro. Por primera vez tenían un instrumento que graficaba la real situación de miles de chilenos que han sido víctimas de una política que expulsó hacia las periferias a la población más vulnerable, ocultándola de aquellos que no quieren verla, dejándolas a su propia suerte.

Desde entonces poco o nada ha cambiado la situación. Y ya no es un tema sólo de la capital. A partir de nuestra investigación, el estudio de arquitectos Atisba elaboró un catastro de los ghettos en todo Chile. Su trabajo vino a refrendar lo que ya habíamos descubierto: “A más de 30 años de su creación, la política de vivienda social basada en el subsidio a la demanda ha logrado cubrir gran parte del déficit habitacional de las familias más vulnerables de Chile. Sin embargo, y como ocurre con la educación, han aparecido nuevos problemas vinculados con la mala calidad de las soluciones entregadas y sobre todo, con su localización geográfica periférica y segregada”.

Hay estudios que indican que en Chile, mientras hay unos pocos que viven en las mismas condiciones a como si estuvieran en Noruega, hay otros tantos que viven como si estuvieran en el Congo. Definitivamente, los de las zonas ocupadas son los del Congo.


Publicado originalmente en Distintas Latitudes (12/12/2011)

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