lunes, 14 de febrero de 2011

AQUÍ NO NOS MATAN POR SER PERIODISTAS (PERO A VECES NOS CENSURAN)



Esta es una crónica o acaso una columna sobre lo que creo que es hacer periodismo en Chile. De lo bueno y lo malo. Las facilidades y dificultades. Este mes, la revista de reflexiones latinoamericanas Distintas Latitudes publicó una serie de artículos y crónicas que grafican la situación actual del periodismo en el continente. Hay experiencias de Cuba, Venezuela, México, Argentina, Los Ángeles. Este texto fue mi aporte sobre lo que pasa en Chile, un oasis si nos comparamos con algunos de los mencionados. Al menos aquí no nos jugamos el pellejo cuando salimos a trabajar. 



A medida que nos hablaba, de cierta forma, nos sentíamos empequeñecidos. Ella era –y sigue siendo– una reportera en una revista mexicana que se dedica a investigar la guerra contra el narco y la violencia de los cárteles en ese país. Da lo mismo su nombre, pero lo que contaba es algo que, al menos por ahora, no se ve en este lado del planeta. Que de una camioneta había salido una ráfaga de balas directo a la sala de redacción de un pequeño periódico hace sólo unas semanas. Que muchos de sus colegas tenían en sus hojas de vida varias amenazas de muerte. Que a otros tantos les llegaba una comisión mensual para evitar tocar en sus artículos ciertos temas y a ciertas personas. Que muchos habían hecho caso omiso a esas amenazas o rechazado esos sobres con dinero. Que algunos ni siquiera están vivos para contarlo.
Decir de nuevo que la situación en México es crítica para ejercer un periodismo serio, ese que molesta a autoridades y poderosos, puede sonar repetitivo. Pero si a eso le sumo lo que también he conversado con colegas de otros países de Sud y Centroamérica, es difícil no sentir a ratos que lo que uno hace es, de algún modo, jugar a ser periodista. En Chile no arriesgamos la vida cada vez que salimos a reportear. No nos topamos con enormes cárteles de droga que han permeado cada una de las instituciones de la estructura cívica ni con pandillas organizadas que ya parecen corporaciones ni con guerrilleros y sus secuestrados ocultos en las montañas ni con dictadorcillos que han hecho de todo para desmenuzar a los medios de comunicación ni con nada de eso. Algo de aquello tuvimos en el pasado y no descarto que en el futuro vuelva a pasar (toco madera, sólo por si acaso), pero ahora no. En este rincón del sur del continente, vivimos en una especie de oasis, si lo comparamos con lo que ocurre en México, El Salvador, Honduras u otros países donde el periodismo se ha convertido en una profesión –u oficio, no voy a entrar en esa discusión ahora- de alto riesgo.
Sí me ha tocado pasar miedos. Como cuando investigaba para CIPER cómo se vive en las zonas más peligrosas de Santiago -sí, en Chile también hay ghettos-, esas donde ni las policías se atreven a ingresar, y me tocó atravesar casi a la medianoche una larga calle donde la droga se transaba en cada esquina como si se tratara de panfletos que se entregan en una campaña política. Allí, cada uno de los que la entregaba portaba un arma bajo sus ropas para defender su cuadra y no eran pocos los rincones que con murales y pequeños templos con velas recordaban que ahí la sangre corre cuando te metes con el tipo equivocado. Y como ocurre en esas zonas, desde que puse un pie en el sector, ya todos sabían que un extraño merodeaba. O cuando conté la historia de un ex detective y actual empresario de la seguridad privada que callaba cualquier problema con torturas y amenazas de muerte, incluso a sus mismos empleados. Pero afortunadamente fue sólo el susto y no pasó nada. Aquí, por suerte, tenemos instituciones fuertes.
Desde 2001 existe una Ley de Prensa que regula y protege el ejercicio del periodismo y desde 2009 la Ley de Transparencia nos ha abierto el camino para acceder a información pública, creando una estructura que favorece y fortalece la libertad de expresión en el país. Creo que son parte de las medicinas para curar 17 años de dictadura y desinformación. Claro que con todo esto no quiero decir ni dar a entender que Chile sea un paraíso y que tengamos todo resuelto. Si fuera así, nuestro trabajo quizás sería innecesario y realmente jugaríamos a hacer periodismo. Pero lo cierto es que tampoco estamos para juegos.
Hace unos meses –si no un par de años, no lo recuerdo muy bien–, Elena Varela, una documentalista que trabajaba en un proyecto sobre el “conflicto mapuche”, fue apresada por una supuesta asociación ilícita y todo su material confiscado. La disputa por tierras que los mapuche reclaman como propias es uno de los problemas más fuertes que hay en el país, con protestas en varios casos violentas –según algunos, hay grupos vinculados con las FARC y ETA- en el sur de Chile e incluso muertos en las represalias de las policías. No me voy a poner a explicar los detalles del tema mapuche ahora -ya habrá otro momento para hacerlo-, pero el caso de Varela resulta emblemático para graficar cómo algunos temas sensibles siguen siendo censurados en Chile.
Dos días atrás conversaba con un amigo, otro documentalista que trabajaba en la misma zona en un proyecto sobre los abusos a esa etnia, y me contaba cómo cada vez que salía a grabar algunos policías encubiertos lo seguían y que incluso interrogaban a sus fuentes para saber cuáles eran sus intenciones. Que cuando ellos descubrieron que los enfocaban, los amedrentaron con el gesto universal y siempre persuasivo de mostrarle sus armas. No es lo común, pero estos casos extremos aún ocurren.
El problema para los periodistas está en la cabida que tienen estos temas en la parrilla de información. Lo que ocurre en la zona del conflicto mapuche o incluso en esas áreas urbanas periféricas donde me tocó investigar prácticamente no son noticia si es que no hay violencia de por medio. Pareciera que no son temas importantes si no hay un muerto, un herido o un enfrentamiento con la policía. Generalmente, resultan siendo los mapuche y los habitantes de las poblaciones los malos, los peligrosos. Suele haber cierta estigmatización de ellos. El año pasado, lo de la huelga de hambre de los mapuche presos por acusaciones no probadas de terrorismo sólo fueron noticia cuando ya llevaban más de un mes sin comer ni beber agua y sólo porque las redes sociales hicieron que la omisión del tema fuera insostenible. Parte del problema, a mi juicio, está en la concentración de medios y en el foco que le dan a las noticias.
La prensa escrita en Chile está manejada casi en su totalidad por dos grandes conglomerados: El Mercurio y Copesa. Ambos son de corte conservador, controlan la mayoría de los diarios tanto de circulación nacional como regional y, por lo mismo, gran parte la información que fluye por el país. No es tan sesgada como hace algunos años, pero siguen siendo la principal ventana para que la población se informe (además de los canales de televisión, que sin estar concentrados, sufren del mismo mal). Los pequeños medios que han surgido como respuesta a la necesidad de mayor pluralismo en su mayoría han muerto después de unos pocos meses de circulación. Entonces allí hay quizás, un tema político y a lo mejor social. Pero la libertad que tenemos los periodistas para ejercer nuestro trabajo no sólo se ve restringida por esos motivos, sino también –y la mayoría de las veces- por un tema económico.
He tenido la suerte de que no me ha pasado, pero he sabido de varios amigos y colegas que han reporteado algún tema y que, cuando está listo, no se publica. A veces, la explicación es que tal persona llamó al editor o al director. Y no es que haya plata de por medio. No hay sobres ni maletines llenos de dinero. Es influencia. O porque al avisador le incomoda. Hace sólo unas semanas el Consejo Nacional de Televisión recibió una denuncia de un espectador porque durante los meses que duró la huelga de los trabajadores de Farmacias Ahumada, una de las cadenas de farmacias más importantes del país, en ningún noticiario de ningún canal se informó sobre ello. Y en los diarios tampoco. Era como si no estuviera pasando. Pero el motivo estaba claro: Farmacias Ahumada publica su publicidad en casi todos los medios. Lo mismo ocurre con algunas grandes tiendas y grandes empresarios. Muchos de ellos resultan intocables.

El año pasado una amiga me invitó a dictar una clase a estudiantes de primer año de periodismo. Cuando llegué, me pude dar cuenta de que casi todos estaban convencidos de que esas serían las reglas bajo las que se verían condenados a trabajar. Estaban convencidos de que la censura en los medios era algo catastrófico y que no había vuelta atrás. De que siempre las presiones, ya sean políticas o económicas, coartarían nuestra labor. La verdad, me sorprendí. Estoy lejos de ser uno de esos fatalistas que creen que todo está perdido. Existen varios medios, la mayoría online, que están rompiendo esa concentración y visión casi homogénea que presentan los medios tradicionales. Soy un convencido de que los problemas del periodismo son los mismos que existen en la estructura de las sociedades. Por lo mismo, no me arrepiento de no haber seguido con esa idea ingenua que tenía cuando niño de ser médico y que se me pasó cuando descubrí que ni los bisturíes ni la biología ni el estudio eran lo mío. El periodismo es una herramienta potente para superar esos problemas. Yo lo veo como un frente de batalla que precisamente sirve para superar esos problemas sociales. Siempre habrá cierto nivel de censura y los poderes seguirán tratando de mantener sus intereses. Pero la gracia es romper con eso, ¿no? Si hay trabas, habrá que romperlas. A veces pienso que así es más interesante.
Publicado originalmente en Distintas Latitudes (14/2/2011)

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