miércoles, 12 de noviembre de 2008

MUERTOS DE NADIE (I): ABANDONADOS EN EL SERVICIO MÉDICO LEGAL

Nadie los reclama. Y ni siquiera existe alguien que lleve el registro de cuántos cuerpos se acumulan en las dependencias del Servicio Médico Legal de todo el país esperando ser identificados o que alguien los sepulte. CIPER descubrió que al 14 de octubre, sólo en Santiago había 77 chilenos muertos abandonados, algunos incluso desde 2001. Otros doce cuerpos fueron enterrados en abril en el Cementerio General, ya identificados, pero abandonados. Reconstruimos algunas de sus historias para desentrañar el misterio de la última soledad. Como la de Jaime Cifuentes, a cuyos familiares debimos informarles de su muerte porque nadie se dio el trabajo de ubicarlos.

Los perros del barrio me delatan mientras me aproximo a la puerta de la casa. Sólo ayer llegué hasta esta misma puerta buscando a la madre de Jaime Cifuentes Salazar. Pero ella no me quiso hablar. Dijo que no creía lo que yo le anunciaba, que volviera al día siguiente con documentos y le contara cómo sucedió. Eso hago. Golpeo. Los perros me siguen ladrando. Ella se asoma.

Apenas entro a su casa me ofrece asiento y un vaso de jugo. Me lo entrega, se sienta en una mecedora y empieza a mirarme. Le hablo del calor, de lo linda que es su nieta que juega en un rincón. Su mirada transmite ansiedad y nerviosismo. Supongo que la mía también. En sus ojos hay también algo de miedo. Sentada, espera que le diga lo que probablemente no quiere escuchar.

¿Cómo decirle que Jaime Cifuentes Salazar murió hace más de un año, que estuvo 10 meses en el Servicio Médico Legal (SML), que lo autopsiaron, que lo diseccionaron unos estudiantes, que nadie se preocupó de avisarle, que nadie lo reclamó, que se deshicieron de él por “un tema sanitario y de espacio” y que cuando lo enterraron junto a otros 12 cuerpos nadie lo acompañó?

“Señora, su hijo está muerto”

La madre sigue allí sentada esperando. Y mientras la miro y ordeno una vez más la cronología de lo que ocurrió con su hijo, me doy cuenta de que otras mujeres pueden estar como ella: preguntándose dónde estará su hijo, su padre o su hermano, sin tener idea de que llevan días, meses y hasta años, muertos.

De las cerca de 85.500 muertes que ocurren al año en Chile según las cifras del Registro Civil, alrededor de 10.500 van a parar a las salas de autopsia del SML. Pero no hay estadísticas que hablen de la cantidad de cuerpos que esperan que alguien los reclame. Solamente en Santiago, al 14 de octubre había 77: de ellos, 28 identificados y 35 no reconocidos aún. Las cifras del resto del país comenzaron a recopilarse sólo después de que CIPER las solicitó y hasta hoy sólo han respondido 8 de los 37 SML provinciales.

Pero a la mamá de Jaime Cifuentes no le interesa todo eso. Ella quiere saber qué pasó con el menor de sus hijos, al que llamaban Junior. Y ahí está, sentada y esperando que yo se lo diga.

Saco de mi bolso los documentos: un artículo de un diario, una copia del informe de su autopsia, su registro en Dicom, su certificado de defunción… Y bebo un sorbo de jugo.

Le cuento que el nombre de Jaime apareció en un pequeño artículo publicado en El Mercurio el 10 de abril de este año, que hablaba de un entierro múltiple en el Cementerio General. El día anterior, 13 cuerpos llegaron hasta allí desde el SML de Santiago luego de pasar casi todo el 2007 sin ser reclamados. El más antiguo está ahí desde el 2001. Doce de ellos fueron identificados. Jaime estaba en esa nómina. Le explico que todos los cuerpos que ingresan tienen tres factores en común: tuvieron muertes imprevistas o violentas, sus decesos no han podido ser certificados y llegaron al SML por orden de un fiscal que investiga si hubo o no delito en sus muertes.

Ella escucha con atención sin dejar de mirarme.

También le digo que los cadáveres llegan en una camioneta del SML desde la calle, un hospital o una casa. Que pueden estar vestidos o desnudos. Que puede ser una anciana que sufrió un paro cardíaco, un joven que protagonizó una riña o un hombre que bebió hasta morir. Y que pueden entrar identificados o caratulados como N.N. Que luego pueden ser reclamados o quedar abandonados.

Que eso último fue lo que le ocurrió a su hijo.

Nadie los reclama

En promedio, el SML de Santiago recibe 10 cuerpos diariamente. Muchos permanecen allí hasta tres días, aunque en general sólo pasan 24 horas antes de salir por la puerta de avenida La Paz, donde sus familiares los esperan. Al llegar se ve a grupos de mujeres que lloran y se abrazan mientras algunos hombres caminan de un lado a otro y otros más jóvenes, con muecas de impaciencia, fuman uno, dos, tres cigarrillos. También hay unos pocos niños que corretean sin entender mucho lo que ocurre. Todos esperan a la víctima de un accidente, una enfermedad o un asesinato, para poder cumplir con el rito atávico de enterrar a los suyos.

Pero Jaime Cifuentes no tuvo un funeral ritual. Murió en un accidente el 2 de junio de 2007 y su cuerpo permaneció 10 meses en una cámara del SML, refrigerado a -4ºC, el sitio destinado a los muertos que nadie quiere y donde sólo hay lugar para 112 cuerpos. De los 77 que permanecían hasta el 14 de octubre en las cámaras del SML sin ser reclamados, el que llevaba más tiempo llegó hace siete años. El último llevaba sólo unas horas esperando.

Según el artículo 139 del Código Sanitario, “ningún cadáver podrá permanecer insepulto por más de 48 horas, a menos que el Servicio Nacional de Salud lo autorice, o cuando haya sido embalsamado o se requiera practicar alguna investigación de carácter científico o judicial”. Pero sólo el fiscal puede autorizar su salida.

-En muchos casos nadie los reclama a pesar de estar reconocidos. Entonces, el SML no les da “cristiana sepultura”. Permanecen en una lenta espera hasta que la mitad de las cámaras se llena. En ese momento un funcionario (del SML) le pide al fiscal que certifique que ha entregado el cuerpo para efectos de disponer -cuenta Leonardo De la Prida, fiscal jefe de la Fiscalía Centro Norte.

Existen tres formas de “disponer”: enterrarlo en el Cementerio General, incinerarlo o, en caso de que alguna universidad lo solicite -y que cumpla los requisitos-, se le entregue para su estudio.

Le informo a la madre que lo primero, enterrarlo en el Patio 129 del Cementerio General, fue lo que se hizo con su hijo y los otros 12 cuerpos que nadie reclamó. Sin dejar de mirarme, ella dice: “¿Y cómo murió?”. La mayor de sus hijas, que acaba de llegar, la apoya con sus ojos. Les muestro el certificado de defunción. La madre lo revisa, lee “electrocución” y se contiene. Vuelve a mirarme y dice que ahora entiende cómo murió, que más tarde me lo dirá, que primero le cuente lo que sé.

Y empiezo mi relato con lo que hace sólo unos días me dijo el único testigo de su muerte.

La muerte del joven sin papeles

Luis Cárdenas es dueño de una confeccionadora de ropa de trabajo en Independencia. Recuerda muy bien cómo conoció a Jaime Cifuentes y también cada detalle de lo que ocurrió aquel 2 de junio de 2007, el día de su cumpleaños y que terminó presenciando la muerte de Jaime:

Lo conocí un domingo que fui a La Vega, más o menos un mes antes de mi cumpleaños. Jaime tenía una imagen precaria, pero se notaba que no era una persona de la calle. Hablaba bien, no usaba palabras en coa así que me dio buena impresión. Medía alrededor de 1,65 ó 1,70 metros, era más bien delgadito, de pelo castaño claro, ojos verdes, piel blanca. Vestía una parka azul oscura y un blue jeans que ya estaba bastante ajado.

Ahí en La Vega me lo presentó un muchacho que había trabajado conmigo. Le pregunté a qué se dedicaba. Me dijo que andaba cesante y tenía problemas; que era de Los Ángeles, que había dejado su trabajo como vigilante, que no lo habían finiquitado, que le debían plata y que estaba prácticamente en la calle. Dormía en una hospedería de General Velásquez donde pagaba $2.000 por noche. Le pregunté si tenía una especialidad.

-No -me contestó-, la verdad es que las veces que he trabajado en Santiago ha sido de guardia en alguna empresa, pero especialidad no tengo. Le agradecería si usted pudiera darme una manito.

Le dije que vería qué podía hacer. Le pregunté si tenía su carnet de identidad y certificado de antecedentes. Pero no. Me dijo que un día se quedó dormido en la hospedería y le robaron la mochila. La cosa es que pasó el tiempo y me olvidé del tema. Un día pasaba por el costado de la Catedral, cuando lo vi sentado allí donde se instalan los peruanos. A esa altura se veía que estaba bastante deteriorado porque ya tenía mucho más sucia la ropa. Y era la misma que la otra vez.

-Hola, compadre, ¿cómo está? -le dije.

-Nada, aquí estamos, mal. No me ha ido bien. He estado complicado con el tema del trabajo.

-¿Y tus papeles? ¿No has podido hacer algo? Cargar en La Vega, lo que sea para salir de esa situación.

-No, está complicado, porque en La Vega son grupos que se juntan y no dejan entrar a cualquiera… Ya no tengo plata para pagar la hospedería…

Así que le pedí que me ayudara a construir una pared en mi casa. Podía hacerlo solo, pero lo invité por una cuestión humanitaria. Le iba a pagar $20.000. A los pocos días me llamó y el 2 de junio llegó, con la misma parka y el mismo blue jeans.

Empezamos a trabajar como a las 11:00. Ya tenía todo bastante avanzado: terminé el molde de madera y le dije que se preocupara de la mezcla. Mientras trabajábamos, él decía que iba a sacar sus papeles y que con eso iba a encontrar algo. Estaba súper entusiasmado: no le alcanzaba a pedir una cosa y él ya estaba corriendo. Le pregunté si tenía polola o si era casado. Me dijo que no, que nada, aunque me pareció que se tiró por el desvío. Era muy hermético con sus cosas. Incluso pensé que tenía antecedentes y le daba vergüenza reconocerlo. Cuando me lo encontré en Catedral le pregunté por su familia.

-¿Sabe, don Luis? A mí no me gusta que me pregunten sobre mi vida privada-, me contestó en seco. Nunca más le pregunté

Ya listos el molde y la mezcla, le dije que tenía que llenar el balde, pasármelo y yo iría rellenando. En un momento me di cuenta que la carga no avanzaba, que había una fuga, así que entré a arreglarlo. De repente, escuché un grito fuerte. Me asusté. Salí y lo vi de pie y temblando en medio de la mezcla con agua y con una galletera eléctrica en las manos. Me desesperé. Me tiré encima de él pero la corriente me tiró para atrás. Me paré de nuevo y tiré del cable para desenchufar la máquina. Y ahí cayó. Se quejaba, le costaba respirar. Traté de hacerle primeros auxilios: se estabilizó un poco, pero se quejaba mucho. Me decían que llamara a la ambulancia, pero convencí a una vecina de que lo lleváramos de inmediato al hospital J. J. Aguirre, que estaba a sólo tres cuadras.

Apenas entramos a la unidad de urgencia los médicos se llevaron a Jaime a un box donde empezaron la resucitación. Yo estaba como despegado del suelo…La cosa es que como a la hora me llaman. Me alivié: pensé que ya lo habían estabilizado.

-Mire señor, el joven no pudo resistir -me dijo el doctor.

Hasta allí le transmito a la madre paso por paso el relato que me hizo Luis Cárdenas de la muerte de Jaime Cifuentes. Pero ella sigue mirándome sin hacer comentario alguno.

Le digo que a las 17:15 de ese sábado 2 de junio, su hijo murió. Que unos carabineros llegaron hasta el hospital para tomarle declaración a Luis Cárdenas; que el testigo de la muerte de su hijo trató de recuperar el cuerpo para enterrarlo; que no pudo porque había una investigación en curso en la fiscalía. En mayo de este año lo intentó de nuevo: le dijeron que ya lo habían retirado. Creyendo que había sido su familia, se quedó tranquilo y se olvidó del asunto. Hasta que CIPER lo contactó y supo que a Jaime nunca lo reclamaron.

La madre y su hija me siguen mirando. Les digo que Luis Cárdenas no logra entender por qué Jaime tomó la galletera porque no la estaban usando. Sólo entonces la madre habla. Dice que lo conocía lo suficiente como para estar segura de que lo hizo a propósito. Que ya lo había hecho antes…

Entonces la madre se decide y abre la compuerta de la otra vida de Jaime Cifuentes.

Junior se fue

El 30 de mayo de 1998 Jaime Cifuentes Salazar se iba a graduar de su servicio militar en Los Ángeles. La madre y su esposo estaban invitados a la ceremonia. Jaime había pasado el último año trabajando en la lechería y el rancho del regimiento. Tenía 22 cicatrices en la cabeza -que quedaron al descubierto cuando lo raparon- y las manos agrietadas. Algunos le decían Jimmy, otros Jaimito, pero como su papá -jubilado de Carabineros- tiene el mismo nombre, en su casa le decían Junior. Y el día de su graduación como conscripto, Junior no recibió la visita de sus padres. No pudieron viajar. En los días siguientes los padres esperaron su regreso. No llegó. Pasaron más días, semanas, meses. Nada. Siguieron esperando.

La verdad, no se extrañaron mucho. Él solía desaparecer sin avisar. Partía con lo que tenía puesto -muchas veces sin documentos- para luego aparecer sin anunciarse: nunca pudieron controlarlo.

La madre dice que ya cuando su hijo tenía dos años, no podía ni darse vuelta porque el niño desaparecía. Luego sigue recordando y cuenta que años más tarde Jaime se subía al techo de la casa y también a los eucaliptos en una parcela que tenían en Isla de Maipo: “Amarraba una cuerda y se lanzaba desde los árboles balanceándose a lo Tarzán”. Una vez tomó el arma de su padre y disparó dentro de su habitación: la bala le pasó junto a la cabeza después de rebotar en la pared. Ese fue el segundo tiro porque más tarde le contó a una tía que el primero lo disparó apuntando a su frente. “Mirando el hoyito”, le dijo. Se salvó porque el padre siempre dejaba el arma con el primer tiro vacío.

A los 10 años se amarró una toalla al cuello y se colgó de la barra de la ducha “para saber lo que sentían las personas que se ahorcaban”. Cuando salía, se colgaba de las micros y cuando jugaba con autos deportivos de juguete, decía que de grande le encantaría tener uno igual para manejarlo rápido y “chocar fuerte, pero que no me duela”.

-Le encantaba llevar las cosas al límite. Era temerario -recuerda su hermana.

La mamá de Jaime reconoce que todos en la casa estaban pendientes del hijo menor, que todo giraba a su alrededor y que ella estuvo “en un 95% para él y sólo un 5% para los demás”. Por eso, cuando no volvió después de terminar el servicio militar, ella lo empezó a buscar. Por paraderos, por estaciones de buses, por calles de Santiago y de Los Ángeles. No lo encontró. Meses después supo por una tía que Junior había vuelto al regimiento.

A los militares les dijo que en su casa no lo querían, que su madre era su madrastra y que le había intentado disparar, que lo habían maltratado toda su vida, que no tenía hogar. “Todos le creyeron”, dice la madre.

Jaime y sus mentiras

En la casa de Jaime todos recuerdan sus dotes de actor. Su mamá cuenta que un día en que Jaime debía estar en el colegio, lo encontró sentado en la puerta de un almacén con un pedazo de pan en la mano. Había estado todo el día ahí sentado. Se lo llevó a la casa y al llegar, cuando le abrió la mochila, descubrió que estaba llena de panes.

-Decía que no tenía comida, que no lo alimentaban en su casa y pedía pan. A todos los convenció. Le encantaba dar la apariencia de no ser querido por la familia. Y era el que más recibía…

-Y se manejaba muy bien. Era muy bueno para vender la pomada y quedar como el pobrecito -acota su hermana.

De adolescente, Jaime siguió siendo hiperactivo y muy despreocupado, dice la madre. Tampoco se bañaba. Pero la mayor de sus dos hermanas logró hacerlo cambiar: le enseñó a cuidarse, a echarse gel en el pelo y a vestir bien. Otro problema era que se gastaba toda la plata que tenía a su alcance en golosinas y juegos electrónicos. Cuando lo mandaban a comprar a la esquina, demoraba más de una hora y volvía contando que le habían robado o que había perdido la plata.

Después de llevarlo al psiquiatra, descubrieron que Junior era mitómano. Años más tarde, otro profesional le diría a la madre que, por sus características, podría ser esquizofrenia.

Dos años estuvo Junior fuera del hogar. Cuando regresó ya tenía una hija, aunque dijo que no la veía desde hacía un tiempo. El reencuentro con su familia fue breve. Al cabo de unos meses, volvió a partir.

-Lo que quería era vivir, llevar otra vida -dice su madre.

Y para avalar sus dichos la madre dice que Jaime nunca tuvo proyectos. De niño se interesó por las faenas agrícolas -de ahí que haya entrado a la lechería en el regimiento- y estuvo en un colegio especializado en Los Ángeles. Pero en segundo medio lo abandonó y ya no quiso estudiar más. Su idea era vagar. En una de sus idas y venidas al hogar, contó que pasó un año recorriendo el país con el circo Las Águilas Humanas. Nunca supieron si fue verdad.

Cuando su hija tenía poco más de un año, recién su familia la conoció. Ella y su madre se fueron a vivir junto a la familia de Jaime. Él las acompañó un tiempo, pero volvió a desaparecer. Después, ellas también se fueron. Supieron que trabajó de copero en distintos restaurantes, de guardia en otras tantas empresas, pero nunca tenía dinero. Dormía en pensiones. Siempre la madre lo buscaba. Una vez lo ubicó en una pensión y cuando llegó a verlo, Junior ya se había ido. No sólo nadie sabía nada de su paradero, sino que había dejado deudas. La madre pagó y siguió buscándolo.

La última vez que la madre lo vio fue hace cuatro años. Junior pasó un tiempo en la casa familiar, pero la madre confiesa que la situación ya la había hartado. Le dijo que no le iba a pasar más plata. Y ocurrió lo mismo que cuando era un niño. No estaba enojado, sólo dijo “chao” y salió con lo puesto. Junior nunca volvió.

Era diciembre. Al finalizar ese mes llegó a la casa una carta anunciando que lo habían despedido por no volver al trabajo. Sus hermanas dicen que después -no recuerdan bien cuándo- lo volvieron a ver en la calle. Él se escondió. Nunca más supieron de él.

-Toda mi vida pensé que iba a terminar mal. De cada diez cosas que hacía, sólo una era buena -dice la madre.

“No me extraña, él era así”

Le pido a la madre que me diga por qué dijo saber cómo murió cuando leyó su certificado de defunción.

-Porque él era así. Lo más probable es que haya tomado la herramienta y se haya metido a la mezcla de adrede para saber qué se siente. Sólo que no esperaba que el golpe de corriente fuera tan fuerte. Jaime era muy inteligente, pero también muy tonto -dice.

La madre también tiene nuevas dudas. Quiere saber si vi su foto, si estoy seguro de que el cuerpo del muerto era Jaime. Le digo que sí, que vi la imagen en la carpeta del SML, la de la autopsia… “No siga…, no siga, no diga nada más”, dice.

Ya oscureció. Antes de partir le digo que su tumba es la 713 en el patio 129 del Cementerio General. Su madre dice que lo dejará ahí mismo. Desde atrás, la hermana dice que tienen que discutirlo.

Me voy con la promesa de no incluir sus nombres en mi reportaje y sabiendo que no les dije lo que no querían escuchar: que en el SML lo abrieron una vez para su autopsia; que lo volvieron a abrir unos estudiantes universitarios; que después de certificar que en su muerte no había delito, lo dejaron botado; que nadie se hace responsable de no haberles avisado; que su sepultura es una de las más abandonadas del patio 129.

Muertos de Nadie (II): La ruta de los cádaveres sin dueño Los familiares de Jaime Cifuentes se enteraron por CIPER de que llevaba meses muerto y enterrado. No fue difícil ubicarlos, pero nadie se había preocupado de hacerlo. Su caso no es aislado. El Servicio Médico Legal, la Policía de Investigaciones y las fiscalías se endosan mutuamente la responsabilidad de notificar a los parientes de las personas que permanecen en la morgue sin ser reclamadas. Al final nadie cumple la misión. Los cadáveres son diseccionados y refrigerados por meses o años. Ya viene la segunda parte de esta serie, donde podrá leer sobre el macabro camino que recorren antes de ser abandonados en el cementerio.

Documentos:

Publicado originalmente en CIPER (12/11/2008). También se publicó en la revista mexicana Emeequis (12/7/2010) y en los libros de antologías "El Mejor Periodismo Chileno 2008" (Ediciones B, 2009) y "El Periodismo que Remece a Chile" (Ed. Catalonia/Ediciones UDP, 2010).

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